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Una noche de verano
Era una noche de verano, en la costa mediterránea, y andaba de pub en pub en busca de ambiente y diversión pero parecía que aquella noche no me iba a divertir. Eran casi la una de la madrugada y estaba decidido a irme a mi casa, cuando en el último pub que entré encontré a unos amigos a los cuales hacÍa mucho tiempo que no veía. Estuvimos charlando un rato y de repente oí una voz muy dulce que me dijo: "Hola Pedro". Me giré y allí estaba ella, preciosa, de pelo castaño y ojos oscuros, mirándome con una sonrisa en sus labios. "Hola", respondí yo un poco aturdido. No era posible que no me acordara de una mujer como aquella. Llevaba un vestido negro ajustado que no le llegaba a medio muslo y unos pechos proporcionados a su metro setenta. Paco, uno de los amigos con los que estaba hablando también se puso a reír y me dijo: - ¿ No te acuerdas de mi hermana Yolanda ? - ¡Yolanda! -exclamé yo-. No puede ser. Si era una niña cuando la vi por última vez.
Pero claro, ya habían pasado tres años y ahora tenia 17 preciosos años.
Nos pusimos a charlar y no paramos durante media hora. Al cabo de ese tiempo ya me había prendado de esa niña. Tenía unos muslos muy bien formados que su vestido dejaba ver de una forma generosa, y el escote marcaba la forma de sus preciosos senos. Sus pezones se le ceñían al vestido y me estaban volviendo loco. A mis 25 años nunca me había sentido tan excitado por una chica. No me atrevía a atacarla, hasta que su hermano vino para decir que se iba a casa y Yolanda le pidió que la dejara quedarse conmigo y que yo la llevaría a casa. A partir de aquí las cosas fueron muy deprisa. Fuimos de un pub a otro tomando chupitos y, gracias a la gran cantidad de gente que había y nos apretujaba, yo aprovechaba para abrazar y coger a Yolanda por la cintura. Ella no parecía incomodarse, por lo que decidí arriesgarme y en unos de esos apretujones cogí a Yolanda por detrás: al mismo tiempo que me apretaba contra su culito delicioso subí mis manos hasta sus pechos.
Ella siguió bailando como si nada y movía su culo contra mí de una forma cada vez más sexy. Eso acabó de poner mi pene a tope y empecé a besarle el cuello, las mejillas y sus dulces labios. Nuestras lenguas se entrelazaron y jugaron, mientras mis manos se dedicaban a saborear ese culito tan fantástico que tenía. El vestido se le iba subiendo y le llegaba casi a la altura de las bragas de forma que se las podía tocar. Esto provocó que algunos tíos se les cayera la baba mirando por detrás a Yolanda y yo por pura vanidad todavía la tocaba de una forma más atrevida, ofreciéndoles el maravilloso espectáculo del culo de Yolanda. Ya en el coche, que estaba aparcado en una calle oscura y solitaria, empecé a acariciar sus muslos y, bajándole los tirantes del vestido, puede adentrarme en busca de sus pechos. Al notar mi mano en sus pezones puntiagudos empezó a emitir unos dulces gemidos de placer y sus manos fueron en busca de mi pene que, estaba deseoso de salir al encuentro de tan preciosa criatura.
Cogió mi pene con dulzura y lo acarició largamente moviendo su mano arriba y abajo, aplicando la presión precisa de una amante experta. Le quité el vestido pero al llegar a las bragas me dijo que era virgen y que le daba mucho corte. Entonces me comí sus pezones con dulzura y sin prisa y ella se derritió en mis manos. Le pedí que me besara el cuerpo. Empezó por la boca, luego el pecho, y cuando llegó a los muslos cogí mi pene y se lo puse en la boca. Ella titubeó un poco pero finalmente empezó a chuparlo despacio y un poco torpe pero enseguida le cogió el truco y me hizo una mamada increíble. Cuando estaba a punto de correrme frenaba, me mantenía en vilo y luego continuaba hasta que por fin me corrí en su boca. Lo mantuvo hasta que acabé y luego lo chupó cariñosamente.
Sus bragas estaban chorreando de excitación y entonces me dediqué a darle placer. La acaricié, besé y chupé su cuerpo, hasta que ella perdió el control y entonces pude deslizar sus bragas por sus muslos hasta perderse en algún lugar del coche y mi boca fue en busca de su más preciado secreto. Besé su clítoris y recorrí todo su coño con mi lengua una y otra vez. Sus gemidos se hicieron mucho más fuertes y todo su cuerpo se movía sin parar hasta que estalló en un orgasmo increíble. Cuando levanté la cabeza y ví ese cuerpo maravilloso que se había acomodado a la estrechez de mi coche, su pelo revuelto, su ropa desperdigada por todos sitios y el dulce aroma de su cuerpo impregnado en mí, sentí una emoción increíble y me dije a mi mismo: "esta niña va a ser mía". Nos relajamos, nos acariciamos y nos besamos largamente hasta que fué la hora de regresar a casa. Ella estaba muy emocionada por lo vivido aquella noche y quedamos en vernos al día siguiente.

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