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Mucho morbo
Estábamos en el jardín de casa tomando una copa, mi marido, una amiga -a la que, por cierto, mi marido tiene muchas ganas-, y yo, cuando sonó el timbre. Salí a abrir y apareció mi cuñado. Venía de viaje e iba a pasar la noche en casa. El saludo fue tan efusivo como siempre, aunque esta vez, quizás por casualidad, nuestros labios se habían rozado al saludarnos. Al salir al jardín nos dio la impresión de que mi marido y nuestra amiga, Chus, habían interrumpido precipitadamente un beso. No me importó, sino que más bien me causó excitación.
Alguien, no recuerdo quién, propuso jugar al parchís y, aunque todos accedimos, mi marido propuso que fuese un parchís con riesgo, es decir, por parejas y además con penalizaciones. Hubo como un cierto nerviosismo, pero creo que a todos nos entusiasmó la idea. En lo que mi marido y Chus preparaban el terreno de juego, mi cuñado y yo nos fuimos a preparar unos aperitivos para no tener que estar interrumpiendo. Al cabo de unos minutos, estábamos los cuatro sentados en el salón, con el aire acondicionado puesto y dispuestos a jugar.
Entre risas, más producto del nerviosismo que de otra cosa, establecimos unas reglas mínimas de juego: todos empezaríamos con cuatro prendas y los chicos contra las chicas, aunque la novedad iba a consistir en que, al incurrir en penalidad, uno de la otra pareja decidía qué prenda había que quitarse, y el penalizado escogía quién debería hacerlo; lo que añadía un toque más excitante al juego.
La primera en pasar por el esperado momento de quitarse prenda fue Chus y eligió a mi marido para que lo hiciera; éste empezó a desabrocharle la blusa, acariciándole el principio del pecho, mientras sus dedos, como si fuese disimuladamente, jugueteaban por debajo de la tela. Cuando terminó de quitarle la blusa, le dio un suave beso en los labios.
El siguiente en perder fue mi marido. Eligió a Chus para que le quitase la prenda; ella se arrodilló, le empezó a desabrochar el cinturón y le iba bajando la cremallera muy despacio. Le bajó de golpe el pantalón y el calzoncillo no pudo disimular la fuerte erección que tenía.
Cuando me tocó a mí perder prenda (estaba tan excitada que creí que no me iba a tocar nunca), mi cuñado, con mucha calma, comenzó a bajarme la cremallera de la falda, mientras sus dedos rozaban mi piel por debajo de la braga. Mi sexo se humedecía a marchas forzadas, tanto por lo que estaba pasando como por lo que veía que iba a venir, y no dejó de estremecerse cuando, su mano, al terminar de quitarme la falda, lo rozó.
Cuando fue mi cuñado el perdedor, le desabotoné el pantalón y lo deslicé hacia sus rodillas, aprovechando la maniobra para rozar todo lo que pude, que fue mucho, porque su erección era tan grande como la de mi marido.
Como parece natural, al cabo de un rato largo quedamos todos desnudos; entonces empezaba la complicación del juego, pues el compañero del que perdía elegía "quién" y "qué" le tenían que hacer...; aquello ya sí que era lotería.
El primero en perder fue mi marido; mi cuñado se quedó pensando unos minutos y, de repente, dijo: "que Chus le haga una mamada que dure dos minutos". Todos nos quedamos un poco cortados, pero nadie objetó la decisión.
Mi marido se puso de pie y se acercó a Chus; ella le empezó a tocar y se llevó su miembro a la boca, chupándolo como un caramelo que parecía estar riquísimo; chupaba y chupaba mientras que con la mano que tenía libre lo acariciaba. Mi marido le cogía la cabeza con una mano y con la otra la tocaba por donde podía. Yo nunca había visto a mi marido con otra mujer y reconozco que la escena, cargada de erotismo, incrementó aún más mi excitación. Cuando Chus aceleró el ritmo de sus chupadas, sujetando el culo de mi marido, éste le dijo: "Chus, me vas a correr". Se corrió en su boca, sin que ella dejase caer ni una sóla gota de semen. Después se besaron, ya descaradamente, en la boca. Viendo aquello, me pareció que la que iba a correrse inmediatamente era yo.
¡Vaya calentura que teníamos mi cuñado y yo después de haber visto aquello! Afortunadamente, la siguiente en perder fui yo. Mi compañera Chus, ya absolutamente desinhibida, dijo a mi cuñado: "tienes dos minutos para hacer con ella lo que quieras, pero sin penetración".
Creí que me iba a marear del gusto cuando me tumbó en un sillón y sus manos empezaron a tocarme el pecho. Jugaba con los pezones y su boca iba lamiendo mi cuerpo. Me mordía y me chupaba, me chupaba y me mordía casi a la vez; me besó en la boca; su lengua y la mía jugaban enredadas mientras su mano irrumpía en mi sexo mojado. Yo no le podía tocar, sólo podía dejarme hacer, pero lo estaba disfrutando. Cuando llegó al clítoris, lo acarició sin tregua, intensamente, hasta que le dije: "me vas a correr".Al notar el movimiento de mi pelvis, sus dedos entraron en mi vagina y tuve un intensísimo orgasmo.
Aquello había tomado un cariz que dejaba pocas dudas sobre el final, pero los pasos había que seguirlos poco a poco. Cuando me tocó a mí elegir prueba -Chus había perdido una ficha-, le dije a mi marido que la chupara durante otros dos minutos. Ella se puso de pie delante de él y, sentado, comenzó a chuparle los pezones y a acariciarle el pecho mientras sus manos recorrían la espalda de Chus, bajando poco a poco hacia el culo. De pronto, mi marido la sentó en un sillón y, abriéndole las piernas, metió toda su lengua en la vagina al tiempo que le introducía un dedo, haciéndolo entrar y salir acompasadamente. Fue sentir el dedo de mi marido dentro y, con un suspiro, casi ni llega a terminar la frase: "¡Ay!, ¡qué gusto!, me corres". La sonrisa de Chus al abrir los ojos lo decía todo y, agarrando a quien le acababa de llevar al paraíso, le dio un buen morreo.
Cuando mi marido tuvo que decidir lo que yo habría de hacerle a su hermano, mantuvo el tiempo de los dos minutos y dijo: "que te corra como ella quiera; pero tampoco puedes penetrarla".
Llevaba tiempo esperando aquel momento de hacer con mi cuñado lo que se me antojara. Lo tumbé en el sofá y le di unos chupetones hasta que su erección fue completa. Entonces me puse encima de él, con mi pecho rozándole la cara y la boca; rocé su sexo contra el mío; subía y bajaba sobre aquel pene a punto de estallar, deslizándolo entre los labios vaginales. Sólo faltaba entrar, pero no podía, por lo que fui bajando despacio hasta que encontré su miembro; lo metí en la boca y me lo estaba comiendo como si fuera un helado. Noté que estaba a punto de correrse, por lo que mis manos comenzaron a tocarle por todas partes sin que la boca parase de chupar, y entonces se incorporó un poquito y el semen que salió de él me indicó que mi trabajo había tenido un buen resultado.
Al regresar a la partida, mi marido me miraba con una sonrisa de complicidad. Seguimos jugando y los chicos perdieron la partida, por poco eso sí; pero perdieron. No sé quién fue el primero que empezó, creo que mi marido -es sorprendente lo que me excitaba verlo en aquella situación-. Tumbó a Chus boca abajo y derramó una copa de cava por su espalda; bebió en ella con dedicación y, para que no le quedase ni una sóla gota en la piel, la sentó encima y la penetró. Me pareció que bailaban lujuriosa y acompasadamente.
Fue mi cuñado el que me sacó de la abstracción en la que me encontraba y, quitándome la botella de cava que llevaba en la mano, me arrinconó vehementemente contra la pared. Mientras nos tocábamos todo, le sentía jadear en mi oído y, en medio de aquel apasionamiento, intentábamos hacerlo en aquella posición. La necesidad y la excitación ya eran muchas, por lo que nos fuimos a un sofá, me tumbó y se puso encima, penetrándome violentamente mientras me tenía las manos bloqueadas y la boca ocupada. Yo veía a mi marido con Chus y cuando le oí decir que iba a correrse, no aguanté más y me deshice de gusto, notando cómo mi cuñado se vaciaba dentro de mí.
Cuando mi marido y yo nos quedamos solos, comentamos los detalles de lo sucedido y, a pesar de la sesión de sexo que habíamos tenido, se desató nuestra excitación e hicimos el amor como locos. No hemos repetido la experiencia pero guardamos de ella un imborrable recuerdo.

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