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¿Tienes un e-mail?
Había arreglado con ella que nos encontraríamos de un modo especial. Temíamos que nuestra vergüenza nos impidiera acceder al mundo que fantaseamos por e-mail tantas veces. Ella esperaría en un cuarto de su casa sola, me indicó cómo llegar y dónde escondería la llave.
Estaba ya entrada la noche y se quedó dormida pensando que nunca llegaría. Siempre pensamos que lo peor sucedería al tener tantas expectativas. Seguramente serían más de las dos, cuando una serie de ruidos blandos la alertaron. Protegida del invierno que se pegaba a la ventana, bajo las mantas que la cubrían de la cabeza a los pies, sólo atinó a aguzar el oído.
Los pies que hundían la madera del piso llevaban ritmo firme y decidido. Quizá estuvieran enfundados en medias, quizá no, quizá se deslizaran en la penumbra con el peligro de dar con una astilla que se le encarnara en la primera capa de piel. Tal vez eso era lo que ella deseaba, que le provocara un dolor inesperado que me hiciera gritar, que diera a conocer la identidad de su visitante para saber si era yo; pero no.
Otra vez ese olor se mezcló con los aromas acostumbrados de la habitación. Ese olor agridulce de la carne deseosa aleándose con el del algodón tejido de las sábanas, con el agua de violetas que la madre le había enseñado a preparar y con el que humedecía su cuerpo noche a noche para tener buenos sueños.
Esa noche estaba tendida sobre un lado de la cama. Tenía una mezcla de temor y deseo de que fuera yo, el Miguel tantas veces recreado en su mente. Hasta el momento no sabiía quién era. Era solamente un visitante.
Descorrí las mantas y, junto con un soplo helado que se sofocó en pocos segundos, me acomodó a sus espaldas. Volvió a calcular el largo de ese cuerpo, pero horizontalmente todo cambiaba, todos sus puntos de referencia eran nada. Los pies grandes se encajaron bajo los suyos, las rodillas se clavaron tras sus piernas, el vientre abombado se aplastó en su espalda y contra su culo sintió que esa porción masculina se despertaba.
No, no tenía medias, pensó, apretando los ojos tan fuerte como los dientes, mientras entrelazaba sus manos, tejiendo con sus dedos un bozal.
Nunca había sentido ese pánico inmovilizador. Se repetía que era un error lo que estaba haciendo. Miguel era un desconocido en el fondo. Ella estaba sola. "Pobrecita Yasmin", pronunció. ¿Quién sería en verdad ese hombre que entraba en tu cama, ese Miguel, un fantasma del chat que se corporizaba, que creyó que podías dominar el juego, que siempre estaría en el terreno de la fantasía, al que ni siquiera creíste  cuando te dijo que iría a Colombia, al que tampoco creíste cuando te propuso entrar en tu casa de noche a oscuras? Ahora estaba allí, entrando desnudo en tu cama. Hubieras preferido volver el tiempo para atrás, no haberte prestado a este juego perverso de dos desconocidos ardientes de placer y deseo.
Las garras anchas te sostuvieron de la cadera, y te apretaste por completo a su cuerpo. Mi lengua le saboreó el cuello, seguía paralizada. Temía preguntar si era Miguel o no quien se había introducido en su cama. Un mordisco la asaltó por la derecha, sobre ese músculo que se exhibe al erguir la cabeza y bajar los hombros. Sintió cada uno de los dientes que se le hundían en la carne y le vino a la mente la imagen de un tarascón sobre el monte de una manzana roja, de esas manzanas que están duras y a punto justo, donde los dientes se convierten en delatores y ya no queda más que seguir engullendo hasta borrar todo rastro.
De tener los ojos abiertos sólo hubiera visto la pared de la ventana, o la almohada de costumbre, mientras se le escurría por la entrepierna esa cálida humedad que la bañaba sin aviso, sin pedir permiso ni perdón. Todo era confusión, nervios y parálisis. Por tu hombro te llegó un aliento fresco, dulce, cálido, que te relajó un poco. Sentías que ese aliento no podría ser de alguien con maldad.
El miembro henchido se abrió paso entre las nalgas y se refregó en la última entrada de tu cuerpo, mojándola, preparándola. Durante el segundo mordisco, que esta vez fue en la base de la nuca, entró hasta la mitad de un sólo empujón. Te llevaste los dedos al rostro y ahogaste el grito que te escalaba por la garganta. Te relajaste y meneaste las caderas, entregándote con esa cualidad espiralada que poseen tornillos y tuercas, hasta que lo tuviste por entero. Me acomodé dentro de su cuerpo tendido en ritmo armonioso y deslicé una mano que, rodando sobre la montaña de carne y huesos, dio con su sexo.
Flexionaste la pierna en ese ángulo preciso en que el secreto de su carne más exquisita quedó húmedamente rendido. En unos segundos más, sin interrumpir el vaivén, estaba reconociéndola por dentro con dos dedos. La habilidad de esos dedos, el sexo enterrado en su cuerpo y la boca extasiada entre gruñidos, mordiscos y lamidas.
Quedaste plenamente colmada por un momento, hasta que todo volvió a tomar esa forma en la que habitualmente percibimos las cosas. Había destrenzado las manos, una rasguñaba la funda de su almohada y la otra había entrado en su propia boca. Sus dedos jugaban entre los dientes y los labios.
Ahí estaba, Yasmin, con miedo a preguntar, como en una misa, donde no puedes hablar, donde la realidad supera cualquier explicación, quién era el que estaba tocando su sexo haciéndole arder de placer. Sentías esos dedos grandes, seguros, en tu intimidad. Mientras lo permitías, besabas sus dedos tratando de imaginar que era su pene el que giraba en su boca, placer y miedo.
Lentamente retiré mi pene y, agradándole la espalda con besos infantiles, permitiéndole tomar confianza con esta situación, ardía de deseo por más. Pero a su vez temía que sucediera, estaba expectante pero sabía que el otro esperaba su aprobación. Ya había llegado lejos y no sentía qué pasaba contigo, si te sentías sometida o participabas conforme. Yo seguía acariciándote la espalda y, suavemente, abarqué tu cuerpo apoyando el mío en tu espalda. Mis manos se posaron en tu vientre y subían tocando el pliegue de sus senos. Deseabas más pero no te animabas y sabías que yo esperaba tu reacción.
Tomó mi mano, la llevó a un seno y allí me quedé pellizcando su pezón mientras con la otra mano agarroó lo más fuerte que pudo mi sexo duro y grande en sus pequeñas manos tímidas pero decididas a que sería suyo. Comenzó a masturbarme despacio pero firme, tomando confianza, mientras sentía la humedad de su sexo que bajaba por sus piernas.
Sintió dentro suyo que debía permitírtelo, que debía disfrutar de una oportunidad que la vida le ofreció para ser feliz, para soltar toda la fantasía reprimida por años de educación rígida que le dio más insatisfacción que realizaciones. Sintió muy interiormente que esta era una oportunidad única, una cura, y no iba a dejar pasar la oportunidad.
Tanteó a oscuras la silla de al lado de su cama como buscando ayuda a tanta excitación. Encontró las medias que tenía puestas antes de acostarse, dos medias de nylon que despertaron su fantasía más íntima. Las tomó y tomo mi mano rodeándola con una media, haciendo un nudo. Yo me entregué. No entendía qué deseaba pero quería que me hiciera lo que quisiera. Ató con dulzura mi mano al cabezal de su cama, salió de la cama y tomó mi otra mano haciendo lo mismo. Con unos cinturones ató mis piernas a la cama también.
Pensé que tal vez te habías arrepentido y estabas apresándome en esa cama para denunciarme, o quizás eras alguien que querías dañarme, pero sentí definitivamente que los papeles se habían invertido. Allí estaba yo, en Colombia, en una casa desconocida, atado a una cama desconocida en la oscuridad. Sentí miedo, sentí un frío que corría por mi espalda. Mi pene se ablandó porque estaba nervioso, atento a cada movimiento. Te habías ido de la cama, saliste del cuarto, y allí estaba yo, solo y con miedo.
Por fin te sentí entrar al cuarto. No podía ver mucho, la ventana dejaba pasar la luz de la luna y alcancé a divisar tu silueta desnuda, tus senos preciosos coronados de un pezón marcado.
Empezaste a acariciar mis piernas con algún liquido aceitoso. Cuando te sentí acariciarme, supe que no me denunciarías pero no sabía si eras una violenta que quería hacerme daño. Me gustaron tus masajes relajante. Eras consciente de que me tenías dominado y que yo sentía miedo. Eso te excitaba, sentías que por vez primera tenías un macho a tu merced para hacer con él lo que se te ocurriera, y ese día decidiste permitírtelo todo.
Subías por mis piernas, arrodillada entre ellas. Cada mano en una pierna, hasta llegar a mis testículos, que comenzaste a reconocer en la oscuridad, mientras jugabas con ellos. Mi miembro estaba fláccido, yo sentía miedo aún, pero estaba decidiendo si entregarme o temer por mi seguridad. Pensaba que alguien tan dulce por e-mail no podría ser una amenaza.
Puso mi pene en tu boca, jugando con su flaccidez. Te encantaba sentir que se estaba endureciendo y jugabas con tu lengua y la cabeza del pene mientras masajeabas mis testículos desde abajo con los pulgares. Se endureció hasta no entrar en tu boca. Usaste las manos para excitarlo cada vez más. Empecé a jadear de placer y tú sabías controlar con mis gemidos para que no acabara allí mismo. La mamó como siempre quisiste hacerlo, sin ningún prejuicio, sin pudores, disfrutando los jugos que salían de una buena verga en tu boca.
Comenzaste a jugar con tus dedos en mi ano, algo que nunca te habías atrevido a hacer. Era una forma de sometimiento. Yo me resistía pero tú sentías que mandabas y querías ejercer ese mando. Hacías círculos en mi ano, poniendo un poco de tu dedo dentro. Primero me defendí y luego sentí placer y comencé a entregarme, perdiendo los prejuicios de siempre, hasta que sentí tu dedo dentro de mi ano mientras ponías otro dedo dentro de mi boca y yo lo chupaba con placer mientras sentía cómo chupabas mi pene con frenesí, como queriendo tragártelo por completo. Quería soltarme y tomar tus tetas, besarlas, penetrarlas, pero me tenías atado, dominado, y eso me excitaba aún más. Sentí cómo acababas, gritando, con mi pene en tu boca.
Hacía una fuerza tremenda hasta que una media se rompió y liberé una mano, solté la otra y la agarré echándola para atrás. Allí sentiste miedo, miedo a una bestia liberada. Te agarré y te di la vuelta. Quedaste en cuclillas, con el ano hacia atrás y hacia arriba, la cabeza en la almohada. Temor, deseo y excitación. Tomé tu ano y empecé a masajearlo con el aceite mientras seguía con mis dedos hasta tu sexo. Iba y venía con mi mano hasta que acabaste nuevamente con un gemido controlado por el miedo. Comencé con tu ano, lo mismo que me hiciste a mí. Sentía que querías defenderte. Nunca dejaste que nadie te lo hiciera por el ano pero yo sabía que no podías defenderte de ese desconocido que te tenía dominada como revancha por lo que le hiciste.
Empezaste a sentir placer mientras te introducía mi dedo en el ano, hasta que sentiste mi pene duro que se apoyaba en tu ano. Un inmenso temor te abordó. Sentiste la cabeza de mi pene entrar en tu ano, no sentiste dolor porque estaba dilatado por el dedo pero aún sentías miedo. Cuando introduje parte de mi verga en tu ano sentiste un dolor profundo que te hizo gritar. Me dio más placer y te introduje más mientras gritabas "basta" y yo te lo metí hasta el fondo.
Pasó el dolor y empezaste a sentir el placer de ser sometida. Sentías que estabas en manos de un macho, y te empezaste a tocar el clítoris mientras ese macho desconocido, sólo imaginado en un chat, te estaba metiendo su pene en el culo de la forma más brutal, causándote un placer inmenso. Acabaste gritando como un animal que están matando, toda sudada, los pelos mojados de sudor, el rostro deformado del grito y el jadeo. Allí estaba Yasmin, sintiéndose penetrada hasta lo más profundo por un sueño tantas veces postergado. Quería morir allí mismo, quería que nunca terminara este placer inmenso, quería que siguiera metiéndosela. Acabaste nuevamente, como unidos los orgasmos a un grito de libertad ansiado. Querías más y más, moviéndote frenéticamente para delante y para atrás, sintiendo la verga dura que te calaba hondo.
Saliste, te diste la vuelta y dijiste: "Miguel". Pronunciaste las palabras tantas veces pensadas. Yo te dije : "sí, soy yo, Yasmin, te deseo...". Me dijiste: "por favor, penétrame más y más sin parar". Te metí mi pene hasta el fondo de una sóla vez. Gritaste y empecé a entrar y salir sacándotela por completo. Una embestida animal. Acabaste casi inmediatamente y te saliste, poniéndome debajo tuyo. Ahora la sentías dentro otra vez mientras tus tetas se bamboleaban encima mío, te las acariciaba, las apretabas con fuerza hasta que acabamos ambos en un grito enorme, inmenso, infinito, eterno, como si hubiera explotado el mundo en ese mismo momento. Sentiste cómo mi leche salía con la fuerza de un chorro, llenando tu sexo, desbordándolo.

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