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Después de la fiesta
Hace un par de semanas conocí a una preciosa morena, 1.60 m, ojos negros, pelo largo, senos prominentes y culito respingón. Coincidimos en la fiesta de un amigo común. Ella estaba con su novio, un largirucho con el pelo largo que parecía estar a punto de caerse del guindo.
La noche transcurrió tranquila, el típico pelmazo, el bocazas, y el borracho. Pero ocurrió que en esta ocasión el borracho resultó ser el novio de Isa. Este comenzó a tambalearse y a decir las típicas sandeces a grito pelado, lo que llevó a que todo el mundo estuviésemos atentos a la pareja. Esa fue la primera vez en toda la noche que presté atención a esa preciosa mujer. Todos se fijaron en lo corto de su traje, que nos permitía ver las ligas de sus medias negras cada vez que se agachaba para ayudar al novio. El trajecito era de licra, y le quedaba tan ceñido que se podía ver claramente que por toda ropa interior llevaba un tanga. Y su generoso escote mostraba su lindo canalillo. Nuestras miradas se cruzaron sólo un par de veces, pero cada vez que lo hicieron, la descarga que recibí por todo mi cuerpo me hizo comprender que ella iba a ser la mujer a la que dedicaría el resto de la noche. Pasado un buen rato, el novio comenzó a calmarse y terminó postrado en un sofá leyendo una revista de cotilleo, mientras que Isa fue a tomar algo a la zona de las bebidas. Estaba con Ana, una linda sevillana que traía locos a un par de gemelos que no se le separaban ni para ir al cuarto de baño.  Aprovechando mi amistad con Ana, me acerqué para intentar hablar con Isa. Ana hizo las presentaciones de costumbre y me lancé al ataque indiscriminadamente. Comencé con lo típico: qué estudias, de dónde eres, me recuerdas a alguien,...
Pasada media hora, la conversación se hizo cada vez más fluida y no tardamos en meternos de lleno en una charla de sexo. La cosa comenzó tranquila, con comentarios sobre la minifalda de esta o el pantalón de aquel, que si tu camisa me gusta mucho, que si tu traje es precioso,... pero la cosa dejó de referirse a terceros para meternos en casi confesiones sobre los gustos y disfrutes de cada uno. Me empezó a decir que no disfrutaba lo suficiente, que cada vez que estaban en una fiesta el novio se emborrachaba y que la mitad de los días no conseguía  que el novio repitiese. Me dijo que creía que era culpa suya, pues pensaba que no era lo suficientemente atractiva y que en la cama era un poco sosa.
Evidentemente, como buen caballero, negué en rotundo que no fuese atractiva y que lo de ser más o menos lanzado en la cama no era culpa suya sino de su novio, pues estaba seguro que si él supiese hacerlo,conseguiría que ella fuese la mejor amante del mundo.  “Es más, seguro que aquí mismo hay varios chicos que sacarían de ti la gata en celo que llevas dentro”.
Después de semejante comentario, sólo quedaban dos opciones: el mosqueo y media vuelta o la mirada gacha y la correspondiente pregunta "¿Tú crees?". Pero su mirada se quedo fija sobre la mía, como buscando dentro de mí. Aquellas décimas de segundo se me hicieron interminables. Pero cuando por fin ella parecía que iba a tomar una de las opciones, Ana se abalanzó sobre ella para decirle que el imbécil de su novio estaba vomitando hasta la última papilla y lo estaba poniendo todo perdido. La situación no fue precisamente agradable, por lo que me ahorraré comentar nada al respecto. Cuando por fin el novio terminó, lo sacamos a la calle entre tres chicos e intentamos reanimarlo un poco. Cuando por fin recuperó un poco la compostura, le dijo a Isa que se quería ir y que cogiese las cosas. Evidentemente no le pensaba dejar conducir en esas condiciones, por lo que me ofrecí para llevarlos a sus casas, pues Isa no tenía carnet de conducir. Cuando salimos de la fiesta, tras mucho protestar el novio por no querer dejar el coche allí, Isa me dijo que su novio vivía en un pueblo cerca de la ciudad. Ella se sentó a mi lado, mientras que el novio se puso en el asiento de atrás, con la cabeza apoyada en la ventanilla. Tuvimos que parar 3 veces de camino a su casa para no poner el coche perdido, lo que me permitió poder ver varias veces el tanga negro bastante bien, cada vez que se daba media vuelta y se ponía de rodillas para mirar al novio. Cuando llegamos, lo sacamos del coche y, entre los dos, lo llevamos hasta la puerta, donde echó por última vez todo lo que le quedaba en el estomago. A mi me puso los zapatos perdidos, pero a Isa le cayó el premio y le manchó parte del vestido y las medias. Finalmente entraron los dos e Isa me pidió que por favor la esperase en el coche. Yo pensé que ella se quedaría con él, así que, un poco desilusionado por el fin de fiesta, me metí en el coche esperando a que ella saliese con un paño o alguna cosa con la que limpiarme los zapatos.
Tardó un poco y traía un paño en las manos, por lo que supuse que ese era el fin de la historia, pero se sentó en el asiento delantero y me preguntó si podía acercarla a su casa. Evidentemente contesté que sí. El traje continuaba mojado, pues se lo había limpiado con el  paño húmedo y eso no hizo sino acrecentar la mancha. Recordé que en el maletero tenía aún una de las bolsas del último viaje a Sierra Nevada, por lo que le propuse que buscase algo dentro para que se lo pusiese, pues la noche estaba bastante fría y el camino hasta su casa, al otro lado de la ciudad, nos tomaría un buen rato. Accedió y, tras parar en una cuneta, me salí del coche para que se pudiera cambiar. La tentación era enorme pues de sólo imaginarme a esa espectacular mujer con un tanga dentro de mi coche, me ponía cada vez más caliente. Me avisó y, cuando entré en el coche, la vi vestida sólo con una sudadera negra que le quedaba bastante grande. Se había quitado las medias y los zapatos estaban en el suelo del coche. Tenía las piernas en el asiento con la sudadera por encima, por lo que no pude ver si también había cogido alguno de los pantalones cortos. Yo cada vez estaba más excitado y, para colmo, ella retomó la conversación de la fiesta. Me preguntó si yo conocía algún chico que pudiera sacar, como yo le había dicho, la gata en celo que había dentro de ella. Le aseguré que no tenía que buscar demasiado, a lo ella me respondió, clavándome su mirada: "¿Tu, por ejemplo?". Me giré hacia ella en el primer semáforo y, mirándola a los ojos, le dije: "Si quieres lo podemos comprobar".
Noté cómo todo mi cuerpo estaba a punto de estallar, así que  ya no había vuelta atrás. Me acerqué y comencé a besarla. Ella se dejó hacer y, sin perder tiempo, comencé a acariciar sus tetas por encima de la sudadera. Ella bajó las piernas y yo bajé una de mis manos para acariciar sus muslos. Me di cuenta de que no tenía puesto nada más que el tanga y, cuando empecé a tocarla por encima de él, un coche nos pitó desde atrás. El semáforo estaba verde. No pregunté, ni ella hizo ningún comentario, así que me dirigí directamente hacia un parking bajo tierra que había un poco más adelante. Entramos y bajé a la segunda planta. En el   primer sitio que vi, metí el coche. Mientras, ella ya se había quitado la sudadera y me dejó ver sus preciosos pezones, duros como piedras, y el diminuto tanga negro que llevaba. Tumbé el asiento hacia atrás, mientras ella me quitaba la camisa. Cuando me incorporé, ella se me abalanzó y se sentó abierta de piernas sobre mí. Eché el asiento para atrás, mientras ella me devoraba la boca y comenzaba  a desabrocharme el pantalón. 
Cuando terminé de tumbar el asiento, ella se incorporó, me quitó los pantalones con los calzoncillos y, sin más, comenzó a comerme la polla. Tenía las rodillas en el asiento de al lado y,  mientras me chupaba con ansia la polla, con una mano me masajeaba los huevos. No pude evitar comenzar a gemir y me dediqué a tocarle el coño por encima del pequeño tanga, cuya tira tenía prácticamente introducida entre sus labios vaginales. Se la saqué para meter mis dedos en su interior caliente y húmedo.
Comenzó a gemir y eso me producía un cosquilleo aun más intenso en la punta de la polla. En ese momento, saqué los dedos de su coño y tiré de la tira del tanga, que se rompió. Eso la puso aun más caliente, pues comenzó a chupar con más fuerza. Tiré de su pelo hacia atrás y  la besé con fuerza mientras la tumbaba sobre su asiento. Me puse entre sus piernas, las abrí y se las levanté tirando hacia mí, hasta que mi polla quedó a escasos centímetros de su coño húmedo, caliente, reluciente y del que salía un olor tentador, que me atraía a comerlo. Pero mi polla no podía aguantar más sin cobijarse entre sus piernas, por lo que, de un sólo golpe, la penetré cuanto pude, saliendo un gemido dulce de placer de su garganta.
Comencé a bombear mi polla dentro de ella de forma lenta, mientras intercalaba tremendas embestidas, a lo que respondía con gemidos cada vez más fuertes. Empezó a tocarse las tetas, por lo que me tumbé sobre ella y comencé a chupar sus pezones. Me agarró del pelo y me aplastó contra ellas, por lo que continué mordiendo sus dulces pezones, mientras mi polla entraba y salía de su cada vez más mojado coño.
Le separé las manos de mi cabeza, la miré   y la besé durante unos instantes, antes de bajar, recorriendo todo su cuerpo sudoroso con mi lengua hasta llegar a su coño. Lo tenía bien depilado por los lados y bastante recortadito en el centro.  Comencé a chupar toda su vulva rojiza, caliente y  húmeda. Encontré su preciado clítoris, duro y desafiante, salido hacia fuera. Lo lamí y ella levanto el culo para sentir más el placer de mi lengua sobre su clítoris.  Al poco tiempo, introduje dos dedos en su coño sin dejar de comerle, a lo que ella respondió con gritos de placer. Su estómago se encogió, levantó el culo y comenzó a moverse con fuertes espasmos, lo que delataba claramente lo inminente de su orgasmo.  Finalmente, la tensión de todo su cuerpo y un ahogado grito de placer me hicieron retroceder, para incorporarme sobre ella y ensartarla de nuevo con mi polla de un sólo golpe.
Sin dejarla tomar aliento, comencé a follarla a un ritmo frenético. Mi polla entraba y salía sin parar. Ella pasó sus manos por mi espalda e intentó incorporarse un poco, pero mi ritmo era demasiado violento. Comencé a gemir. Le agarré una de las tetas, mientras con la boca succionaba el otro pezón, y rompí en un violento orgasmo que la llenó por dentro. Mi cuerpo se quedó engarrotado, con la polla dentro y con ese enorme placer recorriéndome todo el cuerpo de la cabeza a los pies. Nos quedamos un rato tumbados, con mi polla aún tiesa dentro de su coño. Su cuerpo sudoroso resbalaba bajo el mío y permanecimos besándonos plácidamente durante unos minutos más. Me incorporé y comprobé que los cristales estaban totalmente oscurecidos por el vaho. Se notaba cierto movimiento en el parking, lo que nos avisó sobre la hora. Ya eran las 6 de la mañana, así que nos vestimos y la llevé hasta su casa. Se fue con mi sudadera puesta sobre el traje, por lo que quedamos el fin de semana siguiente para que me la devolviese. Nos hemos visto tres veces desde entonces y puedo asegurar que cada vez es mejor que la anterior.

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