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El escondite
Les contaré cómo de ser una chica meramente destinada a los hombres me fui aficionando a las mujeres. Soy una chica bella y, por lo tanto, no paraban de salirme galanes al acecho, pero un buen dia, en Acapulco, conocí a una chica española de nombre Esther. Ella tiene 23 años, es morena clara, delgadita pero de muy buenas formas. Al principio intercambiabamos sólo pláticas en la piscina del hotel donde nos hospádabamos. Ella venía con un grupo de quince españoles universitarios y yo iba con diez compañeros de la escuela. Notaba que, cuando yo salía a la piscina, ella aparecía al momento. Veía cómo me miraba las tetas y más cuando el viento erectaba mis pezones.
Así pasaron tres días y al siguiente su grupo armó una orgía. Ella no me dijo que eso pasaría en la supuesta fiesta pero accedí, escapándome de mi grupo. Toqué a la puerta de la habitación y ya se escuchaba un relajo tremendo. Me presentó con todos y me invitaron a una cerveza. Más adelantada la noche comenzaron un juego semejante al escondite, donde el chiste era que con quien te encontraras podías hacer lo que te viniera en gana.
Apagaron las luces y todos corrimos a escondernos en las tres habitaciones, el baño y la cocineta. Yo salí disparada hacia la habitación más grande y me metí en el closet, lo cerré y escuché lo que pasaba. Afuera se oía ya a alguno que otro que ya había encontrado con quien darse un calentón. Metida estaba en eso cuando sentí un mano acariciándome el trasero. No pregunté quién era. Dejé que continuara haciéndolo pero al jalar la mano y comenzar a besar a quien me había tocado sentí un par de senos y me asusté. Era Esther, que me dijo que no podía rehusar ya que el juego era así.
No me pareció mal al principio así que nos abrazamos y besamos. Cuando comenzábamos a masturbarnos, llegó Arturo, un amigo de ella, y nos hizo frenar todo de golpe. Así que volvimos a la sala y un tipo me preguntó dónde me escondería para seguirme. Le di un lugar falso porque quería seguir con esta chica, ya que mi curiosidad y mi calor habían aumentado.
Apagaron la luz y me llevaron al pasillo de la habitación. Esther me propuso salir del cuarto. Salimos y nos metimos en el cuarto de almacen, donde tiene todas las sábanas y toallas para cambiar. Allí me tumbó y comenzamos a besarnos. Yo la tomé con fuerza de la nuca y metí al fondo de su boca mi lengua. Ella, mientras, me acariciaba las piernas y el trasero. Yo desabroché el sostén y masajeé su pecho. Mi sorpresa fue cuando sacó de su pantalón un cinturon con un pene de plástico y se lo puso.
Ella se acostó y me monté encima. Me fui acomodando el aparatito y me deslicé suavemente. Comencé a moverme más rápido mientras que ella me tocaba los senos. No se me hizo que fuera parejo así que, mientras yo me daba gusto con la cosa esa, le metía un dedo en la vagina. Gimió, al igual que yo. Intercambiamos el aparato y yo, con mi culo en su cara, le metía el tubo en la vagina. Cuando menos pensé, ella ya me había introducido lo que, según yo, era un dedo. Nunca me di cuenta que siempre estuvo Arturo dentro de ese cuarto y lo que me metió fue su pene duro.
Los tres ya estábamos envueltos en un acto promíscuo. Él metía su polla en mí, cabalgaba unas 88 veces y se lo metía a Esther. Al momento de correrse nos juntó a las dos y nos bañó con su leche. Repetimos el número otra vez más y al siguiente día los dos ya no me dirijieron la palabra, pero he de decir que aún me provoca excitación recordar ese momento aunque haya terminado de esa forma.

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