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Sin palabras
Era viernes noche, llovía y no me apetecía salir. Pero alrededor de las doce una amiga me llamó y, sin saber cómo, me convenció para que saliese (supongo que la casa vacía y el griterío de la gente en la calle hicieron que me decidiera). Me puse un pantalón de cuero, la camiseta negra de licra, una chaqueta y bajé para reunirme con ellos.
Comenzamos la noche como siempre, primero unas cervecitas, luego botellón y más tarde, el recorrido acostumbrado de los fines de semana, buscando la música que más nos gustaba y los bares más ambientados. Entre risas y unas cuantas copas de más acabamos la noche en "La Botellita", un bar situado cerca de la Plaza de la Merced, en el que, al ritmo al que íbamos, nos iban a dar el "carnet de socios honoríficos", pues pasábamos más tiempo allí que el propio dueño (pero todo tiene sus ventajas, ya que cada vez que vamos nos invitan a chupitos).
Unas setenta personas llenábamos el local. La pista de baile estaba atestada por decenas de cuerpos moviéndose al son de la música y del ir y venir de los focos de luces. Por unos instantes me vi sumergida en mis propios pensamientos, y fue entonces cuando la vi, justo frente a mí. Vestía una camisa blanca y una falda de color rojo, su pelo negro (liso) caía graciosamente por sus hombros, contrastando con la blancura de su tez. ¡Qué guapa era!
Sus ojos verdes buscaron los míos y, en el momento exacto de hacerlo, nos adentramos en un sutil juego de seducción del que nadie parecía percatarse. Miradas provocativas que invitaban a la perdición, movimientos sinuosos de dos cuerpos que se reclamaban, pensamientos impúdicos que brotaban de mi mente como el agua brota de un manantial.
Exaltada de excitación, mi boca clamaba adentrase en la suya, en morder sus labios carnosos, en recorrer su espalda con mi lengua, en probar la miel de su sexo.
Sin mediar palabra nos encontramos la una contra la otra, espalda con espalda, culito contra culito. Ella guiaba mi cuerpo al compás de la música, rozando el suyo contra el mío, provocándome aún más, excitándome hasta la locura. Un baile de carnalidad en el que la casualidad quiso que nuestros labios se rozaran en un giro fortuito. Cada vez la sentía más cerca, más pegada a mí. Su roce hacía que me internara en un torbellino de lujuria.
Poco a poco, sus manos fueron deslizándose, recorriendo mis caderas, bajando hasta mi culito, tocándolo, acariciándolo. Giré para tenerla frente a mí, cara a cara, cuando su mano rozó mi pantalón, mi pierna, mi sexo (que, por aquel entonces, ardía de placer y cada vez estaba más mojado).
Una mirada de complicidad le hizo entender que me siguiera. Nos dirigimos al servicio (que por suerte estaba vacío), primero entre yo, luego ella asegurando la entrada con el pestillo. Se encontraba de espaldas a mi, con la cara hacia la puerta, aquellos instantes me parecieron eternos, y fue entonces cuando nuestras bocas se enlazaron en un tórrido beso de pasión y desenfreno. Levanté su falda y metí mi mano en el interior de sus braguitas (del mismo modo, ella bajó las mías) comprobando, así, que su sexo ansiaba ser complacido.
Desabroché su camisa, al tiempo que mi boca recorría su cuello (percibiendo el olor irresistible de su perfume, de su piel) le quité el sujetador y, poco a poco, fui bajando hasta la altura de sus pechos, donde me entretuve besándolos, mordisqueándolos, jugueteando con sus pezones rosados, que se erizaban con el roce de mis labios, de mi lengua; en tanto que mi mano se perdía en la fisonomía de su pubis, recorriéndolo, acariciando su clítoris con mis dedos. Ella gemía de placer. Introduje mis dedos en su vagina, haciendo que estallara de placer y terminando en un delicioso orgasmo.
Seguidamente, hizo que me girara, apoyándome contra la puerta y colocando los pies sobre el servicio. Se situó entre mis piernas, a la altura de mi sexo, y comenzó a lamerlo, de forma pausada, con movimientos circulares. Introdujo su lengua hasta lo más profundo de mi vagina, hacia dentro y hacia fuera, mi corazón latía aceleradamente de un placer inaguantable, hasta que alcancé el orgasmo más increíble de mi vida.
De pronto, llamaron a la puerta. Salimos sin articular palabra, primero ella y segundos más tarde yo, para cuando quise buscarla ya había desaparecido. Volví al día siguiente, la busqué cada fin de semana, cada mes, cada año pero nunca apareció, y no volví a verla más.
Pasaron tres años de aquello y aún recordaba su olor, el tacto de su piel, el roce de sus manos, sus pechos redondos y firmes.
Era ya el mes de octubre, el otoño acaecía y las clases habían comenzado, pero la asignatura de Historia Económica Mundial y de España comenzaba hoy, una semana más tarde. Esperábamos en el aula (al típico profesor carca, aburrido y gruñón), un gran murmullo se elevaba por toda la clase. De pronto, una delicada pero firme voz se alzó por encima del griterío, pidiéndonos que nos calláramos. Se hizo el silencio. Alcé la vista y allí estaba, era mi musa. Un mar de recuerdos surgieron de mi mente. Temblaba, después de tanto tiempo volvía a verla. Aún no se había percatado de mi presencia, seguía hablando, con actitud desenfada, acompañando sus frases con los gestos de sus manos. En cuestión de segundos su cara sonrosada palideció, clavando sus ojos estupefactos en los míos, por un momento pareció titubear en sus palabras pero prosiguió en su elaborado discurso, pero ahora con un poco más de nerviosismo que minutos atrás.
Terminó la clase y salió apresuradamente, huyendo de lo inevitable, nuestro reencuentro. Me apresuré a darle alcance, parándola. Ella me miró intensamente y me dijo:
- No puede ser, tenemos que olvidar lo que pasó. Yo, yo, ..., no puedo -vaciló, se humedeció los labios y me miró firmemente a los ojos. - Pásate por mi despacho y hablamos.
Y después de eso se marchó.
Al cabo de un rato subí a su despacho. Llamé a la puerta, estaba abierta, y entré. Varias estanterías repletas de libros, papeles y carpetas se apoyaban en las paredes. Ella estaba sentada en el escritorio que daba junto a la ventana. Se levantó, me saludó y cerró la puerta.
Se colocó tras de mí, hundiendo sus pechos contra mi espalda, sintiendo el roce de sus pezones, erizados, contra mi piel, sus manos acariciaban mis senos por encima de la camisa, su boca recorría mi cuello, y mis manos se perdían en su culito, entreteniéndose en desabrochar su falda.
Me quitó la camisa, bajando paulatinamente sus manos hasta mi cintura, desabrochando mis vaqueros, metiendo su mano en ellos, rozando mi sexo todavía con las braguitas puestas. Giré y comencé a besarla suavemente, recorriendo con mi lengua todos los huecos de su boca, devolviéndome ella el beso. Desabotoné su camisa con los dientes, botón a botón, sin prisas, bajé su falda, mordí la parte superior de sus braguitas, deslizándolas para abrirme paso, rozar su sexo con mi barbilla, nariz,...
Recorrí su cuerpo con mi lengua, empezando por sus labios, deslizándome por su cuello, pechos, ombligo, hasta llegar a su vagina. La llevé hasta el escritorio, aparté todo lo que había en nuestro camino, la tumbé y subí sus piernas a mis hombros. Continué lamiendo su clítoris, penetrándola con mis dedos, con movimientos acompasados al ritmo de su cuerpo. Nos colocamos en forma de 69. Su lengua, caliente y húmeda, jugueteaba con mi vagina, introduciéndola una y otra vez, acariciando mi clítoris con sus dedos. Multitud de orgasmos hicieron que acabáramos en uno simultáneo, haciéndonos creer que estábamos en el cielo.
Nos vestimos, nos besamos y desde aquel día, dos años después, sigo asistiendo a tutorías, como mínimo, una vez por semana, para aprender y practicar algo más de anatomía femenina.
Todo ello a pesar de tener la asignatura aprobada, con "Matrícula de honor", desde el primer año.

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