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Ana
La vi pasar por delante de mí. Su cabellera morena, espléndida, desprendía un olor que me erotizó, de tal forma que mi erección debió ser patente. Yo, sin embargo, sólo prestaba atención a sus movimientos mientras se alejaba por el pasillo de la facultad. Era el primer día del curso. Tras desaparecer ella entre la gente, desperté de mi ensoñación. Me dirigí hacia los tablones de horarios y, tras comprobar dónde tenía clase, hacia allí me dirigí. Cuál fue mi sorpresa cuando, al entrar, la vi sentándose sola y apartada. La miré embobado. Alta, morena, con unos ojos entre verdes y marrones que me embrujaron allí mismo. Sin pensar en nada más, fui hacia ella y me senté a su lado. - Hola. - Hola.
Su voz hizo que perdiera la cabeza; era melodiosa, casi infantil, destilaba sensualidad. Aquella chica iba a ser mía. Me quedé pasmado mirando esa carita de ángel. Se hizo un silencio entre los dos en el que ella me miraba con curiosidad.
Sabiendo lo que pasaba por mi cabeza, sólo acerté a balbucear torpemente un "encantado de conocerte" antes de que el profesor de turno entrara. Y allí me quedé yo, tocando con mi pierna su pierna debido a que los asientos eran bien reducidos. El calor de su pierna hizo que mi erección fuera considerable. Ella vestía una falda corta de verano y una camiseta de tiras. Sus pechos hacían que aquella camiseta fuera lo más bonito que hubiera visto nunca. Se le adivinaban unos pechos duros, grandes y firmes. Decidí que tenía que hacer algo, no podía quedarme en este paso. Escribí sobre la mesa un "te invito a un café", a lo que ella respondió que sí. Así que, intentando no hacer mucho ruido, salimos de la atestada clase. Más de un chico que me conocía de otros cursos se la quedó mirando con lascivia, y no era para menos porque entre las tetas que gastaba y las piernas espectaculares que lucía, aquella chica quitaba el hipo.
Al salir del aula, comencé a hablar. - No te conocía, ¿eres nueva? - Sí, pedí el traslado desde Pamplona, ya que aquí tienen mejor material de investigación.
Al comenzar a hablar ella, me fijé en sus labios sensuales. Me los quería comer allí mismo.
Fuimos a un bar cercano. Comenzamos una conversación en la que me enteré que vivía en un piso compartido con otras dos chicas. Estuvimos hablando toda la mañana. La invité al cine. Pero no podía ser ya que tenía que ordenar sus cosas pues acababa de llegar. Me ofrecí a ayudarla pero ella se negó. La acababa de conocer y ya me quería meter en su casa. Hasta yo me di cuenta de que era mucho para un sólo día.
Al llegar a mi casa, me masturbé pensando en arrancarle la falda y la camiseta, y follarla con brutalidad. Pero eso habría de esperar.
Los días pasaron con el ajetreo típico de los primeros días de clase en una universidad. Ana y yo fuimos intimando. Dado que ella no conocía a nadie, y yo, estando con ella, tampoco quería conocer a nadie, resultaba que pasábamos mucho tiempo juntos. Me enteré de que tenía novio desde hacía varios años. Eso me hizo desmoralizarme un poco. Pero, al ver que ella cada vez se acercaba más a mí, decidí que no iba a ser yo quien se apartara.
Un día de sol decidimos tumbarnos un rato en el césped del campus. Ella se puso la mochila como almohada y, entre risas, yo tuve una almohada mejor: puse mi cabeza en su vientre. Ella llevaba una camisa anudada a la cintura, con lo que yo quedé con mi cara sobre su piel. Eso hizo que se estremeciera. Empezó a hablarme de su vida y, mientras hablaba, empezó a acariciarme el cabello. Yo estaba en la gloria.
En un momento dado ella terminó de hablar. En aquel silencio, y mientras me acariciaba, me volví para mirarla y pude ver que ella me miraba. Al mirarla yo, ella retiró la vista, pero era tarde para hacer eso. Comencé a besarla en el vientre. Ella respondió con un estremecimiento que me excitó aún más. Me incorporé sobre ella, la miré a los ojos y la besé en los labios. Ella tardó unos segundos en empezar a responder, pero cuando lo hizo, lo hizo con pasión.
No sé cuánto estuvimos allí. En un momento aparté la cara y, mirándola a los ojos, le dije "te deseo, Ana, creo que me he enamorado de tí". Ella respondió con otro beso aún más pasional. Aunque me hubiera encantado penetrarla allí mismo, estábamos en un sitio público, así que nos serenamos un poco y volvimos clase.
Desde luego que mi mente estaba muy lejos de la clase. Nos sentamos juntos, como siempre, al final de la clase. Ella llevaba falda y yo no pude resistir la tentación de poner la mano sobre su rodilla. Ella respondió mirándome ruborizada. Estaba absolutamente adorable. Mi mano subió por su pierna y ella separó sus piernas dejándome paso libre. Al llegar a sus bragas, sentí cómo estaban mojadas. Aquella chica estaba muy excitada. Cuando iba a meter mi primer dedo bajo sus bragas, el recuerdo de su novio debió volver, lo que hizo que se disculpara y se fuera al baño, dejándome excitado como nunca.
Tardé un momento en reaccionar. La vi salir de la clase, la adoré mientras andaba y comprendí que aquello no podía quedar así. La seguí. Sin vacilar, entré en el baño de las mujeres. Al ser hora de clases no había nadie con ella. Estaba refrescándose ante el lavabo. Me acerqué a ella y me puse detrás, tomándola por las caderas, acercando mi pene a su culo. Ella ni se inmutó. Me había visto por el espejo. Acerqué mis labios a su oído y le susurré: -Voy a follarte, Ana. Sé que tú también lo deseas, y vas a comprender lo que me has hecho pasar desde que nos conocimos.
Sin más, empecé a bajarle las bragas, totalmente mojadas, y se las dejé a la altura de las rodillas. Le subí la falda y, por fin, pude contemplar su culo al natural. Era fantástico. Con una mano empecé a acariciárselo mientras la otra se la introducía por su camisa buscando sus pezones, que estaban muy duros.
Al empezar a acariciarle el pecho, ella gimió. La mano que estaba en su culo pasó a su coño. Estaba tan mojado... Le introduje dos dedos y ella empezó a gemir locamente. Sus manos se posaron en las mías mientras pedía más. Ella se corrió al poco tiempo, dando muestras de lo cachonda que estaba. Yo me bajé los pantalones y mi polla salió totalmente dura. Se apoyó sobre el lavabo y separó las piernas, sabiendo bien lo que venía. Su coño estaba dispuesto para ser penetrado. Empecé a pasear mi glande por su coño y, de un golpe, se lo atravesé brutalmente. Ella gritó, pero enseguida empezó a moverse, pidiendo más y más. Yo la ensartaba como un toro, haciendo que con cada embite ella quedara en el aire sujeta sólo por mis brazos. Una de mis manos le agarró una teta y la apretó con tal salvajismo que el aullido de ella debió oírse en toda la escuela.
- ¡Me haces daño, cabrón!- me gritaba entre jadeos. - Esto es sólo el principio, puta. Te voy a follar hasta que no puedas ni andar.
Ella se excitó con esto y aumentó el ritmo. Yo la follaba cada vez con más fuerza. Ambos sudábamos y ella hizo ademán de separarse, pero mi polla quería más. La agarré con fuerza y le dije: - Todavía no he terminado, Ana. Quiero más. - Nos pueden ver...
Pero yo ya la estaba obligando a apoyarse otra vez sobre el lavabo. Ella opuso algo de resistencia pero, sin sacarla de su coño, volví a embestirla: - Tienes un coño muy acogedor, Ana.
Esta vez ella no se movía. En realidad era yo el que, manteniéndola en vilo, la estaba usando. Ella empezó a gemir de nuevo y, casi instantáneamente, se volvió a correr. Aquella chica era puro sexo.
De pronto se me ocurrió una idea. Quería más presión sobre mi polla. Así que se la saqué y, agarrándola con fuerza, dirigí mi polla hacia su culo. Ana empezó a revolverse: - Por ahí no, hijo de...
Su cara y su boca se congelaron cuando se la metí de golpe: - Cabrón, sácala, me haces daño.
Yo no le hice ni caso. Al contrario, la atravesaba más bestialmente. Ella no paraba de gritar y moverse, pero yo la follaba sin que ella tuviera opción a moverse.  Esa sensación de poder me excitaba más y aumentaba el ritmo de mis embestidas. La seguí follando y me corrí en su culo mientras ella ya estaba gimiendo y llorando como una posesa. Le regué su ano y me desplomé sobre ella.
- Te deseo, Ana, eres mía, y te voy a seguir follando. Quieras o no quieras. - Sí que quiero, hijo de puta.
Aquella chica iba a ser mi juguetito. Ella así lo quería y yo la amaba con locura. Aunque cuando conocí a sus compañeras de piso, pensé que sexo y amor no tenían por qué ir juntos. Me iba a follar a aquellas dos putas también.

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