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Cómo perdí la virginidad
Estábamos festejando la inauguración de la casa de campo de unos amigos de la familia, quienes habían juntado el dinero de algunos años de trabajo para comprar varios terrenos como a 30 kms. de Cuernavaca, una ciudad a 80 km de la capital de México, conocida por su clima siempre bueno y por muchos turistas. Ahí hicieron un rancho muy grande, con establos para la cría de caballos de fina raza. La casa tenía una bonita alberca rodeada de bellos jardines y, aislada a 300 metros, una cancha de tenis, también rodeada por varios arbustos.
Unos días antes de la fiesta, muy temprano, en una camioneta de pasajeros de ellos y en otra de mi papá, nos fuimos las familias completas a su rancho. Casi todos nos fuimos a la alberca después de ver las caballerizas y reconocer el lugar. Allí platicamos, nadamos y convivimos. Después casi todos nos fuimos a montar a caballo, pero mi mamá, que les tiene miedo, y el esposo de su amiga, decidieron ir a jugar al tenis. Un par de horas después se acercaba la hora de la comida y, como ya habíamos regresado de montar, la amiga de mi mamá me pidió que fuera a buscar a mi mamá y a su esposo. Dirijí mis pasos a la cancha de tenis para ver si querían venir a comer. Caminé rápidamente para encontrar la cancha vacía, y volví hacia la casa. Escondidos detrás de unos arbustos estaban mi mamá a punto de ser poseída por Jorge, que así se llama el esposo de su amiga. Jorge estaba encima de mi mamá en la posición del misionero, ella recostada sobre el pasto con las piernas bien abiertas.
Me escondí y observé cómo la penetró y la hizo gozar un buen rato. Cambiaron de posición en varias ocasiones hasta que mi mamá se vino, y no una sino muchas veces, hasta que él también terminó. Siguieron recostados, acariciándose y besándose.
Ya no podía ver más. Acababa de presenciar cómo mi mamá se entregaba a otro hombre que no era mi papá y, aunque estaba enojada, tenía celos de ella. La entrega total de ambos enervó mis sentidos. Como yo acababa de cumplir 16 años y era virgen, no sabía a quien acudir para que apagara las llamaradas de deseo que estaban consumiendo mi cuerpo. Casi corriendo, alcancé la puerta de la casa, entré para tratar de encerrarme en una recámara y masturbarme pero, para mi desgracia, en la casa ya estaban todos esperando la comida. No me quedó otro remedio que quedarme con las ganas y sentarme junto a ellos para platicar. Más tarde aparecieron Jorge y mi mamá, y ya todos reunidos nos sentamos a comer.
A la mañana siguiente estábamos en la alberca, y ahí la amiga de mi mamá le preguntó a mi mamá:
- ¿Qué tal te fue ayer jugando al tenis con Jorge? - Fantástico, nunca había disfrutado tanto de un partido -contestó mi mamá después de tragar saliva.
La amiga de mi mamá tuvo que levantarse para regañar a su hijo por una travesura que había hecho, así que aproveché para seguir con el interrogatorio. - ¿Entonces Jorge te trató bien mamá? -le pregunté yo.
Mi mamá, intrigada por la manera en que le hice la pregunta, volvió la mirada hacia mí, mientras respondía: - Sí, hija, jugamos tenis hasta quedar rendidos. - Y, ¿sólo jugaron al tenis? - No sé qué me quieres decir con esa pregunta, Mónica. Sí, sólo jugamos al tenis -contestó mi mamá, bastante intrigada por mi pregunta.
Aprovechando el momento, sabiendo que estábamos solas y no podíamos ser escuchadas por nadie, le dije: - Mira mami, yo sé lo que pasó entre ustedes ayer; después de haberlos visto casi más de media hora jugando y no precisamente tenis. Ayer me dirigí hacia ustedes para avisarles de que ya estaba la comida lista y les sorprendí haciendo el amor tirados en el jardín. Quiero decirte que al principio me sorprendí, pero luego me dio bastante excitación lo que estaba ocurriendo y me quedé viéndolos hasta el final. - Pero...
No dejé que terminara la frase, suponiendo que iba a recriminarme por haberlos espiado. Luego empecé a decirle: - Mira, tú sabes lo que haces y yo no soy nadie para recriminarte, sólo sé que en toda la noche no pude cerrar los ojos recordando cómo Jorge te hacía el amor y todavía estoy muy excitada, pues aunque me masturbé varias veces no he dejado de pensar en lo que ví y tomé una desición que seguro te parecerá extraña, pero qué mejor que con un hombre con la experiencia de Jorge pierda yo mi virginidad y no jugando con mi novio, con quien de vez en cuando me acaricio más de lo normal, ¿no lo crees así? - Eres mi niña y toda madre quiere lo mejor para sus hijos. Desde hace tiempo supe que tú habías descubierto los consoladores que tenía yo guardados en mis cajones y que los tomabas tratando de que yo no me diera cuenta, y lo que hacías con ellos junto con tus amigas, no te digo que eso es malo, al contrario, pasas momentos agradables y placenteros.
Yo no sabía qué contestar pues me tomó por sorpresa lo que me había dicho. Nunca me imaginé que ella supiera que le tomaba sus consoladores para, junto con mis amigas y esos pedazos de caucho que simulan ser miembros artificiales, masturbarnos. Todavía no desaparecía de mi rostro la sorpresa, por lo que continuó diciendo: - Hija, estoy muy contenta porque ahora ya eres toda una mujer. Creo que lo natural es más sabroso y placentero, te diviertes y apagas un poco el calor interno que sientes con esos consoladores de plástico, pero pienso que es mejor un buen macho que sepa hacer las cosas, que te trate bien, que lo haga sabiendo que tú como mujer también tienes derecho a gozar y pienso que, como dices, ya estás en edad o, por lo menos, con la capacidad de perder la virginidad. - Entonces, mami, ¿no estás enojada conmigo? -le pregunté, sintiendo que para mí los papeles ya se habían cambiado, pues ahora yo era “la descubierta”. - ¿Por qué habría de estarlo? - Pues porque tú siempre me has dicho que debía guardar mi virginidad para cuando me case y cosas parecidas sobre el sexo. - Sólo te lo decía por miedo a que no supieras cómo y con quién hacerlo. Recuerda que existen bastantes enfermedades venéreas y no me gustaría que a mi niña le contagiaran cualquier clase de enfermedad, además de que la persona con la que lo hicieras no te tratara con la delicadeza que tú te mereces. Sólo te pido que tengas confianza en mí y me platiques todos tus secretos como lo hacías de niña. Recuerda que, siendo yo tu madre, puedo aconsejarte y siempre para bien. Creo que tienes razón, Jorge puede ser un muy buen comienzo para ti y, si no te molesta, quiero que al llegar a México me acompañes con mi ginecólogo para que te revise y te recete unos anticonceptivos, pues tampoco me gustaría que pudieras quedar embarazada. ¿Estás de acuerdo conmigo? - Sí, mamita, te quiero mucho -me dijo al momento que se levantó y me abrazó-. Perdóname por no haber confiado en tí. De ahora en adelante te prometo que no voy a tener secretos contigo, ahora sé que tú me podrás ayudar y orientar en todo sin temor a que me recrimines algo. - Yo también te quiero mucho y ten la seguridad de que siempre estaré a tu lado para velar por tu seguridad y tu felicidad. - Mami, ya que me comprendiste, sé que no te gustará la idea y sé que voy a abusar de tí pero, ¿cómo puedo llevarme a Jorge a jugar al tenis y explicarle que más que al tenis quiero que juegue conmigo como lo hizo contigo? - Déjalo en mis manos -me dijo, mientras, antes de levantarse, me guiñaba un ojo.
Después de un rato, la vi acercarse a Jorge y platicar brevemente con él, quien en un principio perdió el color de la cara para recobrarlo instantes después con lujuria reflejada en los ojos. Comprendí que mi mamá ya le había dicho que yo quería hacer el amor con él, así que me levanté dirigiéndome hacia ellos para decirles: - Muchas gracias, les quiero mucho a los dos por comprensivos -les dije, mientras, al mismo instante, jalaba a Jorge del brazo, obligándolo a levantarse, para continuar diciendo: - Ven conmigo, flojo, tengo el permiso de mi mamá para llevarte a jugar tenis y esta vez tengo que dejarte agotado por recomendación de ella.
Él se levantó sin decir nada, volvió la vista hacia mi mamá, quien al mismo momento asentía con la cabeza, lo que le hizo comprender que tenía que darme la misma ración de sexo que le dio a ella el día anterior. Mientras observaba mi mamá cómo nos alejábamos, le dije a Jorge: - Realmente quiero mucho a mi mamá. Es fantástico que me haya comprendido y quiero que tú me hagas el amor tan rico como se lo hiciste a ella ayer.
Llegamos a un lugar un poco más apartado y menos vistoso en el cual, rápidamente, mi excitación me llevó a quitarle el traje de baño e, hincándome frente a él, tomar su rica verga en mis manos, mientras le decía: - Qué rico es sentir una verga de verdad y no una de plastico como con las que juego con mis amigas o una todavía sin desarrollar como la de mi novio. - Te voy a hacer sentir que estás en la gloria, sólo déjate llevar -comentó Jorge. - Sí, lo que tu digas, en este momento me siento en la gloria.
Jorge besó lujuriosamente mis labios, al mismo tiempo que me acariciaba los redondos senos, que ya me colgaban como frutas maduras. Me pellizcó y jaló mis rosados pezones.
- No, Jorge, por favor no los jales de esa manera que me duele..., no los..., ¡oh!...
Mi protesta terminó en un gemido ahogado, pues, para mi sorpresa, una llamarada de deseo ardió en mis entrañas haciéndome estremecer. Jadeé, excitada, y cerré fuertemente los ojos. Oleadas de pasión me sacudieron totalmente cuando Jorge me pellizcó el inflamado clítoris, tironeando de él suavemente. Después de haberme quitado el traje de baño, un hondo gemido de placer escapó desde dentro de mi garganta. Jorge se acomodó entre mis piernas, apoyando su enorme y grueso garrote en los delicados bordes de mi sexo, frotándolo lascivamente.
- Jorge, mmmmmm..... Jorge, qué delicia -le dije, estremeciéndome mientras él continuaba con las caricias en mis pezones a la vez que sentía el inmenso garrote que presionaba para introducirse en mi virginal conducto.
- Ahhh... Jorge... ahhh... sííí... ¡sí, empuja! - Ten calma pequeña, ya va -contestó Jorge, mientras empujaba introduciendo su gran garrote. - Ayyy... ayyy... ¡no espera!, ya nooo...
Exclamé presa de dolor, pues su enorme garrote había aplastado mis pulsantes labios vaginales, separándolos y penetrándome unos cuantos centímetros, lo cual me hizo sentir que mi vagina distendida al máximo era clavada contra un grueso poste.
- Aguanta un poco más, pequeña -mencionó Jorge, mientras empujaba de nuevo. - Aggg... no, no, nooo... es muy... aggg... ¡muy grande! - No, no lo es -gruño Jorge, preso de la excitación y arremetiendo con furia.
Yo volví a quejarme pero él, haciendo caso omiso de mis quejas, aprisionó mis redondos globos con sus manos y empezó a chupar y morder mis pezones, tironeando de ellos suavemente mientras recorría mi cuerpo con la otra mano, apretando y acariciando las firmes carnes de mi cuerpo. Así, poco a poco, fuí sintiendo el ardor de la pasión, pues comencé a devolverle las caricias y, jalándolo de la cabeza, aplastándola contra mis pechos e inflamados pezones, arañándole apasionadamente la espalda y moviendo las caderas como si estuviera bailando una danza erótica, mientras dejaba que el grueso garrote de Jorge me penetrara, los movimientos de él cada vez fueron más rápidos, hasta que un gesto de pasión se le formó en la cara y, en un gemido de placer, se vino.
- Estás tan buena y tu cosita virgen estaba tan apretada que sentía tan delicioso cómo se amoldaba a mi verga, raspándola cada vez que entraba y salía -me dijo él, disculpándose. - Yo también sentía cómo los labios de mi vagina se pegaban a tu verga y me ha provocado una excitación tremenda, así que síguete moviendo, no quiero que me dejes así. - No, claro que no, te prometí que te iba a hacer sentir que estabas en la gloria y lo voy a cumplir.
El sacó su verga, ya fláccida, y nuevamente chupó y mordió mis chiches y mis pezones. Yo seguía aún excitada y le motivaba a seguir. Me gustó la caricia que me hizo con su boca. Fue bajando por mi cuerpo sin despegar sus labios de mi piel. Recorriéndolo, llegó hasta los dedos de mis pies, los cuales chupó uno por uno. Fue subiendo por la cara interior de mis pantorrillas y mis muslos para encontrarse sobre mis labios vaginales, los cuales mordió suavemente, abriéndolos buscó el interior de la vagina, ahí metió la lengua y me hizo gemir de placer, recorrió los bordes exteriores para continuar con los interiores, luego sacó su lengua y la puso en la entrada de mi culo, haciéndome dar un respingo de placer. Su lengua pasó de arriba hacia abajo y de adentro hacia afuera. Yo, loca de pasión, no paraba de gemir placenteramente y me vine en la boca de Jorge.
- Fue delicioso sentir la boca de un hombre en mi vagina. Ya me había acostumbrado a la boca de mi amiga pero la tuya es mucho mejor, aunque quiero sentir nuevamente tu verga entrando y saliendo de mí.
Jorge ya estaba excitado nuevamente, por lo que, aceptando mi petición, se acomodó entre mis piernas y me metió la cabeza hinchada de su verga. Mis gemidos de placer no se hicieron esperar. Él siguió empujando dentro del canal que momentos antes desvirgó, hasta tener casi por completo su gran verga dentro de mi ser. Yo no cabía en mí del gozo que estaba sintiendo.
- Por favor, Jorge, muévete más rápido, quiero sentirme en la gloria como lo prometiste, hazme ver las estrellas en pleno día, siente cómo mi conejito se come toda tu zanahoria, siéntelo cómo aún está estrecho y aprieta tu verga.
Él apresuró sus movimientos y yo empecé a gritar de placer mientras, en medio de una secuencia de espasmos me venía. Jorge no detuvo sus movimientos, a él también le embargaba el gran placer que estaba sintiendo. Por los gestos de placer imaginé que de un momento a otro se vendría pero, para mi sorpresa, él me sacó la verga aún completamente erecta, se recostó boca arriba sobre el césped y me dijo: - Ya es hora de que aprendas a introducirte una verga de verdad en ese canal de placer. Ven, siéntate encima de mí, a la vez que te vas introduciendo mi verga poco a poco.
Yo, observando el poste sobre el cual me iba a sentar, lo tomé entre mis manos, mientras le decía: - Sí, me voy a sentar en él, pero primero quiero acariciarlo, quiero sentir su sabor al meterlo en mi boca y chuparlo como si fuera un caramelo -le dije, mientras me pasaba la lengua por los labios.
Lo metí en mi boca y empecé a chaparlo, comiéndome casi por completo aquello que me supo delicioso. Él, por su parte, captó el calorcito encantador de mi boca y, poniendo los ojos en blanco, me confesó: - Nunca jamás alguien me había dado este trato al tragártela casi toda y menos tu tía (a veces a ellos les llamábamos tíos por la amistad que llevaban con mis padres), quien es una mojigata y no entiende que el sexo es un placer, regalo de los cielos y no una aberración del diablo. Nadie me la había chupado tan delicioso como tú, es tan sabroso como meterlo en tu panochita, pero con la gran ventaja de que tu lengua lo acaricia como se le venga en gana.
Haciéndolo temblar, me di vuelo, lengüeteándolo por todos lados. Él se encogió al instante, pateando desesperadamente. Yo estaba dichosa de hacer que se agrandara cada vez más ese garrote de apariencia indomable. Metí sus huevos en mi boca y el gimió placenteramente pues estaba a punto de venirse, cosa que me hizo saber. Como yo quería sentirlo dentro de mí no lo dejé, sacándolo todo de mi boca. Mirándolo fíjamente, mientras lo sostenía con mis manos, crucé una pierna por el cuerpo de Jorge y la coloqué en la entrada de mi ex-virginal conducto, sentándome encima de él a la vez que me lo introducía y, haciendo un esfuerzo por eliminar el dolor, me lo metí todo. Estuve algunos minutos sin moverme, acostumbrándome al invasor que tenía adentro. Él, por su parte, me acariciaba las chiches y mordía mis pezones. Cuando me sentí lista, le dije:
- Ahora sí mi amor, soy toda tuya y no te voy a dejar descansar ni un segundo hasta que me hagas venir como nunca se lo has hecho a la mojigata de mi tía, tu esposa. - Entonces muévete, sube a horcajadas tratando de sacarte mi verga hasta que sientas la punta en la entrada de tu cueva, para dejarte caer de un sólo empujón hasta la empuñadura, hasta que sientas que mis huevos también están a punto de meterse.
Yo, sin chistar, así lo hice. Mis chillidos, que empezaron siendo de dolor, a los pocos segundos se convirtieron en gritos placer. Yo subía y bajaba cada vez con mayor velocidad hasta que, sin poder aguantarme más, inclinándome hacia adelante, grité de placer, al momento que mi cuerpo se sacudía y vibraba a causa de un violento orgasmo. Desmadejada, me dejé caer sobre el pecho de Jorge. Él, aún no conforme, rodó junto conmigo sobre el pasto sin sacarme el miembro de mi vagina, hasta quedar encima de mí. Se incorporó para colocar mis piernas sobre los hombros de él y empezó el clásico movimiento de mete y saca.
- Jorge, en verdad me estás haciendo ver estrellitas, mmmmm... qué rico lo haces, deberían darte una medalla por estoooo... mmm... más, métela más, muévete más rápido, así, así cariño, asííí...
Yo ya no pude aguantar más y sentí nuevamente un gran escalofrío que me recorrió todo el cuerpo cuando un gran orgasmo abatió mi cuerpo, el cual no bajó solo pues arrastró a otro y otro y otro más. Él tampoco pudo soportar el placer que estaba sintiendo y dejó escapar todos sus líquidos seminales dentro de mí, los cuales, por su abundancia, se derramaron por entre las paredes de mi vagina formando un pequeño charco sobre el pasto.
Nos relajamos un rato y nos levantamos, para unirnos al grupo.
Llegamos a México y mi mamá me llevó al ginecologo, quien me recetó unos anticonceptivos.
En tres o cuatro ocasiones posteriores, Jorge y yo nos vimos e hicimos el amor. Igual que siempre, me hizo ver estrellitas de tantos orgasmos como me hizo sentir y siempre lo recordaré como mi primer hombre y como una muy grata experiencia.

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