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La pasión se llamaba Bea
La inocencia hace sublime y delicado al amor. De las primeras relaciones guardo los mejores recuerdos. Ahora, pasados los años, miro atrás y suspiro pensando en aquel muchacho inocente que se inició con reverencia y dulzura en el arte de amar. Una de esas tardes tristes de otoño, en las que las avenidas de la ciudad universitaria de Madrid se llenan de hojas amarillas y las parejas de estudiantes pasean agarrados tiernamente de la mano, o se pierden entre los árboles de alrededor para explorar la suave piel de la persona amada, paseábamos mi amigo Sergio y yo, mirando con interés la luminosidad que irradia la cara de los tortolitos enamorados, y el suave sonrosado que provoca el deseo y la pasión, en las delicadas mejillas de los jóvenes. Sergio se paró de improviso y dio un fuerte pisotón en el suelo que provocó el revuelo de la hojarasca.
- ¿Te apetece conocer a dos buenas amigas mías? -dijo de improviso-. - ¡Venga! -contesté- - Pero no podemos ir con las manos vacías -añadió Sergio titubeando y apretando la boca dubitativo-. Nos pasamos por un kiosco que hay dos calles más arriba y llevamos unas botellas de vino. - No sé que planeas -le dije- pero creo que estás pensando en algo más que en una visita de cortesía. - Puede ser -respondió-.
Después de coger el autobús llegamos a las afueras de la ciudad, a un grupo de viviendas obreras. Sergio me dijo que allí vivía una amiga suya; Marina, una mujer divorciada de su marido que rondaba los 30 años. Ella trabajaba como administrativa en la Facultad donde mi amigo cursaba primero de Física. Me dijo que estaba acompañada por su hermana Bea, que había venido de Caracas para pasar unas vacaciones.
Cuando Marina nos abrió la puerta nos hizo pasar a la cocina, allí estaba su hermana en bata de baño, pues hacía poco que había salido de la ducha. La bata la tenía ligeramente entreabierta, dejando entrever el inicio de sus senos y las piernas hasta la altura de la pantorrilla. Al ver que me había quedado observándola se tapó rápidamente y sonriendo se fue a su cuarto a vestirse.
Marina me dio un ligero pellizco en el culo, guiñándome un ojo, al notarme sonrojado.
Al volver Bea ya teníamos preparada la mesa y la bebida, en poco tiempo habíamos improvisado una pequeña fiesta. Fue una velada animada y alegre. Después de acabar el vino, le tocó el turno al champán y cuando éste se acabó sacaron una botellita de coñac. Durante la cena me di cuenta de que Bea se levantó varias veces a cepillarse el pelo y echarse perfume. Estaba sentada justo a mi lado, y en el transcurso de la noche nos fuimos acercando cada vez más al hablar. Sentía su perfume, su aire al respirar. Me quedaba embobado mirando sus labios carnosos moviéndose dulcemente al hablar. Tenía un irresistible deseo de besarlos.
Pasadas las doce de la noche, Bea se levantó y puso música, creo que la romántica francesa Patricia Caas. El aparato de música estaba sobre el frigorífico, al alzarse a ponerlo pude ver lo esbelta que era su figura. Me fijé en la minifalda de tela que llevaba por encima de las rodillas y la suave blusa por la que se transparentaban sus senos desnudos. No pude evitar tener una erección. Bea, dirigiéndome una excitante sonrisa, me animó a que me levantara a bailar con ella. Sergio y Marina hacía rato que, enfrente de nosotros, se estaban manoseando.
Avancé suavemente hacia Bea y mientras la agarré delicadamente por la cintura ella me cogió la espalda con sus brazos. Al compás de la música nos fuimos acercando cada vez más, hasta que muy pegados, notamos el calor que irradiaban nuestros cuerpos. Entonces acerqué mis labios a los suyos y la besé, al principio suave y después con pasión. Desabroché lentamente los botones de su camisa, mientras ella sacaba la mía del pantalón y me clavaba las uñas en la espalda. Sentí un escalofrío y apreté mi cintura contra la suya. El pene me latía entre las piernas. Bajé la boca hasta sus pezones y los chupé despacio al compás de la música.
Mi amigo y su hermana decidieron entonces dejar la cocina e irse a un sitio más cómodo. Bea aprovechó para decirme que deseaba que le hiciera el amor, y sin esperar mi respuesta comenzó a desabrocharme los pantalones. Sentí un temblor en todo el cuerpo cuando ella me cogió el pene con la mano y lo dirigió, blandiéndolo como una espada, hacia su entrepierna, a la vez que gemía y dejaba entrever la punta de su lengua al lamerse sus labios.
Con las manos sudorosas y sintiendo cada vez una mayor calentura, que me recorría electrizante el cuerpo desde la punta de mi pene erecto hasta la yema de los dedos, le subí la falda hasta que acerté a cogerle el inicio de las medias que bajé junto a sus braguitas. Conforme se las bajaba notaba la suavidad de la piel de sus caderas y sus piernas, y unas ganas irresistibles de pasarle mi lengua y enjuagarlas en saliva.
El cuerpo de Bea estaba ardiendo de fuego de salvaje pasión, comenzó a restregarse mi pene arriba y abajo por los labios vaginales. Estaba mojada y preparaba la penetración de una manera acompasada y delicada. Conforme la pasión subía me agarraba más firmemente el pene hasta hacerme daño. Me acercó la boca al oído y me dijo "¡fóllame!", mordiéndome a continuación fuertemente en los labios. Introduje la cabeza de mi pene en su vagina, resoplando ella de placer.
La tenía contra la pared de la cocina y empujé con fuerza para clavarle mi pene hasta el fondo, pero ella quería hacerlo a su manera. Fuertemente me volvió a agarrar la verga y agachándose se la introdujo en la boca. La sensación que me producía al verla enseñar los dientes me producía temor y excitación. Mientras me masajeaba con la mano volvía hacía la piel de mi pene sus largas uñas rojas y las clavaba con suavidad. Bea me dirigía miradas y guiños con el rabo entre la boca.
La muchacha era ligeramente más alta que yo. Las tetas un poco más grandes de lo que podía abarcar con mis manos. El pelo, negro y ondulado, le llegaba hasta los hombros. Sus labios eran carnosos y sonrosados. La nariz recta y fina. Los ojos ovalados y grandes, de color verde. La piel de su rostro era muy suave, sabrosa y limpia. Las piernas largas y bien proporcionadas. Su cuerpo estaba limpio de pelos,sólo alterado por un ligero bosquecillo en el pubis y en las axilas, que emanaban fragancia de hembra en celo.
Tirándome del pene me llevó hasta la mesa de la cocina y con la mano que le quedaba libre apartó los platos y los cubiertos que habían quedado de la cena. Resoplando se hechó de pechos sobre la mesa y, abriendo ligeramente las piernas, con un leve balanceo, se introdujo el pene en la vagina. El jadeo se le convirtió en voz y la voz en gritos ahogados. Bea pronunciaba una y otra vez mi nombre.Balanceaba las caderas en pequeños círculos y yo le agarra desde atrás las tetas, dándole tirones cada vez más intensos en los pezones, mientras rítmicamente movía mi pene dentro de su coño.
Bea agitó más rápidamente sus caderas y emitió un grito apagado. Esto me excitó más y noté una convulsión en mi pene; me estaba corriendo dentro de ella.Cuando acabamos nos fundimos en un abrazo que duró muchos minutos y que sólo acabó cuando oímos que su hermana y mi amigo regresaban. Al oído incesante y dulcemente había repetido innumerables veces mi nombre. Nunca más volví a verla, al día siguiente volvió a Caracas. Aún hoy, después de pasados muchos años sigo a veces escuchando en mi interior aquella dulce y ardiente voz.

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