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Mi vecina Celia
Fue hacia los quince años. Era la época de las pajas juveniles. Una o dos por día. Aprovechabas que habías visto las bragas a la vecina o a cualquier chavala del barrio para sacudirte la polla, en el baño o en la habitación, incluso por debajo de la gabardina y en plena calle. Vivíamos en uno de aquellos enormes pisos antiguos en el barrio de Atxuri en Bilbao y mi hermana y yo teníamos los dormitorios contiguos en un extremo del piso, mientras que nuestros padres dormían y follaban en el otro extremo de la casa.
Aunque los dormitorios de mi hermana y el mío daban cada uno a un pasillo, entre ambos había una puerta de comunicación con cristales y una gruesa cortina en la que yo me las había ingeniado para hacer un disimulado agujero a través del cual podía espiar a mi hermana, tres años mayor que yo, cuando se desnudaba. Tenía la costumbre de ponerse ante el espejo y frotarse las tetas y el coño, y yo en aquellos tiempos pensaba que era para hacérselas más grandes, porque no sabía que las mujeres también se masturbaban.
Con el ojo pegado al agujero me sacudía la verga hasta correrme, y recuerdo que sujetaba el prepucio sobre el glande para evitar que la leche salpicara la cortina. Cuando había terminado de correrme dentro del prepucio, descargaba el semen en algún papel. Después, cuando mi hermana se ponía el camisón y apagaba la luz, yo me acostaba y, en muchas ocasiones, me volvía a hacer otra paja en honor a las tetas y al coño de mi hermanita. Nunca tuve deseos incestuosos y únicamente utilizaba los encantos de ella como excitante de mi líbido.
Por aquellos tiempos solía venir a limpiar el piso una vecina de la escalera, cuyo marido estaba en un sanatorio aquejado de tuberculosis, y el resto del vecindario ayudaba a la joven mujer dándole trabajo de limpiadora. A mi casa venía los martes y jueves por la tarde y entre mi madre y ella limpiaban lo más duro del piso. Recuerdo a Celia, que así se llamaba la vecina, como una joven de unos treinta años, pequeña y delgadita, morena azabache y unas facciones muy guapas. Yo, que siempre iba quemado, la espiaba por toda la casa los jueves por la tarde que hacíamos fiesta en el cole. Siempre estaba detrás para sorprenderla arrodillada, fregando el suelo y mostrándome las nalgas. Aprovechaba cualquier rincón para sacudirme una paja a su salud.
Un buen día, Celia se giró de improviso y fue a cambiar el agua del cubo que estaba utilizando, y me sorprendió escondido con la tiesa polla entre mis dedos, que se quedaron paralizados al instante mientras el rubor ascendía a mis mejillas. La chica reaccionó de inmediato y, soltando una carcajada, soltó el cubo en el suelo y se me acercó. - ¡Qué chaval...! ¡Tocando la guitarra! Déjame tocar un par de notas. Yo seguía paralizado con la polla en la mano y Celia me apartó los dedos y, cogiendo entre los suyos la desvanecida verga, me la empezó a menear suavemente. A la cuarta o quinta sacudida ya la volvía a tener tiesa y la mujer aceleró el ritmo. Era la primera vez en mi vida que me masturbaban y un gusto impresionante me subió desde los huevos. Eché la cabeza hacia atrás mientras la chica aceleraba aún más el ritmo y me preparé para la descarga. Celia lo notó y me agarró de los huevos apretándolos suavemente.
- ¡ Celia! ¿Dónde te has metido? -se oyó la voz de mi madre acercándose por el pasillo.
Inmediatamente Celia me soltó la polla, se giró, cogió el trapo de fregar y se agachó de nuevo sobre el suelo que estaba limpiando. Yo salí corriendo al cuarto de baño y me terminé la paja.
Durante mucho tiempo, fue el recuerdo de aquella mano sacudiéndome la polla el que animó mis múltiples pajas, y ya no utilizaba el agujero en la cortina para espiar a mi hermana. Prefería recordar la cara de Celia a un palmo de mi verga tiesa mientras sus dedos me masturbaban.
Pasaron varias semanas sin ninguna novedad, ya que mi madre estaba continuamente pegada a Celia, hasta que un jueves, un memorable jueves, mi madre tuvo que marchar a casa de mi abuela por encontrarse ésta enferma. Me dio instrucciones para Celia en cuanto a la limpieza y se fue.
Cuando llegó la chica, yo tímidamente le traspasé las órdenes pero ella se echó a reir. - ¡ Qué oportunidad! -dijo-. Mira, Jose, primero te voy a acabar el trabajo que dejé pendiente el otro día.
Diciendo esto me cogió de la mano y me hizo tumbar en el sofá del salón. A continuación, me fue soltando el pantalón mientras yo me dejaba hacer. Me bajó los pantalones y el calzoncillo, saltando al aire mi ya tiesa polla. No sé si os he contado que para entonces yo ya tenía casi mi estatura actual, un metro noventa, pesaba unos setenta kilos y mi polla ya había alcanzado las dimensiones adultas que hoy posee, unos veinte centímetros. Celia estaba admirada ante la maravilla que tenía delante de sus ojos, dada su situación de abstinencia debida a la enfermedad de su marido.
Quiso saborear mejor la escena y el manjar que iba a comerse y me desabrochó la camisa para quitármela y dejarme completamente en pelotas. Me estiré en el sofá con las manos detrás de la cabeza y esperé los acontecimientos. Ella me cogió la polla con sus dedos y suavemente me descapulló el glande pajeándome ligeramente. Yo tenía la verga completamente tiesa, en todo su esplendor, y mis huevos estaban duros como piedras. Celia me los acarició mientras su otra mano me masturbaba la polla. Poco a poco fue bajando la cabeza y vi cómo sacaba la lengua. Me dió una suave lamida en la punta del glande. Fue como una descarga eléctrica. Una especie de corriente se generó en la punta de la polla y se descargó en mi cerebro. Nueva lamida y nueva descarga. Los labios de Celia se cerraron alrededor de mi pene mientras los dedos lo masturbaban en su base. Pensé que me moría de gusto. Aquello era completamente diferente a las pajas que yo me hacía.
Comencé a mover el vientre e instintivamente fui follando aquella ardiente boca volviéndome loco de placer. Cuando Celia notó que me iba a correr, sacó la polla de su boca pero la mantuvo abierta a unos centímetros, mientras que con los dedos de una mano estrangulaba la base de la verga y con el índice y el pulgar de la otra me pajeaba suavemente la punta. ¡ Zas!, la lechada brotó como de una manguera de alta presión introduciéndose por entre los abiertos labios de la mujer. ¡Zas, zas, zas!, nuevos borbotones con diana en el paladar de Celia. Esta fue aflojando lentamente la presión de la base de la verga hasta que mis huevos se vaciaron por completo. Limpió con su lengua la última gota que resbalaba por mi glande y se incorporó.
- ¡Ahora me toca a mí!  -dijo, comenzando a desnudarse.
Yo siempre la había imaginado delgaducha y delicada pero, cuando se quitó el sostén y saltaron al aire aquellas dos estupendas tetas con sus oscuros y tiesos pezones, mi polla comenzó a tomar vida de nuevo. Se dió la vuelta y se bajó las bragas, dejando ante mis ojos aquellos formidables glúteos rematados por la excitante raja que insinuaba el orificio del ano. Yo ya la tenía tiesa y comencé a masturbarme, pero Celia no me dejó. Se giró de nuevo diciendo: - ¡ No, monín! Ahora no vamos a perder el tiempo pajeándonos... Ahora te voy a follar.
Yo miraba atónito aquella ensortijada pelambrera que le cubría el coño y ella, riendo ante mi asombro, comentó: - ¿No habías visto nunca una almeja al natural? Pues mírala de cerca... ¿Verdad que es bonita? Vas a probar su sabor... 
Diciendo esto, acercó su coño a mi cara, abriéndolo con dos dedos mientras con la otra mano empujaba mi nuca hasta situar mi boca sobre su sexo. No tuve más que sacar la lengua y, de inmediato, sentí aquel sabor fuerte, excitante. Mi mano agarró la polla y comenzó de nuevo a masturbarla, pero ella me volvió a interrumpir. - Venga, Jose, no te vuelvas a pajear que ahora vas a ver lo que es bueno. Vamos a la cama.
Me hizo incorporar y, tal como estábamos, en pelotas, fuimos al dormitorio de mis padres, que tenían una cama ancha, y nos tendimos sobre ella. Yo no sabía lo que tenía que hacer y esperaba instrucciones. No fueron necesarias. Celia se arrojó encima, metió una de sus manos por entre nuestras piernas, apuntaló la punta de mi polla en su coño y se la clavó, se la metió hasta los huevos. Nunca he experimentado una sensación de placer como aquella. Ni en los miles de polvos posteriores he logrado un éxtasis mayor. Me imagino que hasta bizqueé.
Celia me folló y se folló a placer. Me cabalgaba desenfrenadamente mientras me agarraba de los hombros, de las orejas, me tiraba del pelo y gritaba, gritaba desesperadamente. Como yo en aquellos tiempos no entendía nada, no sé cuántas veces se corrió. Recuerdo que su coño succionaba mi polla con sus anillos internos y casi me la arrancaba. Sus manos por fin se situaron en mis glúteos y apretaban contra su cuerpo para sentirla más adentro. Uno de sus dedos me penetró por el ano y entonces me corrí. ¡Mi primer polvo! Solté mi leche en su interior en grandes borbotones hasta que mis pelotas se vaciaron del todo. Después todo acabó.
Miramos el reloj y vimos que era tarde. Nos vestimos y Celia me avisó. - Dile a tu madre que no he podido venir esta tarde!
Arregló la revuelta cama de matrimonio y se despidió diciendo: - ¡ Otro día te enseñaré más cosas y otros agujeros!
Las cien siguientes pajas que me hice en los veinte días siguientes se las dediqué a aquel primer polvo de mi vida.

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