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Un trío de dos
Habíamos follado tanto la noche anterior que mi concha estaba dolorida. Creo que me corrí unas seis veces. No estoy segura porque estaba un poco bebida. Estaba contándole todo esto a mi amiga Liliana, una morena delgada de piernas largas, senos pequeños y un rostro seductor, que se ha convertido con el pasar de los años en mi confidente. Ella estaba sola, había reñido con su novio hacía seis meses y el desgraciado ahora se paseaba con otra en sus narices. Por eso mi amiga encontraba en mí alguien con quien desahogar sus penas.
En la medida en que profundizaba en mi relato, notaba cómo Liliana humedecía sus labios como señal inequívoca de que estaba excitándose con lo que le contaba. A mí nunca me gustó la idea de compartir a mi novio con nadie, por eso cualquier insinuación de su parte por llevar a cabo su fantasía de un trío la rechazaba con firmeza. Pero aquella tarde la idea me rondó por la cabeza, al ver cómo mi amiga se ponía al calor de mis narraciones. Estaba narrándole entre risas maliciosas la forma en que Mario me había chupado el culito antes de introducirme un pequeño falo plástico que había comprado en una tienda de bromas, cuando sonó el timbre de la puerta. Era él, lo sabía por su forma de tocar. Cuando entró en la sala, nos sentamos, hablamos de varias tonterías hasta que logré encaminar la conversación a las aguas profundas en las que yo quería navegar. No se cómo pero allí estábamos los tres, riéndonos de algunas de las anécdotas sexuales que Liliana nos contaba con extraordinaria soltura.
Era evidente la excitación de Mario. La de Liliana ya la había comprobado, cuando antes de llegar mi novio ella me dijo: "Oye, tu eres bien mala haciéndome poner caliente cuando sabes que no tengo con quién desquitarme esta noche", a lo que le respondí: "no te preocupes, la vida te puede deparar alguna sorpresa". Yo, por mi parte, sentía mi vulva mojada por completo y ya ni recordaba la molestia que sentía desde la noche anterior.
Mario se sorprendió al escucharme perdirle que fuese al supermercado a comprar una botella de vino. Lo conozco bien y sabía que por nada del mundo quería alejarse de allí. A regañadientes aceptó, más por no quedar mal ante Liliana que por querer complacerme.
Una vez hubo salido, llamé a Liliana y le dije: - Lili, tu eres mi amiga del alma, yo mandé a Mario a buscar un vino porque no quería hacer nada sin tu aprobación. Voy a ser honesta contigo, él te desea, lo sé. No me preguntes nada, sólo lo sé. Y sé que tu estás loca por acostarte con algún tío y que Mario no te es indiferente. Él lleva mucho tiempo proponiéndome hacer un trio y yo nunca he accedido, la única persona con quien lo haría y no sentiría celos es contigo. ¿Qué dices? ¿Le damos la sorpresa? - Pero, ¿tú sabes lo que me estás pidiendo? ¿Estás loca? - No. Perdóname, amiga, no quería ofenderte, es sólo que... ¡Nada!, olvídalo. - Bueno... no te niego que Mario es muy guapo y tu no estás nada mal. Además, ya sabes que alguna vez probé hacerlo con una chica y no estuvo mal. Lo que no quiero es que nuestra amistad se afecte.
Para ese entonces, su mano acariciaba mi mejilla y yo sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo. La tomé de la mano y, sin decir palabra, la atraje hacia mí. No sé de dónde me salió darle un beso y lo hice, muy cerca de la boca. Rocé sus labios y eso la excitó mucho. Me tomó por la cintura, me pegó contra su cuerpo y me besó apasionadamente. Me sentí muy rara pero respondí a su beso, era imposible no hacerlo. En cuestión de minutos rodábamos por la alfombra mientras nos tocábamos por todas partes. Nos detuvo la pared. Contra ella estaba yo viendo cómo Liliana desabrochaba mi sujetador, era de esos que se abrochan por el frente, y mis tetas saltaron frente a su cara.
- Qué lindas las tienes, corazón... -me dijo, y comenzó a chupármelas alternadamente haciéndome sentir sensaciones nuevas.
Cuando su dedo entró por el borde de mi braguita buscando mi raja mojada, me sentí desfallecer de placer, pero su dedo, al entrar a mi conchita, fue lo que me llevó al extasis. Su boca no dejaba mis pezones y yo estaba gozando como nunca.
No me atrevía a tocarla, en realidad estaba tan excitada que lo único que quería era disfrutar al máximo. Me olvidé de todo y me dejé llevar por las sacudidas de un orgasmo endemoniado que recorría mi cuerpo entero haciéndolo temblar hasta quedar semi-inconsciente. Fue increíble, nunca pensé que una mujer me pudiera hacer gozar de tal manera.
Abrí la puerta del apartamento, tomé a Liliana de la mano y la arrastré hacia la habitación. Sólo quería recompensarla por las delicias que me había regalado. Busqué con disimulo el penecillo -del tamaño de un dedo de la mano- y me concentré en sus pequeños senos, los cuales prácticamente cabían en mi boca. Sus pezones erguidos me excitaron mucho. Bajé lamiendo su estómago perfecto, me entretuve en su ombligo y cuando llegué a su chochita noté que estaba mojada como la mía. Nunca había chupado una concha y me sentí mal, pero cuando recordé el placer que ella me había regalado, zambullí mi cara entre su madeja de pelos y chupé como yo creía que debía hacerlo, como Mario me lo hacía y como ella me lo había hecho.
Introduje el pequeño artefacto en su rajita para lubricarlo e inmediatamente continué chupando su clítoris a la vez que introducía el souvenir en su ano. Eso le dolió, pero no dijo nada, siguió jadeando y gimiendo hasta que arqueó su espalda. Aprisionó mi cabeza con mucha fuerza entre sus piernas y finalmente se dejó caer, relajada y exhausta, gozando enormemente. Su mano acariciaba mi pelo.
Mario llamó. Dijo que no volvería, había encontrado a un amigo e irían al fútbol. "Así estarás tranquila con tu amiga y podrán conversar de lo que quieran, te veo mañana amor", me dijo.
La noche fue larga, única, maravillosa. Lo hicimos no sé cuántas veces y desde entonces somos más amigas que nunca. Mario se lo perdió, ahora casi no nos vemos, ¿saben una cosa?, la verdad, no me hace falta.

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