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La clienta
Hoy estaba en uno de esos días que cansado de tanto trabajo sin parar, sin una distracción, consideraba que mi vida no merecía ser vivida, que no había hecho nada importante para destacar y me sumía en una depresión absoluta. Era el último que quedaba en mi oficina, como siempre, cuando sonó el timbre y me acerqué a la puerta a ver quién era. Seguro que alguno de los empleados había olvidado algo y regresaba a buscarlo.
Me encontré a una clienta que me hacía la vida imposible, siempre criticando mi trabajo y exigiéndome más, como si fuera su esclavo. Esas crónicas insatisfechas que protestan por todo, que mandan cartas a mis superiores quejándose de la mala atención que recibía, etc. Un verdadero calvario de cliente. Ella era una mujer de clase, de unos 40 años a lo sumo, muy bien mantenida por el dinero que tenía y las pocas preocupaciones. En consecuencia, una típica mujer de gimnasio, cirugía y cremas rejuvenecedoras, casada con un tipo bastante mayor de mucho dinero.
Le dije que ya no era hora de atención al publico, que el personal se había ido, y me pidió que la atendiera, que se trataba solamente de un momento. Como preveía que si no lo hací iba a tener problemas, la hice pasar con la desgana marcada en mi gesto, y ella se sintió triunfante al lograr someterme una vez más. En su cabeza debía pensar "me atiende porque sabe que si no se las verá negras".
Le indiqué el camino a la sala de atención que ella conocía bien y caminé detrás suyo viendo cómo movía sus caderas tratando de ser una diosa come-hombres, cuando para mí representaba la sujeta más repugnante que podía encontrarme en un día depresivo como ese. Pero debo reconocer que estaba muy buena con su falda corta de traje sastre. Se veía un culo bien formado debajo de su marcada cintura.
Llegamos a la sala. Tomó asiento al lado mío en la mesa redonda, en lugar de escoger un sitio al otro lado como correspondía a una situación tan distante como la relación nuestra. Yo lo tomé como un signo más de su dominio sobre mí, pero vi en sus ojos un brillo que, por un momento, me confundió con un destello de lujuria, pero lo descarté inmediatamente pensando que sólo podía ser de alguien que observa a un imbécil domado.
Me preguntó si no quedaba nadie en la oficina, y se lo confirmé. Comenzó a contarme el viaje que deseaba hacer (yo poseo una agencia de viajes representante de una compañía americana). Yo tomaba nota de sus necesidades con un desgano total, pero sin llegar a ofenderla. Ella percibía que yo la rechazaba y se enrolló en un plano de seducción por desquite ante el rechazo. Una bella mujer no soporta ser rechazada así que ella cruzó sus piernas, dejando ver una medias de encaje que me llamaron la atención. Dirigí mi mirada hacia allí alevosamente. Ella sonrío al ver mi mirada fija e hizo silencio para que el momento fuera más extenso y marcado. Yo entendí inmediatamente el juego y sonreí cómplice.
Seguí tomando nota de lo que me decía y diagramando un itinerario con fechas y lugares, concentrado en esa trampa mortal que me tendía y en la que por nada del mundo quería caer ya que le daría la oportunidad de que me echaran del trabajo si yo me propasaba.
Cuando levanté la vista hacia ella vi que se había desabotonado el saco del traje, dejándome observar la curva de sus senos por entre el pliegue que dejaba la camisa. Vi su sostén de encaje negro haciendo juego con el encaje de las medias con portaligas. Confieso que eso me excitó. Sentí un cosquilleo entre mis piernas que no llegaba a ser una erección pero sí el preludio.
Me quedé mirando el pliegue, alternando con su mirada que pícaramente hacía marco a una sonrisa mientras hablaba. Sabía que me estaba calentando y para ella representaba una forma de dominación más de la cual quise escapar dándole un corte seco:
- Si no necesita nada más, creo que podemos dar por terminada la entrevista. La llamaré para pasarle el itinerario y los costos. - ¿Puedo ver lo que escribió? -contestó, mientras se paraba.
Se me acercó por detrás de mi silla y se inclinó, dejándome oler su perfume exquisito y ver claramente sus senos por entre la camisa en esa posición inclinada. Comenzó a hacerme comentarios sobre lo que escribí, tocando mis hojas y dejándome ver cada vez más por su blusa. Se me produjo una erección por la situación que ya se dejaba ver en mi pantalón de traje, y ella lo percibía. Eran momentos infinitos. Ella apreciaba mi verga erecta a la altura del papel y yo me calentaba cada vez más. Estaba acalorado y ella lo notaba y lo disfrutaba. Me estaba convirtiendo en una fiera pero me contenía: no quería caer en la trampa.
A los pocos segundos, se le cayó a propósito el lápiz en mi pantalón y no dudó en estirar su mano para agarrarlo, tocando mi pene que ya era una roca erguida.
- Miguel, ¡parece que te excito! -dijo, mientras tanteaba el largo de mi verga. - La verdad que sí, pero no quiero problemas -contesté, a la defensiva.
Ella empezó a acariciarme con suavidad pero enérgicamente, y me miraba a los ojos sin decir nada. Yo sólo la miraba con miedo a actuar. El tiempo no pasaba y yo cada vez estaba más excitado. Ella seguía frotando mi verga a su gusto, me dominaba nuevamente, me convertía en un juguete de sus deseos.
Sacó mi verga del pantalón y se arrodilló, comenzando a mamármela con una maestría absoluta. Yo veía mi verga introducirse en su boca y no comprendía lo que sucedía. Me la apretaba con fuerza mientras se la tragaba hasta el fondo, la rozaba con sus dientes, me besaba las pelotas y yo seguía sin comprender pero estaba por acabar. No le toqué ni un pelo y, por fin, le acabé en la boca una cantidad de leche impresionante que le desbordó por la comisura de los labios mientras me la seguía chupando con fuerza.
Se levantó, se acomodó y me dijo:
- Espero que a partir de ahora nos llevemos mejor -y se fue, dejándome atónito, con mi verga caída de lado chorreando las ultimas gotas de leche.

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