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El apartamento de playa
La historia que voy a contar ocurrió hace dos veranos y tuvo lugar en un apartamento que alquilamos con otra pareja, amigos de toda la vida. Era la primera vez que pasábamos unas vacaciones de verano las dos parejas bajo un mismo techo. Ernesto y Gloria eran de nuestra edad, 35 y 33 respectivamente. Nos entendíamos muy bien y la verdad es que la decisión de pasar juntos unas semanitas en la playa nos pareció estupenda.
El apartamento que habíamos alquilado no era muy grande, tenía dos dormitorios, una pequeña cocina, un salón con una pequeña terraza que comunicaba además con uno de los dormitorios. El cuarto de baño no era muy grande pero tenía una ducha, una taza de water, un lavabo y hasta un bidet.
Ernesto y Gloria se alojaron en la habitación con salida a la terraza y Juan y yo nos acomodamos en el segundo dormitorio. Este no tenía salida a la terraza pero al menos disponía de un gran ventilador en el techo, que sin duda nos ayudaría a mitigar los rigores de aquel caluroso verano.
Una vez acomodados en nuestro apartamento de playa nos lanzamos a disfrutar de nuestro verano a tope. Pasábamos largas horas en la playa holgazaneando y tomando el sol de lo lindo. Gloria y yo nos entendíamos muy bien y no nos guardábamos ningún secreto. Una mañana estando ella y yo solas tomando el sol, mientras nuestras parejas participaban en un partidillo de fútbol playa, me contó que Ernesto era un tipo insaciable, y que en verano parecía como si su nivel de testosterona subiera a límites increíbles, porque sólo quería hacer el amor con ella a todas horas sin parar. Le valía cualquier sitio y hasta lo habían hecho ya en el cuarto de baño y en la terraza, aprovechando que nosotros dormíamos en nuestra habitación. Gloria se quejaba de la indómita libidinosidad de Ernesto.
Yo, sin embargo, secretamente envidiaba a Gloria. A mi pareja parecía que los calores estivales le apagaban por completo los deseos de follar. Todo lo contrario de mí, que a más calor más ganas me entraban, y no sé por qué, pero el verano resulta de lo más estimulante, quizás por ver más cuerpos musculosos y sudorosos ligeros de ropa que lo habitual.
Al llegar la noche mi cuerpo se convertía en algo sensible y tremendamente ansioso de fornicar locamente. Las noches en aquel apartamento de playa hacían que mi cuerpo bronceado y perlado de sudor se tornase en una verdadera braza que anhelaba ser poseído con fuerza y vigor por un buen macho. A veces en mis fantasías sexuales me veía ensartada por un tremendo negro que me metía su no menos tremenda tranca dentro de mi coño con la fuerza de un potro desbocado. Estas imágenes me hacían sobresaltar en la cama y me obligaban a acariciarme mi húmeda rajita con los dedos.
Juan, mi pareja, era todo lo contrario de Ernesto. Se metía en la cama y a mis caricias reaccionaba de una manera demasiado previsible. Empezaba a besarme y sin poca demora se subía encima mía y, en un toma y daca lento al principio, y más agitado y torpe a los escasos 3 minutos se vaciaba dentro de mi. Esto me dejaba con unas ganas escasamente sofocadas. Acto seguido se echaba a mi lado y quedaba dormido como un tronco. Casi siempre tenía que volver a recurrir a mis dedos para acabar con lo que mi chico no había sido capaz de hacer: sofocar la gran calentura entre mis piernas que me hacía chorrear verdaderos ríos de flujos vaginales. Esto encima me hacía sentirme culpable y sucia. Pensaba para mis adentros que mi furor vaginal no era más que un síntoma claro de una ninfomanía no asumida. Aunque sinceramente y, pensándolo con frialdad, el anormal era Juan, que era demasiado tranquilo y "pichafloja".
Una de esas noches en las que Juan, como de costumbre, sólo me avivó más mis ganas de follar sin parar, pues el polvo sólo duró escasos 3 minutos, me fui al cuarto de baño con tan sólo una camiseta larga que me llegaba a la altura de las rodillas. Me arremangué la camiseta y me senté en le bidet, y allí mismo, sin tan siquiera encender la luz, empecé a acariciarme con frenesí mi rajita mojada. Estando yo en este lance, no me di cuenta de que Ernesto había entrado en el cuarto de baño. Se encendió la luz y me sobresalté. Ernesto estaba allí tan sorprendido como yo y encima estaba desnudo. Por lo visto se había levantado porque su vejiga le había obligado a echar una urgente meadita. Me quedé de piedra. Ernesto, con los ojos muy abiertos y con su mano derecha aferrada a su miembro, estaba petrificado como una estatua. No esperaba encontrarme a mí allí y mucho menos literalmente "con las manos en la masa". Pero, tras unos segundos de parálisis electrizante, Ernesto cambio de semblante... Su boca abierta de sorpresa se tornó suavemente en una medio sonrisa socarrona y traviesa, y su mano empezó a subir y bajar sobre su miembro deslizando su prepucio sobre un brillante y amoratado glande.
Sinceramente yo también empecé a sentirme cómplice de la situación y proseguí moviendo mis dedos dentro de mi rajita, mientras que provocativamente pasaba mi lengua a lo largo de mi labio superior. Todo esto lo hacía con un suave jadeo y sin dejar de mirar fijamente la polla, la maravillosa polla de Ernesto. Ernesto, en un movimiento rápido, echó el pestillo de la puerta del cuarto de baño y se acercó hacia mí con aquel tronco majestuosamente enhiesto y desafiante. Aquello tendría unos 22 centímetros como mínimo, pero lo que más me llamaba la atención era su grosor y su aspecto de tronco vigoroso, ornado con hinchadas ramificaciones venosas. Aquella polla invitaba a ser mamada con lujuria, pues jamás había tenido tan apetitoso trozo de carne delante de mi boca. Lo agarré fuertemente con ambas manos y conseguí a duras penas introducir su hinchado glande en mi boca. Un sabor entre salado y dulzón me hizo pensar que acababa de follar con Gloria, lo cual aumentó aún más mis ganas de comerme la tranca de Ernesto.
Mientras yo intentaba jalarme la polla más grande que jamás había tenido entre mis manos noté como Ernesto no perdía el tiempo y sus fuertes manos presionaban mis pechos con fuerza.
- ¡Qué buenas tetas tienes Lucía, uhmmm! ¡Déjame que te las chupe!
Sin necesidad de decirle nada, con decisión me quitó la camiseta, me agarró de los pelos y, con decididos movimientos de su brazo hacia atrás y hacia delante, marcó el ritmo de mi succión. Esa forma dominante y de chulería de disponer de mis actos me excitaba todavía más. Ernesto parecía ser ese tipo de hombres que se toman lo que quieren sin preguntar a nadie.
De repente me apartó de su erecta polla, me levantó del bidet, me puso en pie, me dio la vuelta mirando hacia la pared y colocó mi culo a su antojo. Me apartó un poco las piernas y agarrando su polla me pasó, primero suavemente, su abultado glande varias veces a lo largo de mi rajita, que chorreaba literalmente unos finos y cálidos hilitos de flujo vaginal. Estaba tan excitada que sólo atinaba a pedirle a Ernesto que me la metiera ya. Al muy cabrón se veía que le excitaba la situación y me hacía esperar pasándome una y otra vez la punta de su gran polla por mi rajita cada vez más abierta y palpitante. Me estaba volviendo loca de deseo y ya era incapaz de controlarme.
- ¿Te gusta verdad? ¿Qué pasa? ¿Que tu hombre no te sabe follar? - Métemela ya y calla, cabrón. ¡Métemela, por favor! - Dime que te gusta, dime que mi polla es mejor que la de tu Juan, dímelo putita. - Métemela ya...necesito que me la metas. Sí, sí, sí, tu polla es grandiosa, es más grande, mucho más grande que la de Juan, pero métemela ya, que no aguanto más. - Pues prepárate, putita, que vas a ver lo que es un hombre de verdad.
Dicho y hecho. De repente noté como si algo me partiera en dos. De un solo golpe me metió aquellos 22 centímetros de pollazo hasta el fondo de mi coño. Noté cómo sus grandes pelotas chocaban contra mis nalgas. No pude reprimir un gritito ahogado de lujuria y placer. Temía despertar a Juan o a Gloria pero Ernesto, lejos de asustarse o reprimirse, empezó a meter y sacar su polla dentro de mi como un toro embravecido.
Era increíble. A duras penas podía yo amortiguar con mis manos apoyadas en la pared del baño y las piernas bien abiertas las duras y maravillosas embestidas de Ernesto. El no paraba de decirme obscenidades a media voz e insistía en que dijera que su polla era deliciosa y que me gustaba todo lo que me estaba haciendo y que Juan no me lo hacía tan bien como él. El muy hijo puta me obligaba a confirmar todo esto pero lo cierto es que tenía razón. La polla de Juan era ridícula comparada con la de Ernesto y su manera de follar no tenía nada que ver con la maestría del cabrón que tenía detrás dándome tanto placer como jamás hubiese imaginado. Y lo mejor de todo es que Ernesto era como un potro desbocado que una vez en carrera de mete y saca no paraba, no se cansaba,... todo lo contrario, cada vez me empujaba con más fuerza y yo notaba como mis piernas me temblaban, y todo mi cuerpo vibraba a cada acometida de semejante semental. Ahora entendía a Gloria: Ernesto era un hombre de varias mujeres, una sola era incapaz de aplacar la fiebre de este garañón.
Tras unos interminables 30 minutos sin parar y sin dejar de masajearme las tetas, pellizcarme los pezones, mordisquearme el cuello y los lóbulos de mis orejas, de agarrarme de cuello hacia atrás metiéndome su lengua entrelazada en feroz lucha con la mía hasta el fondo de mi boca y de azotarme las nalgas con la palma de sus manos como si fuera yo una yegua salvaje y desbocada que había que domar, Ernesto se vino dentro de mi en un chorro increíble de semen espeso y ardiente que me lleno completamente. Fue en ese momento cuando estuve a punto de desmayarme porque una ola de calor e imparable temblor inundó todo mi cuerpo: había tenido el Orgasmo de mi vida. Jamás había vivido algo así.
Como pudimos nos refrescamos tras aquella intensa lucha amorosa, nos calmamos y nos fuimos a nuestros respectivos dormitorios. Juan dormía profundamente como de costumbre y yo aún estuve durante algunas horas completamente aturdida y alterada por descargas casi eléctricas de placer que recorrían todo mi cuerpo. Eran las ondas retardadas de un impresionante orgasmo.
El resto de las vacaciones procuré que no se me notara la aventura vivida aquella noche. Ernesto tampoco se dejó notar nada, tan sólo su sonrisa picarona y cómplice que me dirigía de vez en cuando, delataba que aquello no fue un sueño sino maravillosa realidad. Desde entonces la envidia que sentía de Gloria estaba bien justificada.

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