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Iniciación de Isobel
Les platicaré cómo me volví adicta al sexo. Tengo un tío soltero, fornido, juguetón, y buena onda, que se encargó de inducirme desde que tenía 13 años.  Sí, él presumía de ser cariñoso y mañosamente me acariciaba las piernas y, según él, me daba nalgadas, pero realmente me sobaba las nalgas. Vivía en provincia y cuando cumplí los 16 mis padres me enviaron a su casa de vacaciones para que yo cambiara de ambiente, pues andaba muy irritable, cosas de la edad.
Llegué a su casa  y me instaló en una bonita recámara. Me abrazó, apretándome a su cuerpo, y me dijo al oído "no te vas a arrepentir, estas serán tus mejores vacaciones". Yo sólo le sonreí, no le hice mucho caso y le pregunté si tenía televisión. Él, desde mi llegada, buscaba cualquier pretexto para tocarme accidentalmente, incluso los pechos. Me sorprendía, pero no decía nada pues él era mi tío y yo le tenía cariño.
Un día, en el desayuno, iniciamos una plática y caímos en el tema de cómo cuidar la virginidad. Me dijo que, desde el siglo XVII (1700), las jóvenes de ese tiempo  tenían relaciones sexuales y continuaban vírgenes, pues era un requisito para el matrimonio. Yo le oía intrigada pero no pedí detalles. Terminé de desayunar y me fui a ver la  TV, pues no tenía ganas de hacer nada. Al poco tato se sentó a mi lado y preguntó: - ¿Cómo te sientes? - Bien.
Se había sentado junto a mí y pasó un brazo por mis hombros y me acarició uno de ellos. Yo le miraba de reojo, pues no me dejaba ver la tele. Su otra mano empezó acariciar mi pierna como acostumbraba a hacerlo, así que le dejé. Él sabía que esos movimientos me ponían nerviosa, pero secretamente me gustaban. Como cualquier chica moderna iba a la moda, y esa mañana llevaba sólo un vestido fresco y holgado de tirantes. Él seguía acariciando mi pierna y continuó con mi muslo, mientras me decía: - Tienes unas hermosas piernas, déjame verlas bien.
Sin pensarlo, me subí el vestido y me tocó ambas piernas. Yo empecé a sentir un rico calor en el cuerpo y cómo mi bikini se mojaba. Me moví inquieta y subí las piernas del lado contrario adonde él estaba sentado. Me sonrió y se cambió de lugar diciéndome: - Recuéstate para que estés cómoda.  Quiero darte un masaje en los pies.
No le hice mucho caso, y así como yo estaba sentada empezó a acariciarme el trasero. Secretamente a mí me gustaba lo que hacía. Entonces me acosté en el sillón. Tuve que poner mis piernas sobre las de él y me dijo: – Así, chiquita, te voy a dar un masaje que te va a gustar.
Empezó tallándome los pies, las pantorrillas, las piernas y continuó tocándome el trasero, pero no sólo eso sino que, el muy atrevido, metió su mano entre mis piernas y me frotó mi rajita sobre el bikini, que, por cierto, no cubría mucho. Le miré sorprendida y, sonriendo, me dijo: – No te preocupes, es algo natural y quiero que lo disfrutes.
Mientras decía esto bajaba mi bikini. Yo quise enderezarme pero, al hacerlo, me apoyé en mi espalda y abrí mis piernas, momento que él aprovechó para quitarme mi bikini y meterse entre ellas. Subió mi vestido, me agarró las caderas y, sin decirme nada, metió su cabeza.
Yo estaba más que sorprendida, pero iba de sorpresa en sorpresa y todas eran agradables. No tenía miedo pues yo confiaba en mi tío. Él me besaba suavemente mi vientre, mis muslos,  mi rajita, la abría con sus dedos, pasaba su lengua caliente por ella,... Era más que delicioso. El calor que yo sentía se convirtió en calentura y me arqueaba hacia él. Alzó su cabeza y me dijo "quieta, chiquita, esto sólo es el comienzo".
Entonces volvió a besarme, morderme y chuparme. Usaba su lengua y me volvía loca. Sus manos subieron mi vestido y yo me lo quité. Al hacerlo, quedé completamente desnuda y me sentí atrevida, no tenía pena, me sentía, cómo decirlo, audaz. Mi tío me estaba dando un placer tan grande que, cuando sentí que mi cuerpo explotaba, me convulsioné, quedé como ensoñada, recostada en el mueble, mientras él se paraba y se quitaba su ropa. Era la primera vez que le veía desnudo y tenía una tremenda erección. Me preguntó: – ¿Te gusta?
Yo no sabía que responderle, pues era la primera vez que veía un miembro de ese tamaño erecto. Y le dije: – Tío, tienes un miembro enorme. – Chiquita, no se llama miembro, se llama verga, pero ahora quiero que le digas “helado”. – ¿Porqué quieres que lo llame así? – Porque yo sé cómo te gusta comer helado. – Sí, claro que me gusta y mucho. – Bueno, ahora vas a comer otro tipo de helado.
Mientras platicábamos, yo me había sentado y él se paró frente a mí, quedando su verga frente a mi boca. Me invitó a probarla. Yo tenía una curiosidad enorme y, para superar mi ignorancia, imaginé que era un cono de helado de chocolate. Me gustaba lamer los helados, así que hice lo mismo con mi tío. Su miembro estaba duro y, al ponerlo dentro de mi boca, éste no cabía. Él cerraba los ojos y me decía: - Así, mi chiquita preciosa, chúpalo, dame ese gusto tan enorme.
Volví a tener la misma sensación de sentirme audaz y la calentura volvió a mi cuerpo. Me acordé de cómo me tocaba mi trasero y yo le hice lo mismo. Yo chupaba su “helado” y me gustaba jugar con él. Mi tío quiso retirarse pero no le dejé. Seguí chupándolo hasta que sentí cómo se quedaba quieto y gemía. De pronto mi boca se llenó de su semen. Como no podía hacer otra cosa, me lo tragué. No sabía raro. Se sentó a mi lado y me abrazó, diciéndome:  - Vas a ser una buena alumna. Yo presentía que sólo era de esperar el tiempo preciso para iniciarte. Te voy a enseñar las mieles del amor, sin violencias y con mucho cuidado.
Tomó mi mano y fuimos a su habitación. Se preparó un trago y me dio a tomar un poco. Tosí y le dije: - No me gusta. Me miró y, sonriendo, me dijo: - Tienes que aprender algo, chiquita. El sexo es como un buen vino. Tienes que catarlo para conocerlo, probarlo para después disfrutarlo. Y le comenté: - Tío, si mi mamá se entera me mata. - No te preocupes, yo voy a cuidar de tí como lo he hecho siempre.
Me dio de nuevo su vaso y tomé otro sorbo. Realmente no me gustaba pero al tercer trago ya me sentía ligera. Puso una música suave y me abrazó para bailar. Estábamos desnudos y pegados. Me besaba la boca, los ojos, mis mejillas. Mi miró y dijo: - ¿Conoces los colores de los besos? - No. - Bueno, te los voy a enseñar. Me dio un beso suave y tierno, diciéndome: - Este es de color rosa
Yo asentí. Volvió a besarme pero esta vez empezó mordiéndome los labios e introdujo su lengua en mi boca. Cuando lo hizo, sentí de nuevo ese agradable calor y abrí mi boca para dejarlo hacer. Sólo con sus besos el calor crecía, y yo me pegaba a él.
Separó su boca diciéndome: - Este es de color rojo. Siguió besándome. Ya no bailábamos, yo me restregaba en él. Me dijo: - Es bueno que seas impaciente, pero también te voy a dar un beso negro. Yo lo escuchaba y quería que siguiera besándome. Me llevó a la cama y me recostó en ella, me volteó sobre mi vientre y me dijo: - Voy a continuar dándote un rico masaje.
Tomó una botella pequeña de aceite, la vació en mi espalda y empezó acariciándome suavemente hasta llegar a mi trasero. Siguió dándome masaje mientras yo me sentía muy caliente, mi piel hervía. Puso más aceite entre mis nalgas y éste escurrió hasta mi rajita. Yo flexioné las piernas y quedé empinada frente a él. Con sus manos distribuía el aceite entre mis nalgas y mi rajita. Las sensaciones eran estupendas. Sus dedos entraban y salían, y yo me movía,  gimiendo. Él decía: – Así mi chiquita, yo intuí que eras caliente. Goza que te masturbe, goza que pronto gritarás de placer.
Ya no razonaba. Entre el licor ingerido y sus sabias caricias yo estaba dispuesta a seguir con lo que quisiera. Mi calentura era tremenda. Me mojé muchas veces, estaba enloquecida. Cuando sentí que separaba mis nalgas y las mordía para después introducirme su lengua por el culo, no me dio tiempo a sorprenderme. Era, según él, el beso negro. No me importaba el color. Yo no entendía por qué pero quería más y más. Siguió mordiéndome y masajeándome las nalgas para después meterme sus dedos. Me preguntó: – ¿Te gusta? ¿Quieres más? Enloquecida como estaba, le contesté: – Si, quiero más.
Se puso detrás de mí, apretando contra mi culo, abrió mis nalgas y metió su cabeza. Respingué, pues sentí dolor, y me quedé quieta. Me dijo: – Recuerda que es como un buen vino, hay que probarlo para conocerlo, y después disfrutarlo, cada vez que lo tomes. Al principio no te gusta pero después te deleitas con el. Yo le contesté: - Me duele y arde. - ¿Mucho? - No, sólo un poco. - Bueno, lo voy hacer despacito, para evitar molestias. - Mejor salte. - No, mi chiquita, ya estoy adentro y no puedo salirme. Si lo hago te dolerá más.
Yo le creí y me quedé quieta. Me tomó por las caderas y se fue metiendo despacito. Me dolía mucho pero no me podía mover, me tenía bien agarrada de las caderas. Se quedó quieto y me dijo: - Ya la tienes toda adentro, ahora sólo falta que te acostumbres a ella. No te muevas aún pues tienes un culo muy apretadito y puedo venirme.
Me acarició suavemente las caderas y la espalda. Se recostó en mi espalda y tocó mis pechos, cosa que no había hecho aún. Me gustó cómo me los apretaba. Me dijo: - Mira qué grandes están. Parecen melones.
Empecé a relajarme con sus caricias y comentarios. El dolor fue pasando y él continuó sin moverse pero sus manos no paraban. También metió sus dedos en mi rajita. Todo lo hacía muy suavemente. El calor que yo pensé extinguido por el dolor resurgió. Me estaba acariciando tan sabroso que empecé a moverme. Él se dio cuenta y me preguntó: - Ya no te duele. - No, sólo me siento incómoda. - Bueno, eso siempre pasa al principio. Espera un poco más, sólo sentirás placer, gritarás de placer pidiendo más, vas a querer coger a cada rato.
Yo pensé que estaba loco, pero, cuánta razón tenía. La sacó, volviéndomela a meter lentamente. Su miembro estaba caliente y yo me acomodé mientras gritaba de puro gusto. Era fuego líquido que me quemaba toda, un verdadero placer. No me dolía, me gustaba a más no poder. Me preguntó: - ¿Quieres más? - Sí, sí, quiero más. Me gusta que me la metas así, sigue, por favor no pares. - Yo lo sabía y no me defraudaste. Eres caliente y sabía que en cuanto te mostrara este camino probando las delicias de una buena cogida gozarías, ¿verdad? - Sí, tío. Puedes enseñarme lo que quieras, si el placer es igual o mejor que éste. Sonrió diciéndome: – Golosa. Vas camino de ser una excelente viciosa. Quiero que me cabalgues. - ¿Cómo? - Te vas a sentar en mí, y tú solita te vas a dar gusto clavándote.
Aún no sabía que era lujuria lo que yo sentía. Me mojé los labios,  mis ojos brillaron nada más de pensar en lo que iba hacer. Nos separamos y se recostó en la cama. Me dijo: – Acércate y abre tus piernas para que te sientes arriba de mí. Así lo hice, frotando mi cuerpo en él. Me dijo: – Ten cuidado, no te la vayas a meter en otro lado. Recuerda que hay que mantener intacta tu virtud.
Estaba ardiendo y desde ahí me di cuenta que cuando digo que estoy caliente toda mi piel está igual. Le dije: – Ayúdame.
Él agarró mis caderas, bajó sus manos hasta mis nalgas y las abrió. Yo le miraba fijamente mientras me la iba metiendo. Ya no me dolía. Me fui sentando poco a poco, madre mía, era riquísimo y yo quería más. Al tiempo que me apretaba los pechos me dijo: – Tú controlas la situación. Goza todo lo que quieras, déjate llevar por el placer y disfruta cada momento.
Oírlo me enardecía más, me sentía poderosa. Me mordía los pezones, chupaba mis pechos y los apretaba muy sabroso. Cuando sentí su verga otra vez dentro de mí, no daba crédito a tanto placer. Imaginé una canción y empecé a bailarla moviendo mis caderas, primero suavemente, después con más ritmo. Me olvidé de él, el placer era increíble. Mi tío gemía, gritaba, casi aullaba, diciéndome que parara. Yo no le escuché. Seguí moviendo mis caderas al ritmo de mi canción y tuve otra explosión de mis sentidos, mi fuego interno culminaba, pero yo quería más. Sentí cómo él me llenaba con sus jugos y ya no paré. Empecé a sacármelo y metérmelo con furia hasta que sacié mi coraje.
Mi tío me observaba exhausto y sonreía. - Te dije cuando llegaste que éstas serán tus mejores vacaciones, mi chiquita preferida.
Y fue cierto. Después de esa mañana empezamos a dormir juntos. Me cogía donde se le antojaba y a la hora que quería. Mi iniciación fue buena y provocó en mí una mala o, mejor dicho, buena costumbre: ser adicta al sexo.

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