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ICQ en Puerto Rico
La conocí buscando una noche en el ICQ chicas que vivieran cerca de mí, en los pueblos cercanos. Soy casado con dos hijos, tengo 34 años y mi esposa 36. Apesar de nuestros 13 años de casados, nuestra vida sexual se había convertido en algo monótono y, para colmo, ya casi ni existía. Había hablado esto con mi esposa para ver si nuestro problema tenía solución pero me encontré con la realidad de que ella ya no sentía tantos deseos como yo de hacerlo. Por eso pasaba largas horas buscando conocer a esa chica que me pudiera satisfacer como hombre, con quien poder descargar todo eso que llevaba adentro.
Una noche dí por casualidad en el ICQ con una chica de Salinas. Yo vivo en Santa Isabel, pueblo costero al sur de Puerto Rico. "Mi amor", como la suelo llamar en señal de cariño, se mostró bien interesada desde un principio. De sólo 19 años, trigueña como una india y con un rostro de ángel, descubrí que era la persona que buscaba. Ella ya había tenido un niño y se encontraba relacionándose con otro hombre, casado también, pero que al parecer no había podido hacerla sentir mujer en la cama.
Estuvimos varias noches platicando de los que nos gustaría hacernos si tuviéramos la oportunidad de estar juntos y la conversación se tornaba cada vez más caliente. En tan sólo un par de noches platicando por ICQ, acordamos vernos y tener nuestro primer contacto sexual. Yo debería recojerla frente a la universidad a las 9:30 am de ese día. Me apresuré a llevar a mis hijos a la escuela y a mi esposa a su trabajo. Dí una buena excusa en mi trabajo para llegar más tarde ese día y poder dedicarle lo mejor de mí a esta chica, a quien estaba pronto por conocer.
Allí la ví, sentada en la parada. Tenía una blusa color vino, sin mangas y apretada. Dejaba ver lo enorme y redondo de sus senos y, para mi emoción, no llevaba sostén y se le marcaban los enormes pezones oscuros a través de su blusa. También llevaba unos mahones que marcaban sus caderas de diosa. Se me acercó cuando aún estaba en mi auto.
- ¿Silver? -me preguntó. - Sí, soy yo. Ven.
Se montó en mi auto. Por todo el camino fuimos platicando, tratando de conocernos mejor, pues nos dirijíamos a un motel y queríamos aprovechar cada segundo. A mitad de camino le pedí permiso para robarle un beso, a lo cual me respondió: "Si tú quieres...". Sabía que ella lo pedía a gritos, sentir un hombre contra ella ese día, pero no se encontraba preparada para lo que vendría pues ella misma me lo confesó después.
Llegamos al motel y para mí era cierto motivo de vergüenza pues, aunque parezca increíble, era la primera vez que entraba a un motel. Siempre lo había hecho en una casa o un apartamento pero nunca en un motel. Entramos al cuarto y, hasta ese momento, sólo habíamos compartido un beso en los pocos minutos que tuvimos antes de llegar allí. Ella me confesó que estaba bien nerviosa pues nunca había hecho nada parecido en su vida: llegar a un motel con alguien a quien acababa de conocer.
Con mis besos y mis suaves caricias la hice perder el miedo. Suavemente, y como enamorados, nos besamos. Fueron largos esos minutos, pues quisimos saborearnos todo lo posible. No dejaba de admirar su cara y sus lindos ojos, los cuales siempre le dije que la traicionaban pues notaba en ellos un brillo que pedía a gritos que le hicieran el amor. Con furia, pero a la vez tiernamente, empecé a recorrer su cuerpo con mis manos mientras besaba sus labios. Sentía sus manos en mi pecho, en mi cuello y, en ocasiones, en mi espalda. Me atreví a subir una de mis manos para poder acariciar uno de sus enormes y redondos senos. La sentía suspirar con fuerza y cada vez más rápido. Sentí su mano sobre mi miembro, pasándola sobre mi pantalón que casi no aguantaba mi pene totalmente erecto y a punto de estallar. Al fin me animé a descubrir uno de sus senos, bajé mi boca y empecé a chupar con suavidad su pezón erguido de la emoción. Mientras mi mano jugaba con su otro seno, ella jadeaba y gemía con un deseo interior que me ponía más excitado aún cada vez que la escuchaba. Se movía como buscando rozar cada parte de su cuerpo contra el mío. Saqué su otro seno. Al fin los tuve a ambos frente a mí, ¡y qué espectáculo! Los masajeé, chupé y lamí como hambriento de sexo.
De momento ella alejó un poco su cuerpo, permitiéndome quitar del todo su blusa. Ahí mismo aproveché para quitarme la camisa. Juntamos nuestros pechos por primera vez mientras nos fundíamos en un tierno beso. Mientras besaba sus pechos empecé a bajar hasta encontrar su ombligo, que tan pronto empecé a besárselo le causé muchas cosquillas. Se sonreía felizmente pero no me lo impedía. Lo estaba disfrutando. Comencé a quitarle el pantalón y la dejé en unos panties diminutos que llevaba puestos. Se abalanzó sobre mí en la cama, tirándome sobre mis espaldas. Comenzó a besar mi pecho y mi cuello cuando, de pronto, la senté tratando de despojarme de mis pantalones. Aproveché para ayudarla y me despojé de toda mi ropa. Me acosté boca arriba en la cama y, mientras ella me besaba, pasaba mis manos por sus hermosas nalgas, levantándole ocasionalmente el panty para lograr acceso a su conchita mojada. Descubrí que la tenía bien afeitada y que sus jugos la tenían a millón. Ella se subió sobre mí y, con un leve movimiento de sus caderas, logró acomodar mi verga. Lentamente al principio, la fuí penetrando.
Cuando al fin lo tuvo completamente adentro, empezó a gemir como poseída. Movía sus caderas cada vez con más velocidad mientras sus senos se movían descaradamente frente a mí. Yo, mientras, disfrutaba de la visión. Masajeaba sus nalgas cada vez con más fuerza. No pudo aguantar y, casi inmediatamente, se vino por primera vez. Continuamos moviéndonos en esa misma posición, en la cual ella logró tener varios orgasmos más. La recosté a mi lado y, levantando una de sus piernas, la penetré de lado. Ella se aferraba a una de mis piernas como un naúfrago a su salvavidas. Eran cada vez más duros sus gemidos y creo que todos alrededor nos tuvieron que haber escuchado. Y era evidente que la metida se estaba volviendo cada vez más salvaje, hasta que no pude aguantar más y me corrí encima de sus nalgas.
Estuvimos cambiando de posición toda la mañana. También la puse en cuatro, pues así podría admirar su majestuoso culo, que me confesó nadie había probado, y que luego se convertiría en el objeto de mi deseo. Luego de venirnos varias veces descansamos un rato e inclusive solicitamos unas bebidas al cuarto.
Nos dimos un baño juntos. Ella me pasaba el jabón por todo el cuerpo y yo le correspondía. Ella salió primero. Al yo salir, la descubrí arropada por el frío del aire acondicionado y me invitó a meterme con ella bajo las sábanas. Fué un abrazo muy tierno, de agradecimiento por lo satisfecha que había quedado. Pero yo no había acabado. Le sugerí hacer un 69 en ese momento. Ella me miraba con ojos extrañados y riéndose. "Sólo pónmela en la cara", dijo. Así lo hice, pero al sentir yo su boca succionando mi verga empezó mi batalla para no venirme tan rápido. Esta chica me estaba dando la mejor mamada de mi vida. Sentí que casi me la arrancaba del sitio, mientras yo lamía con fuerza su chochita mojada e introducía mi lengua tan profundo como podía. Ella, al parecer, no pudo aguantar más y se lanzó sobre mí, cabalgándome nuevamente hasta alcanzar varios orgasmos más. Yo volví a ponerla en cuatro una vez más y me vine en su coño pero esta vez fue tanto lo que me vine que mi leche se escurrió, saliendo de sus entradas y corriendo por sus muslos.
Después de esto descansamos uno al lado del otro, abrazados y totalmente exhaustos de tanto orgasmo y placer. Ella me confesó que nadie la había hecho venirse tantas veces (siete) y nunca había disfrutado de una verga tan grande como la mía. Nos seguimos comunicando por las noches a través del ICQ y ya estamos planeando nuestro próximo encuentro, en el cual me propongo estrenar ese culito apretado y venirme en él.

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