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La subdirectora
Hace poco más de dos años comencé a trabajar dando clases en la preparatoria donde yo estudié. Mi jefa directa es la subdirectora de la escuela, también egresada de allí, por lo que ya nos conocíamos desde antes. Yo tengo 25 años y ella tiene 28, y no es precisamente una belleza: es chaparrita, un poco regordeta, pero tiene uno culo y unas tetazas que a cualquiera pone caliente.
Todo comenzó un día normal de clases (comienzan a las 16:30 y acaban a las 20:30). Al sonar el timbre dando fin a la última clase, una alumna me pidió que le explicara un tema que no había entendido. Llevaba puesta una camisetita que aquí en México conocemos como ombliguera y un short minichiquito y super entallado, por lo que comencé a calentarme un poco.
A eso de las 21:00 terminé de explicar y noté que la luz de la Dirección seguía encendida, por lo que me asomé a ver quién estaba dentro y descubrí que era la subdirectora. Al verme, me dijo que pasara, que le venía bien platicar con alguien ya que había tenido un día muy agitado. Llevaba puesta una blusa escotada que dejaba ver el nacimiento de su generoso pecho y una faldita que, aunque no era muy corta, era pegadita y dibujaba sus hermosas nalgas.
Al poco rato se le cayeron unos papeles del escritorio y se agachó a recogerlos, mostrándome gran parte de su pecho, por lo que mi miembro comenzó a crecer. Al levantarse debió haberlo visto porque me dijo:
- ¿Te gusto?
A lo que respondí, un poco sacado de onda:
- Sí, por supuesto que me gustas.
Dicho esto, se levantó de su silla, rodeó el escritorio y, sin más aviso, se me sentó a horcajadas sobre la silla y comenzamos a besarnos. Con ayuda de ella me despojé de mi playera y comenzó a besarme el cuello y el pecho, hasta que llegó al pantalón, el cual abrió de golpe. Comenzó a mamarme el pene. Era tal la sensación que sentía en la punta del pene que, con mis manos, apreté más su cara contra mi miembro. Me la mamó durante casi veinte minutos.
Posteriormente la levanté y comencé a desnudarla. Una vez desnuda, la cargué "como cartón de cerveza", es decir, tomándola por las nalgas, y la senté a la orilla de un escritorio. Me hinqué y comencé a comerle esa concha que escurría cada vez más jugos. Ella comenzó a gemir y, al igual que yo lo había hecho, sentí cómo sus manos apretaban más mi cabeza contra su vagina. A los 15 minutos gritaba de placer y, literalmente, me rogaba que la penetrara, por lo que me puse de pie, le coloqué sus piernas por encima de mis hombros y la ensarté hasta los huevos. Ella soltó un fuerte gemido de placer y yo comencé a bombear como desesperado. Al poco rato arqueó violentamente su espalda, señal inequívoca de su orgasmo.
Pero yo estaba demasiado excitado. Se la saqué y le di vuelta. Ella comenzó a decirme que por el culo no cuando, con un violento movimiento, la ensarté por el culo. Ella pegó un grito que no supe si era de dolor o de placer, pero al querer sacárselo creí que le había hecho daño. Ella me dijo que no lo hiciera, que quería sentir mi leche en ese agujero. Con semejante petición, comencé a bombear con un ritmo desenfrenado, al tiempo que mis manos masajeaban sus tetas.
Al cabo de un rato, no sé decirles cuánto, sentí cómo me era imposible contener más la descarga y terminé dando un fuerte gemido e inundando su orificio anal con toda mi leche. Me senté en una silla y ella se me acurrucó como una niña. Así estuvimos un rato, desnudos, besándonos hasta que el reloj nos avisó de que era cerca de media noche y que debíamos irnos. La vestí, me vistió, nos dimos un largo beso y prometimos hacerlo otra vez en un lugar más confortable. 

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