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El bolígrafo en el suelo
Hace dos años tuve una serie de reuniones con comerciales para una formación en producto. Así luego podían explicar y argumentar lo que pretendíamos vender. En una de dichas reuniones, en La Coruña, nos sentamos en la mesa cinco comerciales y yo. Había dos hombres y tres mujeres. La reunión fue en uno de los salones de un céntrico hotel donde, además de disponer de sala para la reunión, podíamos almorzar y yo pasar la noche para tomar el primer avión que salía hacia Barcelona a primera hora de la mañana del día siguiente.
De las tres mujeres, hubo una de ellas que me llamó la atención porque no era muy alta, tenía un aspecto de mojigata estrecha, pero llevaba una minifalda que permitía ver más de la mitad de sus muslos cuando estaba de pie. Pensé "ésta se ha puesto la minifalda hoy, por querer vestir elegante, pero debe ser más virgen que una monja." Tenía ese aspecto de candidez sincera, rayana en la ignorancia.
La reunión fue, como casi todas, larga, tediosa y algo tensa, ya que había que inculcar muchos conceptos nuevos en poco tiempo. Cuando ya llevábamos casi dos horas, mi bolígrafo cayó al suelo y me agaché para recuperarlo. En ese momento, frente a mi, debajo de esa mesa, se me presentaron las dos piernas más sencillas y elegantes que jamás he visto. Instintivamente ella abrió tímidamente sus piernas, permitiéndome ver hasta un poquito de encaje que se oscurecía por el pelo oscuro que intuía que guardaba en su interior.
Tras esos no más de diez segundos, volví a incorporarme y me dí cuenta de que ella ya no prestaba atención a lo que decía, sino que me miraba fijamente a los ojos.
Media hora más tarde, viendo que no podía concentrarme en lo que necesitaba exponer, propuse un receso de veinte minutos para poder continuar la reunión después. Todos bajamos al bar del hotel a tomar un refresco. Frenéticamente todos ellos pusieron en marcha sus teléfonos móviles para efectuar y recibir llamadas relacionadas con su actividad comercial. Bueno, todos no. Ella se acercó a la barra del bar donde yo acababa de solicitar mi consumición y, casi susurrando en mi oido, me preguntó "¿Te vas de las películas justo cuando sube el telón?".
No sabía qué contestar. Creo recordar que me ruboricé ligeramente. Estábamos muy cerca del resto del grupo y no me parecía profesionalmente ético mantener este tipo de conversaciones que fácilmente pueden ser escuchadas por oidos ajenos. Aunque ella llevaba más de media hora poniéndome caliente y yo llevaba toda esa media hora tratando de mantenerme en mi puesto, todavía tuve la templanza mental suficiente para decir algo así como "Ese tema que me comentas no está en la agenda de la reunión, pero, si te interesa, dispongo de material suficiente en mi habitación para que tu curiosidad quede saciada."
Sin más remilgos, ella me sugirió subir y que yo le entregara dicha documentación. Los demás no pensaron nada extraño cuando nos vieron abandonar el bar. Habían sobreescuchado nuestra conversación y creyeron que, realmente, estábamos hablando de algún tema profesional.
Tan pronto se cerró la puerta del ascensor, ella me empujó al fondo del mismo y comenzó a frotarse sobre mí. Yo no resistí más y puse mis labios en los suyos, metiendo la lengua hasta donde pude. La puerta del ascensor se abrió y, tímidamente, recuperamos la compostura hasta llegar a la habitación.
Una vez que hube cerrado la puerta, se abalanzó sobre mí, rodeando mi cintura con sus muslos. Para entonces, mi polla ya ardía dentro del ajustado pantalón que llevaba. Ella comenzó a besarme y a frotarse contra mi pantalón.
Como pude, la bajé al suelo y comencé a desabrocharle la camisa blanca que vestía. Debajo se presentó un bellísimo sujetador de encaje que cubrían unas tetitas de quinceañera, aunque ella ya tuviera 23 años. Con la suavidad que merecía, le desabroché el sujetador y comencé a chupar esas tetitas que me devolvieron a mis tiempos adolescentes.
Como no había mucho tiempo y los dos estábamos ya muy calientes -ella empezó a gemir tan pronto comencé a succionar sus pezoncitos-, bajé la cremallera de su falda de cuadros, estilo Príncipe de Gales, y, por fin, apareció ante mi esa braguita que me había sido insinuadamente presentada durante la reunión. La bajé con delicadeza y comencé a pasar mi lengua por el interior de sus adolescentes muslos.
Entretanto, ella me quitó la corbata, me desabrochó la camisa y empezó a besar mi cuerpo como si estuviera rindiendo culto a un dios secreto. Cuando desabrochó mi pantalón, mi polla había comenzado a humedecer el slip. No quiero decir lo que sentí cuando esa boquita de estudiante de secundaria empezó a empujar mi miembro arriba y abajo. Creí haber encontrado en La Coruña el Santo Grial.
Mi faceta racional se encendió mínimamente y le dije "No podemos prolongar demasiado nuestra ausencia, los demás podrían molestarse y, ante todo, somos profesionales."
Ella asumió el problema del tiempo y se recostó en la cama completamente abierta de piernas. Se volvió a incorporar para agarrar mi polla, tirar de ella, y hacer que cayera encima de su frágil cuerpo. Mi polla entró rápidamente en su agujero. Estaba absolutamente empapado. Yo empujé tres veces y ella comenzó a gemir y a gritar como si le estuvieran arrancado los cabellos uno a uno. Entre gemido y gemido gritaba "¡Sigue, sigue!". Seguí empujando y acelerando el ritmo. Cuanto más empujaba, más se corría. Yo, que estaba ya a punto de alcanzar el éxtasis, comencé a alterar el ritmo, lo que la puso todavía más frenética.
Estuvimos así cerca de diez minutos. Ella empezó a relajarse y pensé que era el momento de sacar mi polla de su lubricado coño. No la había sacado casi cuando ella se incorpora desde la cama, me la vuelve a agarrar con sus frágiles manos y la comienza a chupar como si fuera la primera vez que comía.
En poco más de un minuto mi semen comenzó a mezclarse con su saliva. Ella siguió chupando hasta que vacié todo el contenido. Sacó la polla y me dijo "Sabe mejor que cualquier refresco del bar" y tragó todo lo que llevaba en la boca.
Rápidamente nos vestimos -ella, lógicamente, se lavó los dientes-, y bajamos de nuevo hacia la reunión donde todos los demás nos estaban esperando.
La reunión prosiguió durante una hora más. Terminó y todos -incluida ella-, se fueron. Regresé a mi habitación, allí donde habíamos echado un polvo tan sublime, y me senté a pensar en todo lo que me había pasado.

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