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La Eva del Paraíso
La historia que os voy a relatar es totalmente verídica y me ocurrió ya hace unos meses, aunque todavía me excito al recordar aquella relación.
Eva era una compañera de trabajo, pero aunque trabajábamos en la misma empresa, coincidíamos en muy pocas ocasiones, porque yo trabajaba en oficinas a turno central y ella trabajaba a turnos rotativos de mañana y tarde, por lo cual yo sólo la veía ocasionalmente cuando subía a mi oficina por alguna cuestión profesional o cuando pasaba por la fábrica también por motivos profesionales. Tan sólo habíamos coincidido de forma más duradera en algunas fiestas que se organizaban en la empresa. En esas fiestas todo se redujo a verla fuera del contexto del trabajo, con lo cual me pude apercibir de la bonita silueta que poseía y de que realmente estaba más que aceptablemente buena, sin ser en absoluto una "Barbie" de mírame y no me toques, en fin cachondeo por aquí, cachodeo por allá, entre bailoteo y bailoteo coincidimos, no sé si de forma accidental o no pero bailamos agarrados y no agarrados, y tuve la sensación (tal vez influido por los vapores etílicos), de que yo "le hacía tilín". Sin embargo, un anillo, que aunque era un aro de lo más normal yo lo veía como una barrera gigante, señal de Stop que no debía atravesar (pues sí, en ese sentido soy de lo más tradicional) me hizo echar para atrás y acabar la fiesta con el cachondeo propio pero sin comerme esa rosca.
Un buen día ella subió a mi oficina a comentar con una compañera que pronto se independizaría, con lo cual no pude evitar pensar cuánto me hubiera gustado ser su compañero de independencia, automáticamente, aún a pesar de que ya sabía lo que iba a encontrar. Miré sus manos... y cual fué mi sorpresa cuando ví que no llevaba anillo alguno. ¿Sería una casualidad? ¿Se lo habría olvidado? Mi deseo iba más allá de todo eso, por eso, aunque no dije nada, me propuse averiguarlo. Al cabo de unos días, coincidimos en un pasillo y vi que era la oportunidad para enterarme.
- ¡Hola guapetona! - Hola, ¿qué tal? -dijo con una sonrisa. - Currelando, como de costumbre. Por cierto, enhorabuena. - ¿Enhorabuena? ¿Por qué? -qué borde soy, ya había conseguido intrigarla. - Me he enterado de que te vas a vivir con tu novio. - Estás un poco mal informado. - ¿Mal informado? -ahora era ella la que me había dejado totalmente intrigado-. ¿Cómo que mal informado? Explícame eso que me he perdido. - Es cierto que me independizo, pero yo solita... - ¿Y tu novío? - ¿Qué novio? Ya no tengo novio, cortamos hace unos meses y, como el piso es mío, he decidido dar el paso... - Vaya vaya, pues ya me lo enseñarás a ver como te ha quedado. - Cuando quieras -el típico "cuando quieras" amable que significa que te morirás de viejo y todavía no lo habrás visto. - ¿Este viernes? -entré a saco a ver si colaba. - Tio, tu eres un jeta -dijo, riéndose. - Puede ser, pero, si quieres, el viernes vengo a recogerte, vemos tu casita, vamos a dar una vuelta, hablamos, vemos alguna película, en fin, pasamos un rato agradable -yo estaba pensando en otro tipo de rato, pero bueno, a falta de pan buenas son tortas. - Ya te diré algo... - A ver si me lo dices pronto.
Era martes y la muy borde hasta el jueves no me dijo ni hola, pero el jueves pasó por mi oficina y me dijo que vale, que pasara a por ella el viernes. Así lo hice. Llegó el viernes y la hora de ir a recogerla, fuí a por ella y, aún a pesar de las ocho horas de trabajo, estaba radiante, llevaba unos vaqueros y una blusa, la blusa era de un tejido fino que caía sobre su cuerpo como una caricia y dejaba intuir sus formas, sus pechos de tamaño medio y un par de pezones bastante sobresalientes. Eso era lo que robé en mi primera mirada. Me pregunté cómo es posible que en los últimos meses apenas la hubiera mirado. Fuímos a cenar a un bar de lo más normal, tomamos café y varias copas, luego fuimos a un pub y bailamos. Tras un rato, agobiados por el calor, salimos a pasear, cogidos de la cintura. Poco a poco y sin darme cuenta -puesto que no sabía donde vivía- llegamos a la puerta de su nueva casa. Allí estuvimos hablando un buen rato. Yo no podía dejar de agarrarme a ella, notar las curvas de su cuerpo, su perfume y sus ojos, que parecían un poco distantes. Al rato le propuse entrar, a lo que no se negó, pero desde luego tampoco parecía dar botes de alegría. Entramos en su casa y pasamos al comedor. Yo me senté en el sofá y ella puso música -bajita para no molestar a los vecinos-.
- ¿Quieres hablar? -intuía que su ruptura todavía le afectaba y ya había desechado la posibilidad de "pasar el buen rato", así que, armado de paciencia, me dispuse a servir de hombro sobre el que llorar.
Ella se sentó sobre mí y yo la agarré, así estuvimos un rato. En un momento dado, le besé el cuello -beso de amigo-, y, ante mi sorpresa, se agarró más a mí y me correspondió con un beso en los labios. A partir de ese momento, todo sucedió por sí sólo. Toda la pasión que llevaba dentro, el amor contenido, salió a relucir. Nos dejamos caer sobre el sofá. Continué besándola, dándole suaves mordiscos en el cuello, en los labios y en el lóbulo de las orejas. Vi que ella respondía a su vez, su respiración se hizo profunda, me liberé de mi camisa y empezé a desabrochar su blusa. Ante mí apareció un bonito sujetador blanco con encaje en los bordes, ese encaje que está puesto allí para ser mirado furtivamente. Continué besando su cuerpo y la desprendí del sujetador. Ella, por su parte, estaba cada vez más encendida, me apretaba contra ella, me agarraba del pelo y me besaba donde podía.
Por supuesto que mi polla hacía rato que estaba en posición de firmes, y además creo que ya me chorreaba aguilla, porque notaba el calzoncillo algo húmedo. Descubrir sus senos fué toda una aventura puesto que pude tocar, acariciar y chupar unos pezones que pronto estuvieron duros como goma. El tamaño de sus peras no era excesivo pero sí eran redonditas y bastante firmes. A medida que masajeaba y chupaba sus pezones ella comenzó a gemir, su respiración entrecortada se convirtió en suaves gemidos de placer.
Eva me hizo levantar y yo me quité los pantalones, acto seguido me arrodillé y empecé a desabrocharle los vaqueros. En breves segundos se los había quitado. Me sorprendió encontrar unas bragas de algodón, blancas y funcionales, sin nada de encaje, lo cual contrastaba con el elaborado sujetador. Eso me daba una idea de la intención puesta en mostrar el encaje, lo cual me puso a cién. Le arranqué las bragas y quedó ante mí como la Eva del Paraíso aquel. El fuego estaba ardiendo, era imposible pararlo.
La senté en el sofá y ella entreabrió las piernas. Al principio empecé chupando la cara interior de sus muslos, poco a poco, hasta llegar a su coño, donde le dí un rápido lametón. Un ahogado grito salió de su garganta. Así, con mi naríz sobre su afelpado coño, mi lengua trabajando sin descanso, le hice una comida de coño de impresión. No sé quién se excitó más, si ella o yo, puesto que mi rabo estaba literalmente goteando. Mientras le comía el coño, ella gemía y ahogaba sus gritos para evitar que los vecinos nos oyeran, pero pensé que eso sería dificil, pues yo me afanaba en chupar sus labios, totalmente abiertos, y su clítoris, un fantástico botón mágico que le provocaba contracciones de placer.
Para mí era novedosa la gran cantidad de flujo que ella segregaba, puesto que aunque ya me había comido algunos coños, nunca ninguno segregó tal cantidad de líquido. El hecho es que ella estaba realmente excitada y yo, a la vez que le chupaba el clítoris, le metía dos dedos por el coño. Ella gemía y se retorcía de placer, sudaba y su cara estaba de color púrpura, el mismo color que tenía su coño. Sus flujos eran cada vez más abundantes y eso me excitaba más todavía, chupaba y chupaba sin descanso hasta que noté que ella se corría. Sus contracciones eran casi convulsiones. En ese momento, le metí la lengua dentro del coño y le dí un último lametón. La corrida que tuvo fué espectacular. Una gran cantidad de flujo salió disparado hacia mi cara, algo similar a cuando los hombres eyaculamos. Eso, junto a los gemidos que lanzaba, me excitó, hasta el punto de querer penetrarla.
Ella estaba fuera se sí, se agarraba a mi espalda y, con sus piernas, me rodeaba. En esa posición me puse de pie, y, en medio del comedor, la penetré. Yo la sujetaba por el culo mientras le clavaba mi polla, y ella se sujetaba con las piernas y los brazos. Así me la follé mientras su anterior orgasmo se repetía y alargaba. Ya no tratábamos de ocultar nuestros gritos y gemidos, simplemente los lanzábamos. Al poco rato, noté que me iba a correr, notaba que mi polla iba a estallar, las piernas me fallaron y caimos al suelo. Allí la embestí salvajemente, mientras ella se volvía a correr. En el último instante saqué mi polla de su coño y me corrí sobre su cuerpo. Ella todavía suspiraba el orgasmo sentido hacía unos segundos.
Después de eso nos duchamos y volvimos a hacer el amor, esta vez con condones, con lo cual pude correrme dentro de ella. Esta experiencia se volvió a repetir durante los meses que duró nuestra relación, y, desde luego, ahora, cuando la veo en el trabajo, no puedo evitar pensar en la Eva que me llevó al Paraíso por unos meses. Gracias Eva.

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