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De cámping en Mallorca 2
Había anochecido ya, pero la luna llena inundaba la tienda de una tibia luz que proporcionaba un ambiente de película en blanco y negro muy sensual. De repente, Belén se incorporó, desembarazándose de Javier, que yacía profundamente dormido. Se irguió y, abriendo sus piernas, nos mostró su pubis, el cual vimos por primera vez con detalle. Se lo acariciaba con ternura mientras nos contaba: "¿Os gusta? Me lo depilé el jueves por la noche. Nuestra casa es grande, cada habitación dispone de su baño particular. Había comprado este bikini por la mañana, sin que lo supieran mis padres -si me ven con él me matan- y cuando ya todos dormían en casa, me lo probé en mi baño. Tengo un espejo de cuerpo entero y me planté delante de él, pensando en Javier, en cómo le gustaría, en cómo le provocaría; me queda bien ¿verdad?, no es por que yo lo diga, pero ya veis, mi cuerpo no está nada mal, y el azul oscuro realza mi piel blanca. La verdad es que no tapa casi nada. Luego me desprendí del top, imaginando que eran las manos de Javier quienes me lo quitaban, me acaricié el pecho y empecé a excitarme. Miré el pequeño triángulo del pubis y fue entonces cuando me di cuenta que tenía que depilarme. Nunca lo había hecho. Esa sensación, incrementó mi excitación, que iba en aumento. Cogí las tijeras y una maquinilla de afeitar y me lo fui depilando hasta que no se notara nada a través del tanga. Cuando quise terminar, aprecié que sólo me había dejado una franja de apenas 3 cm. de vello. Pensé en cómo reaccionaría Javier cuando lo viera, cuando fuera suyo, casi noté su erección instantánea, y me sonreí, acariciándomelo en su nombre. ¡Fijáos ahora en Javier!, ahí tendido, ni siquiera me lo ha visto. Nunca pensé que fuese así... El caso es que me senté en el bidé para aclararme un poco, mezclé el agua, que salía tibia. Yo estaba muy caliente. El grifo es de esos orientables, y me enchufé el chorro hacia el pubis. La sensación fue muy agradable. En alguna ocasión, me había masturbado en la cama, pero aquello no lo conocía. Con dos dedos, abrí mis labios para que el agua chocara contra los músculos de mi vagina, aumenté la presión del agua y... ¡guau!, qué gozada. Abrí las piernas todo lo que pude, eché la cabeza hacia atrás y la pelvis hacia adelante, quería que ese grifo me penetrara, me rocé con él, mi coño chorreando, pensé de nuevo en Javier y deseaba ser amada, deseaba ser amada, deseaba ser amada...".
Belén se entristeció contándonos su experiencia del jueves. Su caricia era ahora mecánica, la mirada desenfocada hacia algún paraíso perdido. Laura me miró y acepté sus intenciones. Le retiró el pelo de la cara y la besó cálidamente en los labios. Belén se abrazó a ella, sollozando. Laura le acarició la espalda, masajeándosela; luego los hombros, para descender por la cintura y regresar a la espalda, justo donde termina. Posó sus manos en el culo de Belén, que era una maravilla, la acarició suavemente en círculos y Belén comenzó a reaccionar, pues deslizaba sus manos por la piel de Laura, mirándola -ahora- a los ojos, agradecida. Yo las dejaba hacer, estaban maravillosas, desnudas a la luz de la luna, la emoción a flor de piel. Belén quiso averiguar qué sensación produce rozar el pecho de otra mujer, y acarició el de Laura, que se puso duro de inmediato. Fue entonces cuando Laura adelantó sus manos hacia ese pubis depilado -y precioso- de Belén, para acariciarlo como lo tendría que haber hecho Javier. La palma bien abierta, arriba y abajo, profundizando a cada paso, inclinando algún dedo hacia adentro en cada movimiento, lentamente, cada vez más adentro hasta que, casi sin darse cuenta, el dedo corazón alcanzó el interior de la vagina de Belén, que estaba encantada, reclinándose hacia atrás, hasta caer tendida boca arriba, dejándose llevar por una sensación tan novedosa como gozosa. Laura se inclinó para besarle el coño. Su experta lengua iba abriendo los labios de Belén con dulzura, haciéndola estremecer de placer. Subió hasta el clítoris, lo desnudó con maestría, y la provocó el paroxismo, el colapso, el salto al vacío -ahora sí -, el vértigo: el orgasmo. Belén se sacudió con virulencia, con jadeos espasmódicos, con un deseo acumulado de años, con una pasión desatada que no había hecho más que comenzar aquella noche. "¡¡Ohh, Dios!!", gritó, "ésto es algo salvaje, grandioso". Laura, empapó su lengua en el abundante flujo de Belén, y se irguió para besarla en la boca. Belén recibió el sabor de su placer como un maná llovido del cielo, y sus lenguas mezclaron humores con verdadero deleite. La propia Belén, se metía un dedo en la vagina para restregárselo a Laura en el pecho, el cual besaba a continuación con ansiedad. Luego introducía otro en el coño de Laura, también empapado y gozoso, para chuparlo como si fuera el pene que nunca había chupado...
Aquel pensamiento hizo volver su mirada y su atención hacia mí, que esperaba pacientemente mi turno. Las dos se giraron para mirarme. Yo permanecía reclinado, como los romanos en el triclinium, acariciando mi polla y disfrutando del espectáculo enormemente. Laura y yo habíamos participado anteriormente en tríos de este tipo con su hermana pequeña y con Marisol, una amiga del internado.
Una noche, al salir de la discoteca, Laura me dijo que era tarde para llevar a su hermanita a casa, y que si no me importaba que viniera con nosotros. Así fue, y creíamos que dormiría bien en el sillón del salón. Nos fuimos al dormitorio y empezamos a hacer el amor como locos. Al cabo de un rato, apareció la hermana en el dormitorio: sujetador y braguitas rojas de encaje, bien pequeñas. Nunca la había visto en ropa interior, y sus sugerentes curvas adolescentes me sorprendieron. Dijo con desparpajo: "¿Y para mí, no hay nada?". Tenía 16 años y medio, era virgen, pero su cuerpo de mujer ya ardía en deseos. A Laura le pareció bien "iniciarla" y, tras tres meses de prácticas, su hermana decidió que ya podía "valerse por sí misma".
Con Marisol, su mejor amiga del internado, también tuvimos experiencias -¿conque hacíais "cositas" en las literas?, eso tengo yo que verlo. Y lo vi. Y lo disfruté, porque Marisol era una chica muy abierta...-. Sabíamos por experiencia que las chicas bisexuales, tras un rato de dedicación exclusiva, requieren la participación del hombre para completar el juego.
Belén descubrió aquella noche esa faceta suya, que en el fondo está latente en casi todas las personas, desarrollándose cuando surge una buena ocasión. Y aquella era ideal. Se la notaba encantada, ardiente, deseosa. Se me acercó para meterme en la boca un dedo impregnado por los jugos de Laura -fue gentil- en primer lugar. Luego, se lo chupó para que no mezclara los sabores, y fue resbalando con él por su cuerpo de manera voluptuosa y provocativa -Belén/Lolita-, para terminar introduciéndoselo en su coño, muy adentro; lo sacó despacio y me lo metió en la boca. "Tú también tienes derecho a probar otros sabores. ¿Cuál te gusta más?", me preguntó, con brillo en los ojos. "Así, no me hago bien la idea", la contesté. Y, tumbando a Laura de golpe, me aproximé a su pubis, también depilado, para lamérselo. Nos encantaba esa postura: Laura boca arriba, bien abiertas las piernas, expectante, los ojos cerrados, sin saber bien dónde iba a depositar mi lengua en primera instancia. En aquel momento, tanto Laura como Belén pensaron que sería directamente en el coño, por eso besé primero el ombligo. Era mágico, perfecto, moreno. Mi lengua, se entretenía en círculos concéntricos a su alrededor. A Laura le chiflaba aquella sensación. Luego la besé el pecho, lo mordisqueé. Laura se retorcía. Belén miraba con sana envidia, excitándose. Los brazos, el cuello, los hombros, las piernas, los pies, los muslos... no quedó rincón de Laura por besar, pausada pero intensamente. Finalmente, alcancé sus labios vaginales, que rezumaban placer, los chupé: deliciosos, como siempre.
Tras unos minutos entretenido en ello, que esperaba fuesen interminables para Belén, tumbé a ésta en el suelo, asimismo. Estaba literalmente entregada. La besé profundamente en la boca, para limpiar en ella el sabor de Laura. La magreé con las manos las tetas, le retorcí sus oscuros pezones con una chispa de saña, hasta que un ligerísimo brote de dolor vino a encender todavía más sus expectativas de gozar. Movía sus piernas sin control, los brazos, la cabeza; estaba desecha, desmadejada, no soportaba más tensión en sus músculos y en sus órganos: necesitaba ser amada urgentemente. Me entretuve, no obstante, en su pubis. Quería comparar, como ella misma me había pedido. Lamí el interior de su vagina. Nunca antes se lo habían hecho y, en un corto espacio de tiempo, supo lo que es que una mujer y un hombre te coman el coño. Aquello la terminó de disparar hacia las nubes.
Instintivamente, me agarró la polla con su mano izquierda y me la meneó. Estaba muy dura. No se puede describir la sensación de tener una buena polla dura en la mano, disfrutar con ella, sentir sus latidos, la vida que emerge por sus venas, a alguien que no lo haya vivido. Y Belén, en un corto espacio de tiempo, lo había experimentando ya dos veces, con dos pollas distintas. Sólo acertó a balbucear unas palabras, en mitad de los orgasmos que la estaban recorriendo: "Por favor, no te corras tú también ahora...". "Tranquila", le contestó Laura serenamente, "en una ocasión, cronometramos una hora y veintisiete minutos de polvos ininterrumpidos". "Cariño, eres un encanto", sonreí a Laura, "quizás esta noche podamos batir el récord... entre las dos". Relajé la postura de Belén, la cabeza reclinada sobre unas toallas de playa, los brazos descansando en el suelo, las piernas muy abiertas, ligeramente flexionadas, los pies en el suelo. Me tumbé sobre ella y la besé en la boca. Frotaba mi polla contra su estómago, contra su ombligo, iba descendiendo con rodeos, sin dejar de besarla, hasta que la punta de mi glande alcanzó sus labios, terriblemente húmedos. Empujé un poquito y Belén emitió un gruñido. Mitad placer, mitad dolor. Creo que Javier la había desvirgado sólo a medias. Le besé con dulzura los párpados, pues mantenía ahora los ojos cerrados, mientras introducía mi polla apenas unos milímetros en su cerrado coño, para sacarla a continuación y acariciarla por fuera, abriendo -de paso- un poco más sus músculos. Así permanecimos varios minutos, cada vez profundizando algo más.
Belén agradecía la suavidad, pero también esperaba el momento de la estocada final, ardía en deseos. Fui incrementando el ritmo y la presión. Cada vez resultaba más fácil, y mis acometidas se tornaban más fuertes, hasta que noté cómo mi polla se introducía completamente en Belén, que deseaba más y más. De vez en cuando, se la sacaba de golpe, para volvérsela a meter de golpe también, toda de una vez, lo que la volvía loca de gusto. "Nunca había sentido algo así", susurró, hechizada, a lo que respondí: "Es que nunca te había follado un hombre". El despertar a la conciencia de que aquéllo era cierto, multiplicó por diez la excitación de Belén, que arañaba mi espalda con furor, y me rogó: "Pues fóllame, fóllame toda la noche, no pares". La callé a besos en la boca, mordiéndosela, hasta casi hacerla sangrar; la mordí las mejillas, las orejas, el cuello. La ensartaba como un pincho moruno, mete-saca, mete-saca. Parecía no bastarle, a pesar de las evidentes muestras de placer que manifestaba, de muy diversas formas, todas ellas estridentes. Coloqué las toallas -que hacían la vez de almohada- bajo su culo, levantándole así las caderas, pues en esa posición la polla entra todavía más profundamente. Belén lo sintió y jadeó: "Sigue, sigue, más...". Notaba cómo la punta del glande chocaba con el fondo del cuello del útero, lo empujaba, lo arrinconaba hacia otras partes interiores de su anatomía, lo llenaba, lo colmaba. Belén giraba la cabeza a ambos lados acompasadamente, se mordía los labios, gemía, se retorcía de placer, enardecía. Al cabo de unos minutos decidí darle otra vuelta más de tuerca a la situación, deseaba llegar hasta el final y, sobre todo, ofrecer a Belén la mejor experiencia de su vida. Levanté sus piernas hasta colocar cada una de ellas sobre mis hombros, en donde reposaban sus pies. Me levanté, flexionando mis brazos hasta mantenerlos completamente erguidos, y empujé violentamente mis caderas hacia adelante, penetrando en Belén hasta, casi, su garganta. El grito que pegó, aún desconozco cómo no despertó a Javier (a lo mejor lo estaba y no se atrevía a manifestarlo) fue desgarradoramente estremecedor. Mezcla, de nuevo, de dolor y placer, condujo a Belén hasta el paroxismo, hasta los límites de su resistencia física y psíquica. La acometida se repitió varias veces, y los orgasmos se desencadenaban en cascada, inundando la estancia de una aureola salvaje de energía sexual.
"¡Vamos!, disfruta, Belén, disfruta, que sienta cómo te mueres de placer, así, sigue, sigue...". Mis palabras golpeaban con fuerza en su cerebro, al igual que mi polla, que ya no golpeaba en el fondo de su vagina sino que retumbaba en lo más profundo de su cerebro, de su alma de mujer. Se movía descontroladamente, medio desmayada. Estaba sudando a borbotones y me acercaba a lamerle el sudor, que resbalaba por sus pechos, tan puntiagudos, tan brillantes. Le trasladaba su sabor de hembra a la boca, que besaba con una virulencia endemoniada, para volver a erguirme después y empujar más y más. El roce tan intenso, tan candente, con la parte más íntima de aquella belleza, su respuesta tan desenfrenada, me estaba enardeciendo hasta llevarme a la exploxión final, que traté de evitar. Estaba seguro de que Belén no tomaba píldora y no deseaba correr riesgos. Además tendría que atender a Laura, que aguardaba su turno, bellísima y orgullosa.
Belén yacía jadeante: estaba satisfecha, saciada, feliz, orgullosa de sí misma también. Su rostro se había transformado, se había hecho mayor y exteriorizaba una belleza más madura. La contemplé durante unos instantes, nos miramos sincera y profundamente a los ojos. Sonrió y se dejó caer de lado, diciéndome: "Gracias, Pedro, ha sido maravilloso". Laura se acercó entonces y, besándome los labios, me susurró: "Gracias, Pedro, has estado maravilloso". No dije nada, besé a Laura en la boca, la acaricié la cintura y, recostándome hacia atrás, la invité: "Ven, monta". Laura sabía lo que deseaba, era una de nuestras posturas favoritas: yo tumbado boca arriba y ella encima, arrodillada, el cuerpo erguido, cabalgando sobre mí, llevando el ritmo. Así lo hizo, encantada. Contemplar a una pareja hacer el amor apasionadamente, excita muchísimo, y Laura estaba a tope, después de haber presenciado lo anterior, mientras se masturbaba. Se clavó la polla de golpe y empezó a trotar. Yo quedaba siempre prendado, observando su cuerpo en esa posición: altanera, el cabello revuelto, cayendo por entre sus pechos, que brincaban deliciosamente juguetones y provocativos ante mis ojos; su sonrisa, pícaramente simpática, su cintura, su ombligo, sus poderosas caderas. Me encantaba acariciarla el culo, masajeárselo, mientras cabalgaba. Laura se agachó un poco para agarrarme las muñecas con sus manos, evitando mis movimientos, para marcar la frecuencia de las embestidas, subía y bajaba como si de un fuelle se tratara, un fuelle bien lubricado por sus jugos.
Al cabo de un rato se irguió de nuevo, liberando mis manos; momento que aproveché para rozarla el clítoris con mi dedo pulgar. Eso la volvía loca. Me chupaba el dedo, lo encharcaba en saliva, y lo frotaba por su clítoris erecto; luego se lo introducía en la boca, me lo mordía, y volvía a su culo, empujándoselo hacia mí, penetrándola aún más. Saltaba de placer. Su cabeza chocó con el techo de la tienda, se elevaba como doce o catorce centímetros, para dejarse caer de golpe sobre mi tronco, que permanecía firme y duro como un palo, volvía a subir y a caer, en un vaivén que nos transportaba a sensaciones increíbles. Laura estaba a punto, y yo también, para el asalto final. Incrementó el ritmo, clavaba sus uñas en mi pecho, me arañaba las tetillas, me tiraba de los pelos. Yo le palpé el agujero del culo: empapado. Le enhebré mi dedo corazón. Lo dejé tieso y, en cada embestida de Laura, se iba clavando en su culo; lo notaba tan próximo a su coño, que empujaba hacia mí con él y parecía tocar la polla con su yema, sentía su curvatura a través del músculo de Laura, que gemía y gemía, camino del éxtasis. Aceleró más aún el ritmo, parecía que fuera a derribar la tienda de un momento a otro. Sincronizamos nuestros movimientos de manera que, cuando ella iniciaba su descenso hacia la base de mi polla, yo elevaba la cadera para irla a buscar, y el momento de máxima penetración se producía en el aire. Estábamos en el ojo del huracán, en el punto sin retorno, en el epicentro del placer, y nos dejamos llevar por él; nos dejamos arrastrar por la marea, nos corrimos como una falla en un terremoto. Juraría que Belén, que no nos había quitado ojo, se corrió al unísono. Tenía los músculos tensos, la respiración entrecortada, y un hilo de flujo afloró al exterior de su pubis cuando sus dedos dejaron de acariciarlo. Cayó rendida, al igual que nosotros. Nos abrazamos los tres, nos besamos. Cada uno recorrió el cuerpo de los otros dos con las yemas de los dedos, como si fueran antenas, capaces de evaluar el grado de erección de la piel, el nivel de placer alcanzado. Permanecimos así un buen rato, entregados, relajados. La luna seguía su recorrido y veíamos cómo de desplazaba a través de la tela de la tienda.
Después, salimos para estirar las piernas y para comer algo. El ejercicio nos había abierto el apetito. Cogimos algunas cosas de las mochilas y caminamos hacia la playa, desnudos. Yo iba en medio y abrazaba a Laura a mi derecha y a Belén a mi izquierda. No me cansaba de mirarlas, de tocarlas, de acariciarlas el culo, las tetas, de besarlas en la boca y por todas partes. Ellas, también estaban erotizadas y hacían lo propio conmigo. Llegamos a la orilla y miramos el horizonte. Nos sentíamos en el paraíso terrenal (incluso teníamos manzana), pletóricos, llenos, satisfechos. Nos sentamos y empezamos a picar de aquí y de allá. Belén sacó un tarro de mermelada de fresa. "Ah, no tenemos pan, ¿dónde la untamos?", preguntó inocentemente. Laura y yo nos miramos, y pugnamos por arrebatarle la mermelada a Belén. Llegué primero. Abrí la tapa, introduje un dedo hasta lo más profundo del tarro y, embadurnado de fresa, lo dirigí hacia el coño de Laura, que se iba abriendo a medida que me acercaba. Se lo metí hasta la tercera falange. Laura se levantó, se puso frente a mí y se acercó a mi boca, hasta rozarla con su pubis. Sólo tuve que sacar la lengua y chupárselo. "Hummm, delicioso, ¿gustas, Belén?". "¡Claro que sí!". Y fue ella misma quien mojó su dedo en la mermelada para introducírselo en su coño, una vez lamido el de Laura, e hizo lo mismo, se me puso con los tres centímetros de pubis depilado en mi boca. La apreté contra mí. Aquella chica aprendía pronto, pensé, mientras me entretenía en comerla la fresa, hasta proporcionarle de nuevo sensaciones orgiásticas. Luego siguió la fiesta. Las unté los pechos y me los bebí. Las unté las bocas y me las comí, hasta que Belén -Lolita/Belén-, me untó la polla con la mermelada. Estaba en una media erección, yo no fui consciente hasta aquel momento, pero el contacto de la mano de Belén, masajeándome mientras me restregaba el ungüento, me hizo efervescer. Ella notó cómo se me iba poniendo dura en su mano, y la agarraba para atrapar ese mágico instante. Nunca su mano ni su corazón habían sentido esa transición: las dos únicas pollas que conocía, ya estaban firmes cuando ella las había acariciado, pero esa sensación de sentirla crecer en su mano, la desconocía. Laura se dio cuenta, y no quiso intervenir, para no distraerla. Belén se emocionó y, bajando mi piel para hacer aparecer el glande en todo su esplendor, me la besó. Era un homenaje a su nacimiento como mujer, a su recién estrenada capacidad de seducción. Me la chupó embelesada, ensimismada. Al poco, ya no quedaban restos de fresa en mi polla, sólo la saliva de Belén, que se deslizaba por toda ella, que subía y bajaba con una concentración que sólo se alcanza la primera vez. Para ella, en aquel momento, ese instrumento era un tótem, un símbolo mágico, la mayor potencia del universo... encerrada en su boca, sólo para ella, en la intimidad de un lugar paradisíaco. No existía nada ni nadie más. El resto de mí, Laura, mucho menos Javier, nada. Estaba a solas con su despertar, con su descubrimiento. Siguió mamándomela durante muchos minutos. En un momento dado, pareció volver en sí, recuperar la noción de su entorno. Me miró muy fijamente y me dijo: "Quiero que te corras en mi boca, quiero conocer tu sabor más íntimo, disfrutarlo, memorizarlo". "Cuando quieras, Belén, será un verdadero placer", le contesté, mientras la acariciaba el pelo suavemente. Me eché hacia atrás, me relajé lo que pude -los labios de Belén me ponían a mil, jugosos y tiernos, sabrosos y delicados- y la dejé hacer. Chupaba sonora pero respetuosamente, con fruición, con un deleite nuevo y portentoso. Me la comió entera, se la tragó hasta que desapareció de mi vista, iluminando mi aura. Empujé instintivamente mi cadera hacia su boca, como para follarla; se la saqué, de hecho, unos centímetros, para volverla a meter más fuerte. Cerré los puños, apreté los dientes y me dejé llevar. El primer chorro salió con mucha potencia, casi se atraganta, pero no permitió dejar escapar ni una gota. Siguió chupando y tragando a la vez. Cuando parecía que ya no saldría más, otra sacudida venía a liberar más semen, y luego otra, varias veces, hasta que remitió la intensidad. Belén mantuvo su boca herméticamente cerrada, aunque notaba cómo su lengua jugueteaba con mi glande, con mis venas hinchadas, que palpaba con sus papilas gustativas. Permaneció así largo rato. Hacía poco, conocía por vez primera cómo se hincha una polla en la mano; ahora, quería conocer cómo se deshincha en la boca, no quería perderse detalle: era su noche.
Quedó tendida sobre mí hasta que Laura se acercó, con ternura, para acariciarla. La dio un cálido beso en la mejilla y unas palmaditas cariñosas en el culo. Luego, cerró el tarro de mermelada y recogió los chismes, que llevó hasta nuestra tienda. Tardó unos minutos en regresar. Belén, mientras tanto, había estado madurando la situación y nos dijo: "Habéis sido muy amables conmigo. Agradezco lo que habéis hecho, es muy importante para mí. Esta noche, no la olvidaré jamás. No tengo nada que me ate a Javier; la tienda, es de unos amigos suyos, de manera que puedo recoger mis cosas y, si queréis, podríais acercarme con el coche al pueblo más cercano".
Nos pareció bien: comprendimos su reacción. Nos bañamos en el mar, sobretodo para limpiarnos de tantos jugos diversos. Nos vestimos, recogimos nuestra tienda y nuestras cosas y nos fuimos de allí.
Cuando llegamos a Sóller, estaba amaneciendo. Desayunamos en un bar de esos que abren temprano y Belén se marchó en el autobús de las ocho. Cuando iba a doblar la última esquina de la plaza, me pareció que nos saludaba desde su ventanilla, agitando el top de su bikini azul marino.

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