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Placer por venganza
La siguiente historia tiene como principales protagonistas a Carlos, mi esposo, y yo, Cristina. Formamos un matrimonio joven de clase alta. Carlos tiene 29 años, mide un metro ochenta y uno, su cabello es rubio, es de contextura mediana y un cuerpo excelentemente formado por practicar todos los deportes existentes. Y, por cierto, también es muy atractivo. Trabaja junto a sus hermanos (él es el menor) y su padre en la administración de las 3 empresas que posee la familia en la ciudad. Yo, por mi parte, tengo 28 años, mido un metro setenta y ocho, y poseo una hermosa cabellera azabache y un cuerpo muy bien formado y proporcionado, lo que se puede explicar porque también soy una excelente deportista donde destacan mis habilidades para la natación, la gimnasia y el aeróbic. Para entrar en detalles puedo contarles que poseo unos pechos preciosos (según mi marido y también otros hombres) y para ser más exactos mis medidas son 95-89-91 y mis nalgas las tengo tan respingadas como mi nariz. Y para que no crean que presumo de mi persona, los hombres casi siempre terminan volteándose para mirarme y eso que ni siquiera soy de usar ropa muy provocativa.
Creo que somos una pareja que es la envidia de todos: jóvenes, atractivos y con una situación económica de lo mejor. Nos conocimos cuando él estaba por ingresar a la universidad y así se inicio nuestro noviazgo que terminó en el altar. Yo había tenido algunos novios antes pero sólo cosa de adolescentes. Carlos fue y era el único hombre que había conocido en la intimidad, basta decir que llegué al matrimonio virgen a la edad de 23 años (cosa rara en estos días), pero esto se debía a la formación estricta que había recibido de mi familia. De más está decir que soy una mujer muy recatada y seria, y en la intimidad con mi marido nunca he permitido que este utilice mi trasero y menos llevar a mi boca su polla.
Pero no todo puede ser miel sobre hojuelas. Habitualmente Carlos almorzaba en casa conmigo, dado que yo siempre me encontraba dedicada a mi pasión que es la pintura y que realizo en forma libre. Pero un lunes del mes de junio, Carlos me llamó cerca de las 11:00 excusándose por no poder almorzar conmigo debido a la gran cantidad de trabajo que tenía en la oficina. La excusa presentada por Carlos no tenía nada de raro pero había algo que me decía que no todo estaba bien, o tal vez mi sexto sentido femenino me hacía intuir una cosa distinta. Sentí la voz de él algo extraña, como con cierta ansiedad o nerviosismo, y dejándome llevar por mi intuición me dirigí a la oficina de Carlos, no sin antes pedir prestado el coche a mi mejor amiga Alicia.
Esperé fuera del edificio de la empresa de la familia donde Carlos tenía su oficina y pasaron casi 45 minutos hasta que vi salir el coche de mi marido en dirección a mi coche. Tuve que esconderme para no ser descubierta, y luego rápidamente reaccioné para intentar seguirlo antes de que pudiera perder el rastro de él y su coche. Al cabo de unas 4 cuadras logré dar alcance al deportivo de Carlos, sólo gracias a que era un coche exclusivo y poco frecuente de encontrar en las calles. Pude seguirlo dada la ventaja que llevaba. Después de casi unos veinte minutos de persecución muy disimulada por mi parte, Carlos ingresó a un edificio que estaba ubicado en una de las zonas residenciales de la ciudad. Estacioné frente al edificio y dudaba sobre qué debería hacer, si entrar al edificio o esperar a que Carlos saliera.
Tomando valor, me dirigí al edificio, pero al llegar a los ascensores me di cuenta de que no tenía idea de dónde podría estar Carlos. Y mientras pensaba en qué podría hacer, sentí una mano en mi espalda que llamaba mi atención. Al darme la vuelta me encontré con un señor mayor de unos 55 años. Era el conserje del edificio y me preguntó si necesitaba algo. Yo, casi sin pensar, le dije: "Sí, necesito saber a qué departamento va el hombre que llegó en el deportivo rojo". Ante lo cual el hombre se quedó callado un momento y luego me respondió: "Lamentablemente no puedo entregar información respecto de la gente que vive en el edificio". Y yo, un poco fuera de mis casillas, le respondí: "¡pero él no vive aquí!". No obstante, el hombre volvió a responder lo mismo. En ese momento, tratando de pensar en qué podía hacer para obtener la información que necesitaba, no se me ocurrió nada mejor que intentar probar con un pequeño estímulo económico, así que extraje de mi cartera cerca de US$ 50, y se los puse en su mano diciendo: "si me da la información que necesito, lo que tiene ahora en su mano se podría duplicar". Él miró el dinero y, haciéndome una seña, me indicó que le siguiera hacia las escaleras de servicio, no sin antes hacerme prometer que nunca revelaría la fuente que me había dado la información. Me indicó que el departamento donde venía en forma regular el hombre del deportivo rojo era el 675. Allí vivía una mujer sola de alrededor de unos 40 años, que se llamaba Claudia.
Casi no lo podía creer. Carlos me engañaba con una mujer mayor y, para peor, lo venía haciendo desde hacía más de un año. ¡Maldito hijo de puta! Le pasé los otros US$ 50 al conserje, me dirigí a casa de Alicia a entregarle su auto y luego a casa. Me sentía muy mal, pero no sé por qué motivo no tenía ganas de llorar sino sólo de pegarle una buena bofetada al maldito de mi marido. Pero me asaltaban muchas dudas. ¿Por qué Carlos me era infiel? ¿Por qué con una mujer mayor? ¿Cómo sería ella?
Me duché y tomé la guía de avisos comerciales. Busqué una agencia de detectives privados y concerté una cita para las 5 de la tarde. Mientras me dirigía a la cita pensaba por qué estaba haciendo esto. Realmente no lo tenía claro. Y cuando, ya sentada frente al Sr. Bermúdez, el detective privado con el cual me había citado, éste me preguntó para qué requería sus servicios, tuve que pensar nuevamente en lo que realmente quería hacer. Ya sabía que Carlos me era infiel y sólo se me ocurrió contarle toda la historia al señor Bermúdez, y éste, al final de mi relato, me volvió a preguntar: "si usted ya sabe que su marido le es infiel, ¿para qué requiere mis servicios?". Y, casi sin pensar, le dije: "quiero una foto de esa bruja, quiero saber quién es, qué hace, y todo lo que usted pueda averigüar". Sentí como un alivio, y después de haber pasado varias horas desde que había descubierto la infidelidad de mi marido, creo que me sentí un poco mejor aunque seguía muy dolida. Luego de acordar la tarifa por sus servicios con el señor Bermúdez y de entregarle todos los antecedentes necesarios, me fui a casa nuevamente.
Carlos llegó a la hora de costumbre. Me había preparado para controlarme y no armar un escándalo. Lo logré y todo fue de lo más normal, sólo que no me acosté cuando él se fue a dormir, excusándome en que quería seguir pintando. Esa noche creo que pinté el cuadro más horrible que nunca hubiese pintado, por la condición mental en que me encontraba. Me fui a dormir cerca de las 5 de la madrugada y no sentí a Carlos cuando se fue al trabajo.
Desperté cerca del mediodía y rápidamente llamé a Carlos a su oficina para decirle que no estaría en casa a la hora del almuerzo, que me juntaría con Alicia para almorzar. En verdad quería que el señor Bermúdez pudiera captar a Carlos consumando su infidelidad.
Ese día no me levanté de la cama y tampoco tomé bocado alguno. Sólo una llamada cerca de las 18 horas me despertó. Era Carlos para recordarme que teníamos invitados para comer: su hermano mayor Diego y su esposa Fernanda. Ellos eran muy simpáticos y siempre nos estábamos visitando y realizando salidas. La idea no me gustó en un principio, pero después, pensándolo bien, me gustó dado que así no tendría que estar sola con Carlos.
Cerca de las 20:30 llegaron Fernanda y Diego. La velada transcurrió de lo más normal y yo trataba de que mi estado de ánimo no me traicionara y alguien se diera cuenta de que no estaba bien. No quería que nadie supiera lo que estaba sintiendo y pasando en esos momentos.
Luego de cenar seguimos tomándonos unos tragos. En eso Diego le comentó a Carlos si se acordaba de Francisco, aquel amigo común que tenían ambos de la infancia, a lo que Carlos de inmediato dijo que sí, y agregó que hacía tiempo sabía que se había casado con una modelo profesional que era la envidia de todos los demás.  Ante este comentario Fernanda le reprochó a Carlos si acaso ellos habían tenido mala suerte con sus esposas. Carlos me miró y dijo: "perdón, sólo repito lo que se comentaba en ese entonces". Y puso su voz más seria para decir: "Cris, tú sabes que eres lo más importante y bello que tengo". Se me acercó y me besó. En ese momento yo tenía unas ganas enormes de tomar la botella que estaba en la mesa y quebrársela en la cabeza, pero otra vez más me contuve.
Diego volvió a la carga con la conversación que había iniciado: "Bueno, te cuento que Francisco no fue tan afortunado como todos podíamos pensar. Hace una semana le encontré en una tienda y nos pusimos a conversar. Al preguntarle por su matrimonio, me contó que se había terminado y me confesó que se debió a que ella le era infiel. Y, para peor, lo había engañado con el tipo de hombre que más rabia y dolor le causaba". Carlos rápidamente le preguntó a su hermano: "¿qué tipo de hombre?". Diego dijo: "eso es lo que no me contó y lo que hasta ahora me tiene muy intrigado". En ese momento todos emitieron opiniones excepto yo. Y pasó algo que, sin querer, cambiaría las cosas para siempre. Fernanda, tal vez un poco molesta aún con el comentario de Carlos sobre la esposa de Francisco, le preguntó: "¿Carlos, cuaál sería el tipo de hombre con el que más te molestaría que Cris te pusiera los cuernos?". Carlos la miró con los ojos llenos de furia y le contestó casi gritando: "¡Cris nunca me engañaría!". Diego, tratando de calmar la situación y aclarar un poco las cosas, le indicó a Carlos que sólo se trataba de una simple pregunta bajo una supuesta infidelidad, y Fernanda le increpó mostrando su molestia por su respuesta airada. "Al parecer no eres capaz de contestar esa simple pregunta". Carlos agregó: "está bien, disculpen, pero lo que pasa es que nunca me he imaginado una situación como la que planteas". Se quedó unos segundos en silencio y dijo: "está bien, si Cris me fuera infiel, el tipo de persona que más me desagradaría sería un tipo mayor, poco atractivo, tal vez gordo, calvo, un tipo parecido al tío Gustavo, y también si fuera un mocoso, un adolescente sin experiencia ni atractivo".
Las palabras de Carlos quedaron grabadas en mi cabeza. Al muy hijo de puta le molestaría que le pusiera los cuernos con un viejo cuando me los estaba poniendo a mí con una mujer mayor. Diego y Fernanda hicieron ademán de reírse pero se aguantaron pensando tal vez que Carlos se volvería a molestar. Yo me quedé callada, casi haciendo ver que no había escuchado nada. Por suerte, en ese momento sonó el teléfono. Era mi madre, que necesitaba hablar conmigo. Fue mi tabla de salvación porque de hacerme a mí la misma pregunta, ¡no sé qué habría pasado!.
Luego de hablar con mamá, Diego y Fernanda se marcharon y nosotros nos fuimos a dormir. Carlos, apenas puso la cabeza en la almohada se quedó dormido. Yo no podía dejar de pensar en lo que había escuchado. Un hombre como el tío Gustavo sería para mi marido lo peor que le podía hacer su mujer. Traje a mi mente la figura del tío, un hombre bonachón que debía andar por lo 54 años. Medía alrededor de un metro sesenta y cinco, era bastante calvo y tenía una apreciable barriga. Para graficar mejor su figura se podría decir que se asemejaba mucho al actor Dany De Vito, aunque el tío Gustavo era más alto que el citado actor. 
Esa noche casi no pude dormir pensando en qué debía hacer, si enfrentarme a Carlos o intentar otra cosa. Pasaron los días y seguía sin poder dormir por las noches. En la mañana de un viernes el teléfono me despertó cerca de las 10:30. Era el señor Bermúdez, quien me informaba que tenía lo que yo le había encargado. Así que me levanté casi corriendo y me dirigí a su oficina. Me entregó un sobre y me indicó que contenía fotos de la mujer en cuestión y un resumen acerca de su persona. No tuve la valentía de abrir el sobre en su presencia. Me despedí de él, no sin antes pagarle, y me dirigí a casa nuevamente. Abrí el sobre y vi la foto de la mujer, de la vieja que se acostaba con mi marido. Su cara representaba cerca de unos 37 años, era rubia, y su cuerpo no estaba mal para su edad, pero no era ninguna top model como para perder la cabeza. ¿Qué le habría visto Carlos?.
Luego de repasar las fotos donde se veía claramente a Carlos abrazado a ella (en una hasta casi la estaba besando), leí la hoja que venía con las fotos. En ella decía que su nombre era Claudia, tenía 43 años y era estilista profesional. Además venía más información acerca de ella que en este momento no recuerdo y que no vale la pena mencionar. Lo que sí recuerdo es que no podía creer que mi marido me engañara con una mujer tan mayor y que fuera menos atractiva que yo.
Guardé muy bien las fotos y esa tarde, recostada en la cama, tomé una decisión: "le pagaría a Carlos con la misma moneda y con lo que más le doliera: le engañaría con el tío Gustavo". La decisión estaba tomada y no echaría un paso atrás hasta lograr lo que me había propuesto: hacer que el tío fuera mi amante. Pero en verdad no sabía cómo hacerlo. Nunca había engañado a mi marido, ni tenía idea de qué debía hacer en este caso.
Al llegar el domingo, mi cerebro logró generar un plan que debía dar los resultados que yo esperaba. Como era costumbre todos los domingos, la familia se juntó a almorzar en la casa de mis suegros, donde casi siempre asisten el tío Gustavo y la tía Clara. Si quería realmente hacer lo que me había juramentado debía comenzar ese mismo domingo, así que me vestí para la ocasión, me coloqué la única minifalda que tenía y que sólo usaba en ocasiones muy especiales y una blusa que resaltaba mi excelente delantera. Carlos, al verme, me dijo que estaba guapísima, pero no le molestó en absoluto que me vistiera así para ir a casa de sus padres. De hecho era él siempre quien me alentaba para colocarme cosas provocativas pero yo nunca le había hecho caso.
Cuando llegamos a casa de mis suegros ya todos habían llegado y al entrar pude sentir las miradas, que casi me desvestían, de mis cuñados, mi suegro, el tío Gustavo y hasta de mi sobrino mayor, Hernán, que era un adolescente de tan sólo 16 años. Nadie realizó ningún comentario. Sólo bastaba con verles las caras para saber que realmente me veían muy bien. Y, en ese momento, comencé a sentir algo que nunca antes había experimentado, una excitación exquisita de sentirme deseada por todos los hombres que estaban allí. Quizá el morbo de saber que eran parientes míos o tal vez el hecho de que venía preparada para algo muy distinto que compartir un almuerzo dominical.
Me senté frente al tío Gustavo y, en forma muy disimulada, comencé con el juego de cruzar mis piernas. Pude ver de forma inmediata la reacción del tío, que no dejaba de mirarme. El espectáculo debía ser genial. Noté cómo mi sobrino también estaba con la boca abierta mirándome. Sólo ellos dos me podían ver desde la posición en que me encontraba sentada y estaban realmente disfrutando de mis piernas y mi ropa interior, que en forma especial había elegido para esta ocasión. Eran unas braguitas blancas y no llevaba medias, por lo que se veían perfectamente desde donde estaba sentado el tío y mi sobrino. Luego nos sentamos a la mesa y el almuerzo fue de lo más normal.
Después de la sobremesa típica, me dirigí al baño. Al volver me di cuenta de que tanto el tío Gustavo como mi sobrino Hernán no estaban sentados a la mesa, así que decidí buscarlos. Yo sabía dónde se encontrarían, seguramente en la sala de juegos practicando billar, que es la pasión del tío Gustavo. Al entrar a la sala, los dos se sorprendieron mucho, dado que nunca iba allí. Me senté frente a ellos y les comenté que quería aprender y que en esta ocasión sólo me dedicaría a observarlos mientras ellos jugaban. Así que les insistí para que continuaran. De nuevo comencé con mi juego de cruzar las piernas, sólo que esta vez un poco más descaradamente que antes. Y los dos se ubicaban de manera estratégica para poder observarme mejor. A cada instante sentía que me agradaba más y más esta nueva sensación que estaba sintiendo. Ver cómo aquellos dos debían estar tan calientes viéndome me estaba poniendo a mil también a mí. Pero al sentir unos pasos por el pasillo de forma automática terminé con el jueguito de las piernas. Era Carlos y el resto de los hombres que también venían a jugar. Me quedé un rato allí y, viendo que ya no podía continuar con mis oscuras intenciones, me dirigí hacia los jardines de la casa.
Era una casa ubicada en las afueras de la ciudad, que debía tener alrededor de 25 hectáreas. Detrás había una plantación de árboles frutales de todas las especies. Era un bosque magnífico. Siempre que podía salía a recorrer esos lindos parajes en una vieja motoneta que había pertenecido a mi suegro, realmente era un paseo fantástico, y estaba pensando en realizar uno cuando oí que el tío Gustavo me llamaba. Me preguntó si me podía acompañar. "Excelente", pensé, "así lo invito a dar una vuelta en la motoneta. Estaremos lejos de los demás y tal vez podré avanzar más en la tarea de seducir al bonachón del tío Gustavo, que ya debe estar bastante caliente con las dos exhibiciones que le he dado anteriormente". 
En un principio no le agradó mucho la idea pero, insistiendo en que no quería ir sola, me acompañó al garaje donde estaba guardada la motoneta. Allí la inspeccioné, sólo haciendo un poco de teatro, inclinándome para que el tío pudiera ver más de mi anatomía. En un momento dado me di cuenta de que estaba tan excitada con la situación que casi me arrojo a los brazos del tío Gustavo. No me reconocía a mí misma. Quería hacer el amor con un hombre que no tenía nada de atractivo, pero deseaba que él me hiciera suya en ese mismo lugar.
Logré ordenar un poco mis ideas e invité al tío Gustavo a subirse detrás de mí. En realidad creo que en cualquier otro escenario él no lo habría hecho pero estaba tan caliente que terminó por subirse. Casi no me tocaba. Entonces le dije que me abrazara para que no se fuera caer y al hacerlo pude sentir su bulto en mi trasero. Eso terminó por volverme loca. Me dirigí lo más lejos que pude de la casa. El tío Gustavo me estaba apretando cada vez más y yo sólo deseaba que pusiera sus manos en mi sexo. Creo que él se estaba dando cuenta de todo. En ese momento agarró mis pechos y los estrujó. Casi perdí el control de la motoneta.
Paré, me bajé, tomé la cabeza del tío Gustavo y le di el beso más fuerte que pude. Él me respondió, me agarró las nalgas y comenzó a masajearlas. Luego introdujo una de sus manos bajo mi pequeña minifalda hasta llegar a mi tierno conejo. Su mano era experta. En un momento llegué al primero de mis orgasmos y sólo me había besado y hecho el masaje más exquisito que había recibido en mi clítoris. Luego me alejó un poco de él, me abrió la blusa y su boca se tragaba en forma alternada cada pezón. Era realmente una delicia, sensaciones que con Carlos nunca antes había vivido.
Luego me quitó las bragas y me recostó sobre el césped. Comenzó a bajar desde mis tetas hasta mi coño y eso fue realmente bueno, sentir sus labios chupándome todo. Nunca me había imaginado que el tío Gustavo me pudiera dar tanto placer. A continuación sacó su polla y la introdujo lentamente en mi coño. Casi no encontró obstáculo para entrar en él porque se encontraba encharcado de fluidos, tanto míos como de la saliva de mi tío. Él se movía muy bien y creo que antes de que me mojara tuve mi tercer orgasmo. Luego sacó su polla de mi coño y me dijo que se la debía chupar y devolverle el placer que él me había dado cuando se había comido mi coño. Ni siquiera lo dudé. Casi como una autómata me llevé su polla a la boca y la chupé como si se tratara del más dulce y rico caramelo. Nunca antes había chupado una polla. Carlos varias veces me lo había pedido y siempre me había negado, pero ese día era distinto. Realmente estaba disfrutando con la mamada que le estaba dando al tío Gustavo y, por supuesto, él también.
Unos instantes después, él retiro mi cabeza de su polla y me hizo colocar a cuatro patas. Me abrazó por detrás y empezó a besarme el culo. Al pasar su lengua por todo mi ano virgen, penetrándolo en forma muy sutil, me estaba volviendo loca de placer. En verdad Carlos nunca me había hecho algo así y a lo mejor tampoco lo hubiera dejado. Yo estaba gozando como nunca me imaginé que podía llegar a gozar, y en un momento sentí que sacó esa exquisita lengua y colocó una cosa que no era su lengua. ¡Era su polla! Le dije que no quería que me metiera su polla en mi culo. Me preguntó si era virgen por ahí, a lo cual tuve que contestar que sí. Entonces me dijo: "querida sobrina, no le puedes negar este tremendo placer a tu querido tío que tanto placer te está entregando". Sus palabras casi sonaban como las de un hipnotizador. Me quedé quieta y dejé que metiera su polla en mi estrecho y virgen culo. Al principio sentí un fuerte dolor pero luego, cuando ya estaba dentro y él comenzó con sus movimientos, el dolor se transformó en placer. Cuánto había aprendido y gozado en esa tarde dominical con el tío Gustavo.
Nos desplomamos los dos en el suelo. Había sido un polvo fantástico. Nos levantamos, nos arreglamos y lo único que recuerdo que hablamos fue el comentario del tío Gustavo preguntándome si me había gustado lo que habíamos hecho, ante lo cual respondí muy sinceramente que me había encantado. Él puso una cara de felicidad que casi desbordaba su gorda cara. Me preguntó cuándo volveríamos a repetir este magnífico polvo. En ese momento sentí que realmente, si pudiera, me iría con él para seguir gozando de sus manos, besos y, por supuesto, de su polla, pero poniendo los pies en la tierra le dije que yo le llamaría. Después, y casi sin decirnos una palabra más, regresamos a la casa.
Carlos me estaba esperando para irnos a nuestra casa. No me hizo ningún tipo de comentario y tampoco percibí en él indicios de que se hubiera dado cuenta de lo que había pasado en aquel paseo en motoneta con el bonachón del tío Gustavo. Cuando llegamos a nuestra casa lo único que quería era dormir. Por fin, esa fue la primera noche en esa semana tan larga que pude dormir. Realmente esa noche dormí como un bebé.

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