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Apretado encuentro
La primera vez que hice el amor fue con una prima -aquí en Colombia existe el dicho "entre primos más me arrimo"-. Pues bien, esto fue hace unos cuatro años en un paseo de principios de año. Fuí con toda mi familia al campo con unos familiares de mi mamá y allí me encontré con mi prima María. ¡Estaba mejor que nunca! Lo que más me atraía era ese culo paradito, perfecto y yo no podía creerlo pero era cierto: me lanzó unas miradas lascivas desde el momento en que nos saludamos y me dijo "no sabía que tenía un primo tan bueno".
Recuerdo que antes de irme a viajar en esa temporada tenía mucho miedo de que me ocurriese algo y rogué con todas mis fuerzas para tener una relación con una mujer pues no quería morirme vírgen. Es así que me empeñé en conseguirlo con mi prima, ya que se mostraba tan amplia y tan generosa. Desde mi llegada, estuvimos toda la tarde hablando de sexo. Yo le inventaba historias que decía que había tenido y ella me contaba las suyas con su ex-novio -según mi prima, el único tipo con el que había tenido algo en su vida, pero eso sí, varias veces al día-. A mí se me ponía tiesa no más me contaba cada encuentro y se me figuraba que ella lo hacía a propósito.
Como empezó a hacer frio, encontré la oportunidad perfecta para lograr que María fuera conmigo a una de las habitaciones de la casa donde nos hospedaríamos por tres días y así poder estar más en privacidad. Ya eran más de las 7:00 de la noche y la oscuridad cayó sobre la falda de la montaña. Algunos de mis tios, que estaban también en el paseo, nos decían en tono burlón que cuidado con hacer "cositas". Nosotros nos reíamos también pero por lo menos yo ya sabía hacia donde me dirigía.
Nos acostamos en una litera, nos echamos unas cobijas encima y contamos más historias. Historias y cobijas nos pusieron calientes, nuestras manos empezaron a jugar con las piernas del uno y del otro. Ella me acariciaba los muslos subiendo lentamente hasta alcanzar mis pantaloncillos y acariciarme las bolas desde abajo hasta arriba con suavidad. Yo le apretaba la cintura con mi brazo y le lamía el cuello. Ella aumentaba la fuerza y velocidad de su mano derecha en cada pasada de mi lengua por debajo de su mentón. Estábamos ardiendo, era ahora o nunca. Pero desgraciadamente siempre nos interrumpían y nos teníamos que soltar cual rayo veloz.
La gente empezó a irse a dormir. Mi mamá entró en la habitación donde estábamos y me dijo que fuera a dormir con toda mi familia al cuarto que nos asignaron pero yo le dije que ya tenía mucho sueño y que ahí estaba bien, que no se preocupara. Mirándome con extrañeza, mi madre se retiró cerrando la puerta tras de sí. Había más gente en el cuarto, tios, primos; unas doce personas en un cuarto de unos 24 metros cuadrados. Bastante pequeño para tantos y poco ideal para nosotros pero eso no fue impedimento. Sé que puede parecer imposible pero juro que así perdí la virginidad con mi prima María, dos años mayor que yo, en un cuarto donde dormían diez personas además de nosotros, y todos eran familiares.
Había pasado una hora más o menos después de que apagaran la luz. Estaba que me moría de la ansiedad porque no sabía si arriesgarme. Pensaba en los problemas en que me metería si me pescaban con mi prima; pero también pensaba en que al fin la metería. Me decidí por la segunda opción. Toda esa hora le había dado la espalda; de repente me volteé y le lancé el brazo por encima de su cintura. María estaba despierta, así que levantó su brazo para ponerlo encima del mío y mi mano quedó sobre sus senos, que estaban caienticos y se sentían grandes. Empecé a acariciárselos con la mano bien abierta y la oí suspirar de emoción. Recargué mi pelvis contra su culito, que estaba encorvado contra mí para sentirme, y de repente se movió un poco para meter su mano entre mi pantaloncillo y lo agarró con una fuerza mayor a la que yo me la había agarrado para un pajazo. Subía y bajaba lento pero fuerte. Yo le apretaba los senos uno contra otro, le besaba el cuello, a veces sentía como si su mano fuese una garra que me lo iba a quitar de un zarpazo. Me dolía pero me gustaba, me ardía, pero eso me provocaba más ardor pasional.
No aguanté más. Arropadas entre las cobijas, mis manos tomaron el pantalón de su pijama y sus calzones para bajarlos de un solo jalonazo hasta sus pantorrillas y se la puse entre las nalgas. Ella se ayudó con los pies y con una mano a bajarse su ropa y luego me dijo "Alberto, hagámoslo sin hacer ruido". Yo no la podía ver, sólo oírla, tocarla, olerla, pero eso era más que suficiente. Jadeante, le dije con dificultad que no haría ruido. Luego, ella de espaldas me tomó la verga, la jaló hacia sí y me la puso en la entrada de su coño. Entonces metí la mano por delante de ella hasta encontrar el húmedo hueco, metí dos dedos y ella se estremeció con el sólo contacto. Después, con furia, se la introduje y empecé a menearla con gusto. Pensaba que era lo más delicioso, lo mejor que había hecho en mi vida. Al fin suspiraba triunfante sobre los hombros de una mujer a quien le hundía mi verga inexperta pero grandota de deseo. Ella movía su culo hacia adelante y hacia atrás, me lanzaba una pierna sobre las mías, en una posición un poco incómoda. Fue mi primera corrida, por fuera de ella como medida de seguridad.
Descansé un poco y seguí dándole pero esta vez le dí la vuelta para quedar yo encima de ella y de frente. Esta vez se la metí más suave pero ella alcanzó a guemir un poco y yo de una vez le coloqué una mano en la boca y la seguí follando. Sudábamos por el roce de nuestros cuerpos y el calor del cuarto. De vez en cuando alguno de los que dormía cambiaba de posición y nos asustaba. Nos quedábamos quietos pero cuando nos sentíamos libres de peligro ella me cogía por las nalgas y me apretaba contra su vientre y yo la agarraba de la espalda. Segunda corrida. Me acosté de espalda y ella se me montó encima. Me encantaba cómo la sentía primero en su mano y cómo la movía por sus vellos púbicos para buscar su vagina húmeda y calientísima. Se clavaba suave, subía y se clavaba una y otra vez. Luego se puso en cuatro y la perforé por detrás. Fue estupendo porque me sentía con todo el mando de la situación. Y así tuve otros tres orgasmos.
A la mañana siguiente, cuando desperté, ella ya se había levantado. Yo no sabía que hora era pero olía a almuerzo. Me bañé y lavé la ropa que había ensuciado la noche anterior y la madrugada. Regresé al cuarto a cambiarme, sentí el olor a sexo entre las cobijas y me quedé absorto recordando todo lo que habíamos hecho. Me asomé a la puerta, veía a la gente hospedada con temor porque no sabía si se habían dado cuenta. Todo parecía normal, excepto que no veía a María. Estaba preocupado así que salí a buscarla hasta que la encontré en un riachuelo cercano. No me quería mirar a la cara porque sentía vergüenza, pero la convencí de que no la sintiera para que nuestra relación marchara bien. Ella se calmó y, después de una sugestionante charla, una nueva follada entre unos arbustos. Desde esa vez nos hemos visto otras dos veces y adivinen lo que hemos hecho. Y es que con esa prima, ¿quién no se arrima?

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