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Mi secretaria
Hace un tiempo yo trabajaba en una oficina como jefe de sistemas y vino a trabajar una chica de unos 25 años, de piel color canela y cabello corto, lentes gruesas, y que gustaba vestir con trajes sastre que ocultaban a todos cualquier indicación de su cuerpo o piernas. Usaba las faldas más abajo de las rodillas y sus modales austeros y serios hacían que no se tuviera una idea concreta de su personalidad. Más parecía una ex-monja o una de esas señoritas chapadas a la antigua y que no tienen mayor interés por intimar con un hombre salvo para casarse y tener hijos. Yo era la burla de los otros jefes, que se preciaban de tener secretarias bonitas y de muy buen ver, así como “amables” cuando de sexo se trataba. Sin embargo, todo cambió en el verano.
Llegó ella y tomó su posición en su escritorio, como de costumbre. Al llegar yo, entró en mi oficina y me preguntó si a la hora del almuerzo podía llevarla a su casa, ya que se había olvidado un portafolio que tenía que despachar ese dia .Mi primera intención fue decirle que usara la caja chica y tomara un taxi, pero luego, intuyendo algo, le dije que sí.
Al llegar las 13,00 horas, salí hacia la cochera y le dije que la esperaba allí. Llegó muy apresurada y subió al auto. Allí empezamos a conversar, mientras la llevaba a su casa. Me dijo que estaba muy triste porque se había peleado con su enamorado y que no sabía qué hacer, ya que ella estaba acostumbrada a almorzar con él y que siempre, al salir de la oficina, iba a su casa y pasaban horas juntos. Al decir esto último la miré a los ojos y me dijo, sin sonrojarse, que ella y él mantenían furiosos encuentros sexuales desde hacía tiempo y que iba a extrañar eso.
Observé su vestido y vi que la falda se le había subido mucho más allá de las rodillas. Descubrí un par de piernas de campeonato. Me las mostraba sin ningún pudor y más bien invitándome a acariciarlas con la mano. Mirándome a los ojos, me dijo que todas las tardes tenía que comerse una verga o no podía trabajar bien, que en ese momento se encontraba mojada porque era la hora que le tocaba “comer” y “tenía hambre”.
Le dije entonces que eso tenía arreglo, pero que tenía yo que comprobar aquello y tocar su calzón para verificar su humedad. Abriendo un poco sus piernas, me tomó una mano y me la llevó a su entrepierna. Pude comprobar, primero, que no usaba calzón y, segundo, que se encontraba mojadísima. Ella puso mis dedos de tal forma que llegué a introducirme fácilmente en su interior. Notó mi sorpresa y me dijo "no saques la mano, yo hago los cambios del auto". Se sentó prácticamente sobre mi mano. Sentía su vagina succionar mis dedos como si se los fuera a tragar para siempre.
Me costaba creerlo. Ella, a la que todos consideraban una santa, era un volcán de sexo y lujuria. Me suplicó ir a un hotel. Yo accedí gustoso y entramos en un hotel cercano. Apenas estuvimos en la habitación, se abalanzó sobre mi bragueta y sacó el miembro, el cual se puso chupar como una condenada, con rapidez y con estilo. Se lo tragaba todito, hasta el fondo, sin dejar de saborearlo con su lengua. Me pidió que me desnudara mientras seguía succionando mi miembro como toda una profesional. Me fuí desvistiendo y ví cómo aumentaba su excitación al ver y sentir mi cuerpo, que iba quedando a su disposición. Cuando quedé desnudo, nos separamos un momento y me suplicó que me echara en la cama. Allí, procedió a desnudarse haciendo un pequeño baile con mucho morbo y mostrándome su concha y su culo, que se notaba deseaban ser visitados por mi miembro.
Cuando estuvo desnuda, se subió emcima de mí y empezó a besarme todo el cuerpo. Con su lengua me lamió hasta el último rincón, deteniéndose especialmente en mis huevos y en la entrepierna. Luego me hizo dar vuelta y empezó a pasarme sus pezones por la espalda, muy lentamente, hasta casi el martirio, y más tarde comenzó a besarme el culo. Sentí mucho placer y quería voltearme para penetrarla pero, con suavidad y con firmeza, me impidió moverme y se subió completamente sobre mí. Ahora era su coño el que restregaba contra mí, primero en mi espalda, dejando una estela húmeda por todo mi cuerpo y su olor, que ya me volvía loco.
Luego colocó su vagina en mi culo y empezó a moverse como si ella tuviera un pene. Sentía su excitación y sus líquidos, que me bañaban literalmente todo el cuerpo. Yo la dejaba hacer (hacía rato que había dejado de tratar de tomar la iniciativa). Era un torbellino y me interesó saber hasta donde llegaría.
De pronto se desmontó y me dejó voltear. Yo proseguí con mi actitud pasiva y sólo me volteé y continué echado en la cama. Eso la excitó aún más. Se abalanzó sobre mí, pasándome su lengua por mis tetillas, mis brazos, mis piernas, los dedos de mis pies,... Luego empezó a colocar su vagina por todo mi cuerpo, haciendo que la penetrara con cada parte de mí. Se montó sobre mis pies, mis rodillas, los huesos de mis caderas, mis tetillas, mis codos, mis manos, mi cara , mi lengua y, por último, y como gran postre, mi pene, que fue saboreando primero con sus labios mayores, su clítoris después, sus labios menores y, por fin, se lo enterró todo. Comenzó entonces a agitarse como loca y tuvo un orgasmo caótico. Sus gritos se debían escuchar por todo el hotel. Nunca había conocido una hembra como esta, que tuviera tanto morbo, tanto aguante y tanto líquido en su vagina, ya que mis huevos practicamente nadaban en sus jugos.
La sentí arquearse, pronunciar algunas frases ininteligibles y caer rendida sobre mí. Entonces se levantó y se puso en cuatro patas. “¡Quiero ser tu perra!”, gritó, y puso su culo en pompa para que yo se la enterrara en él. Me arrodillé detrás de ella y procedí a pagarle con la misma moneda. Empecé a frotar mi pene por su cuerpo, sus pies, sus piernas, sus muslos, su vagina, sin penetrarla, sus nalgas, el agujero del culo, hasta que ella me suplicó que la penetrase. Sin pensarlo, se lo metí en la concha, que se lo tragó todo con suma facilidad. Cuando empecé a cabalgarla así, se arqueó y enterró su cara en la cama.
Estuvimos así un tiempo hasta que ella, levantando el rostro, me pidió “Mételo en mi culo”. Obedecí inmediatamente. Coloqué mi verga en la entrada de su ojete y comencé a empujar muy suavemente. Sentía cómo su culito se iba comiendo mi miembro con mucha suavidad y ansiedad. Yo la tenía cogida de las caderas de tal forma que no le permitía tomar la iniciativa, haciendo la introducción muy lenta, saboreando lentamente su culito y sintiendo cómo su orificio se tragaba mi miembro.
Cuando se la metí toda, la solté de las caderas y ella empezó a moverse como loca. Su culo se tragaba y soltaba mi verga con una facilidad de experta en la materia. Se movía de tal forma que veía mi miembro salir por completo y luego desaparecer todo de mi vista, sumido en su culo. En esa posición podía observar que su culo era espectacular y que había sido un tonto al no darme cuenta de lo que escondía Anita bajo sus ropas.
Estuvimos así hasta que los dos explotamos en un orgasmo compartido, sacando ella luego mi verga de su culo y procediendo a limpiarlo con su lengua y labios tragando semen como si fuera miel.
Después de unos segundos, se paró y se dirigió al baño, apurándome para vestirme e irnos porque se acababa el tiempo de refrigerio. Ya en el auto, de regreso, le pregunté por el portafolio y me dijo que lo tenía en la oficina y que sólo había sido un pretexto para salir de la oficina conmigo. Al ver mi sorpresa, me dijo "Soy una ninfómana que no puede estar sin sexo. Uso vestidos sobrios para que no se note que no uso calzón ni sostén. Muchas veces voy al baño con un consolador en el bolsillo o simplemente me lo meto cuando estoy en la oficina sentada trabajando". Con esa ropa y sus lentes nadie sospechaba nada.
Me prometió que éste sería el inicio de muchas relaciones, que había soñado conmigo y que tenía mucha fantasías que queria realizar. Me pidió que la ayudara a realizarlas. Por supuesto, acepté su oferta.
(Continuará)

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